Suplementos

Historias alrededor de la hoguera

Benito Taibo comparte sus recuerdos y pasiones, y asegura que lo que hace falta en México para que salga adelante es justicia, educación y cultura

GUADALAJARA, JALISCO (05/JUL/2015).-  Catalogado por propios y extraños como “divertido, apasionado, irreverente, entregado y obsesivo”, Benito Taibo es uno de los escritores y periodistas más reconocidos en el país, una voz inconfundible en cualquier ámbito donde se nos presente, sea en la plaza pública o a través de sus escritos, donde —asegura— “se refleja, inevitablemente, parte de lo que soy”.

Así, en una nutrida obra que reúne poesía, crónica y novela, el escritor recalca que “tengo mi ideología, mi moral y mi forma de ver el mundo; y eso se presenta en mis libros, aunque no siempre, porque cuando no soy yo quien habla, cuando se trata de otros personajes, estos se presentan con sus propias convicciones y creencias, con su personalidad y sus formas de mirar alrededor. Pero, por fuerza, todo el que escribe deja un pedazo suyo en lo que va escribiendo”.

—Si, como dicen, infancia es destino, ¿cómo fue la suya y de qué modo le marcaron sus padres?

—Mi niñez fue divertidísima; tuve la enorme suerte de tener unos padres inteligentes, críticos, que todo el tiempo nos retaban intelectual y moralmente, enseñándonos cómo asombrarnos con el mundo, viendo un poco más allá de la sola apariencia, y haciéndonos actuar en consecuencia respecto de lo que a nuestro alrededor sucedía, tomando partido. Vivir con mis padres fue muy divertido y emocionante —por partes iguales—, me acercaron desde muy joven los libros y ellos me volvieron un lector, lo que les agradeceré hasta el fin de mis tiempos, porque no soy otra cosa, soy un lector y como tal me asumo: soy un lector que un día decidió escribir pero que, esencialmente, no es más que eso.

—¿Qué hay de donde nació?


—Vivo donde nací —la Ciudad de México— y aquí moriré. Después de todo, la patria es donde uno decide, este es mi país y, sin embargo, el paraíso son mi mujer, mi familia, mis amigos, mi cama, el lugar donde deseo estar. Mi patria es el lenguaje, y soy más ‘americalatinista’ que mexicano pero, a pesar de eso, como, hablo, me enojo e intento cambiar las cosas como mexicano.

—Ese afán por cambiar las cosas ¿fue siempre así?


—Desde joven milité en el Partido Comunista, del cual fui expulsado, y no volví a militar en ningún otro organismo político. Pero sigo creyendo lo que creía entonces, y pensando lo que pensaba. Sigo siendo el mismo y pensando que hay que transformar al país para que todos tengamos los mismos derechos y oportunidades, sin distinción de ningún tipo, sea de raza o preferencia.

—¿Cómo es su relación con la ciudad donde vive?

—La relación de amor-odio que tenemos los habitantes con esta ciudad es constante y permanente; la amamos porque es un lugar maravilloso, lleno de recovecos e inteligencia, de cultura y manifestaciones. Creo además que tenemos una ciudad privilegiada en cuanto a sus habitantes, porque he sido testigo, una y otra vez, de cómo han salido a partirse la madre cuando se necesita; en momentos clave de nuestra historia —pienso, por ejemplo, en el terremoto de 1985—, siempre los ciudadanos de la Ciudad de México hemos sido solidarios, responsables, chidos (contra lo que piensa en otros lados).

—Esto es, se siente orgulloso de ser de ahí…

—Yo estoy muy orgulloso de la ciudad pero me enorgullece mucho más su gente, mis conciudadanos. Pero en los términos de Benito Juárez, no sólo los de aquellos que van y votan por una suerte de misión o porque les compran el sufragio; yo hablo de quienes hacen de su ciudadanía una especie de bandera, como la única manera de seguir hacia adelante.

—¿Y qué es lo que se necesita para seguir hacia delante de mejor manera?

—Estoy convencido de que, para que este país salga a flote o por lo menos saque la nariz para respirar de debajo de las aguas negras en que estamos sumergidos, hay tres elementos indispensables para la creación de democracia y sociedad: el primero de ellos es la justicia social, sin ella no habrá nada; y los otros dos, en mi humilde opinión, son la educación y la cultura. Sólo a través de la justicia social se podrá llegar a un proceso reivindicativo para la sociedad, donde la educación y la cultura sean esas otras dos patitas de la mesa.

—Si la cultura juega un papel primordial, ¿qué dirección seguir en una época donde los gobiernos parecen dejarla de lado?

—La dirección contraria de las instituciones, las soluciones están del otro lado; la cultura es generada por los pueblos y los gobiernos sólo están ahí para promoverla. Son los habitantes de una nación los que generan la cultura, desde la popular hasta los creadores de sinfonías. Todos los que creamos cultura representamos al pueblo, y el gobierno —creo— debe estar ahí para apoyar en la medida de sus posibilidades. Los generadores de cultura seguirán en su labor porque la hacen por vocación propia, por necesidad más que por trascendencia o anclaje con su entorno.

—Por otra parte, usted conduce un programa de TV sobre gastronomía e historia, ¿cómo explora esta relación?

—Es muy fácil, para mí la comida también es cultura. Si uno quiere conocer de verdad un pueblo, sus raíces, la forma en que se transforma y comporta, la comida es un indicativo para poder lograrlo. Estamos hechos de lo que comemos, somos el pueblo del maíz y de ahí, en parte, surge nuestra identidad e idiosincracia. Hablo de comida ligada a la historia, pero podría hacerlo sin ligarla a eso, porque no soy un gourmet, sino un comedor compulsivo, un tragón, pues.

—Pero ser tragón no impide notar y disfrutar de todo lo que puede representar y significar la comida, sus rituales y sofisticaciones…

—La sofisticación proviene de nuestras propias tradiciones. Yo, por ejemplo, odio la “nouvelle cuisine” o la comida “molecular”, prefiero que el paisaje esté en el plato y que no sea apenas una muestra; si me dan conejo, quiero ver al conejo en el plato y no su reducción con salsa de oporto y esencia de Macadamia, eso me parece una enorme mamada. Creo en los procesos culinarios civilizatorios que hacen que los pueblos conserven sus mejores tradiciones, y que estas pasen de generación en generación.

—En cuanto a su labor periodística ¿qué puede decirnos?

—Que “soy un minúsculo grano de arena en la rueda de la historia”, como decía Mao Zedong; soy sólo uno de esos que hacen su trabajo, que no es transformar el entorno sino contar esa transformación. De eso se trata. Soy un cronista de lo inmediato, un historiador de lo que pasa todos los días, de lo instantáneo. Eso somos los periodistas, los ojos de los que no pueden estar ahí para ver, los oídos de los que no están para oír y, a veces, unos vehículos chidos para hacer justicia y, otras veces, instrumentos bastante jodidos para cometer injusticias.

—Lo que le hace disfrutar el oficio ¿no?


—Es que, después de todo, el periodismo me parece la profesión más bella del mundo. Y no creo que sea un hijo bastardo de la literatura, siempre lo he considerado como una de las bellas artes y, de ahí a la literatura, hay sólo un paso. Yo me divierto mucho con lo que hago; no quiero ser ni rico ni famoso, sólo contar lo que quiero contar. Y que del otro lado haya gente que me escuche y que me cuente sus propias historias. A la larga, lo único que hacemos es repetir, una y otra vez, las historias que se cuentan desde tiempos paleolíticos alrededor de la hoguera.

Temas

Sigue navegando