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Historias desde la banqueta

El prohombre mexicano Juan Pérez

Un empleado de corta estatura y lentes de armazón grueso sale de la oficina principal con un cartel entre las manos y va hasta la entrada de la terminal matriz del transporte público. Con la ayuda de un martillo clava el cartel, que de tan grande ocupa todo el espacio de la pizarra de avisos para los choferes, junto al reloj checador. Cumplido su trabajo, el empleado sonríe con aires de suficiencia y regresa a la oficina. 

No pasan más de cinco minutos cuando un chofer entra a la terminal dispuesto a iniciar su trabajo, cargando una coca de vidrio y una torta de jamón con panela envuelta en una bolsa de plástico, su merienda. Se detiene para leer el cartel mientras busca entre sus ropas la tarjeta del reloj checador. De pronto, boquiabierto al llegar al punto final de la lectura, abruptamente suelta la bolsa de plástico y la coca estalla en pedazos contra el suelo. De la sorpresa, el chofer pasa a la ira y todo su rostro se enrojece: sin importarle pisar la torta en el suelo que le hizo su mamacita repentinamente corre con todas sus fuerzas hacia afuera de la terminal, y sólo lo frena a mitad de la calle un pesado camión que le arroja el claxon y el chofer de a bordo mentándole la madre al tiempo que aplica todo su peso sobre el pedal del freno.

–¡Hijo de la… ¿no’stás viendo..? Ah cab… Pero si eres tú Juan… ¿pus qué’stás tonto o qué?
El chofer que había salido corriendo de la terminal observa a su colega bajando del camión. Boquea, fatigado, pero alcanza a mover los labios tratando de configurar al menos una palabra. Mira su reflejo en la defensa cromada del camión y piensa vagamente que morir de ese modo debe ser la peor de las muertes.

-¿Pus qué trais?
El chofer Juan Pérez pasa saliva y se apoya con las manos sobre las rodillas. Poco a poco recupera el aliento; escupe ruidosamente saliva seca. Habla:
-Ya nos fregaron Juan…

***

El espíritu de general Lázaro Cárdenas les habla a los hijos de los cuidacoches, reunidos en el estacionamiento cedido como lote baldío para el negocio comunal. La escuela ambulante, formada por una lona atada a dos ramas y un poste en el parque público, fue reemplazada por una fracción del estacionamiento, con paredes de madera, una pizarra en mal estado y un árbol creciendo junto al escritorio del profesor, pero escuela fija al fin y al cabo. Los estudiantes adheridos al movimiento del General se prestaron como voluntarios para dar clases, y el bolero Juan Pérez, que hace reír a los pequeños, hace las veces de director.

Lázaro les habla a los niños de revoluciones que nunca terminan, de la belleza de la tierra en la que viven, de la importancia de la honestidad. Mientras habla acaricia con la palma abierta la corteza del árbol, convertido por la voluntad de las circunstancias y la ternura del momento en alumno y profesor a la vez, mudo, estoico, imprescindible.

Los dos choferes seguidos de al menos diez colegas más entran jadeando al estacionamiento de los cuidacoches y van directamente a la escuela. Lázaro los ve y con una sonrisa los invita a entrar.

-Mi General… ai disculpe, pero tenemos que hablar con usté…
El espíritu del general Cárdenas intuye que algo va mal. Le hace una seña al bolero Juan Pérez, a punto de quedarse dormido en las sillas del fondo, para que tome la palabra ante la clase. Lázaro se excusa con los niños y sale a recibir a los choferes del transporte urbano.

-Mi General tiene que ayudarnos –comienza el chófer Juan Pérez.
-¿Qué es lo que sucede Juan?
Los choferes se miran entre ellos. Juan toma la palabra:
-Nos corrieron patrón…
-¿Cómo?
-Así nomás don Lázaro: nomás pusieron un papel ái en la terminal avisándonos que ya le teníamos que poner…
-¿Los despidieron a todos?
-No, pus si no son mensos… nomás se llevaron entre las patas a 500, jefe, pero ire, los jijos de la tiznada ni pusieron los nombres de los que se iban…
-Puro acá don Lázaro, puro terror laboral…
-…Y además bien clarito escribieron que no va’ver indemnización, para nadie, don Lázaro, al chile que no es justo…
Los choferes se arrebatan la palabra para hablar. Se les suben los ánimos. La joven estudiante llega en ese momento con varios volantes en la mano al estacionamiento comunal y observa el barullo. Un chófer la pone al tanto de los sucesos.
El espíritu de Lázaro Cárdenas cierra los ojos. Los enemigos, los grandes, llegaron rápidamente. Los choferes se organizaron para trabajar por turnos, por salario fijo y no por pasaje recaudado: lo hicieron a ultranza respondiendo a la manifestación pacífica de los estudiantes que pagaban la tarifa con monedas de cinco centavos, para brindar un mejor servicio y quejarse del régimen laboral que los orillaba a jugar carreras para ganar más pasaje; se organizaron y ahora los concesionarios, dueños de los camiones, advierten el riesgo a sus intereses.
-Ya me imaginaba que estos mentecatos no se iban a andar con cosas –exclama, repentinamente furiosa, la joven estudiante. Venía de la calle precisamente de entregar a los transeúntes  los volantes, que denunciaban las condiciones de trabajo de los chóferes. Los ciudadanos, en general, veían con buenos ojos el ejercicio.
Lázaro Cárdenas abre los ojos: ve a los chóferes, a la joven de la que aún desconoce el nombre, y a los volantes que lleva en las manos. Los niños, hijos de los cuidadoches, comienzan a cantar detrás del muro de madera que da cobijo a la escuela; dirigidos por el bolero Juan Pérez, que no se entera de lo que sucede, las voces infantiles corean el corrido Despierten Mexicanos.
El espíritu del General da un paso adelante para quedar frente a la joven. Toma los volantes y los observa.
-Hay que diseñar otro volante…
Los choferes se miran entre sí.
-…Sólo que éste sí lo vamos a firmar…
La joven estudiante mira con curiosidad a Lázaro.
-…Vamos a convocar a un día sin transporte público. Debemos averiguar quién entre los estudiantes y los choferes posee una camioneta o auto grande: nosotros seremos nuestro propio transporte.
La joven sonríe.
-Vamos a tomar el transporte público… –dice el espíritu del General.
-…Y firmaremos como El Prohombre mexicano. Comencemos.

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