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Historia
Es verdad que la gran trascendencia de un suceso en ocasiones suele hacer que éste sea sintetizado o resumido en una fecha o en un personaje
por: cristóbal durán
Contra el olvido
Es verdad que la gran trascendencia de un suceso en ocasiones suele hacer que éste sea sintetizado o resumido en una fecha o en un personaje, tal como ha sido la historia de nuestro país: llena de héroes que hacen del pasado una historia mítica y edificante. Otra verdad es que no podemos (o no debemos) olvidar los acontecimientos de nuestro pasado de los que estamos hechos hoy en día.
Si bien es cierto que lo sucedido el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres culturas, en Tlatelolco, fue algo que hirió a la sociedad mexicana en general y que tristemente recordaremos, lamentaremos y condenaremos siempre, no fue un hecho aislado ni espontáneo. Mucho se ha escrito sobre el suceso, pero creemos que no lo suficiente. Aún existen muchas dudas y cosas por aclarar, y al parecer, el paso del tiempo ha jugado un papel de desventaja debido a que precisamente por la poca atención dada a este fenómeno social ha hecho que gradualmente se vaya petrificando en el olvido. Si hace algunos años decíamos: “2 de octubre no se olvida”, hoy alertamos “que no se olvide”.
Pero no es sólo el 2 de octubre el día que no debemos olvidar, ni solamente Tlatelolco; estos sucesos marcaron un momento de algidez en un proceso sumamente complicado, de una gran tensión entre el Estado mexicano y la sociedad civil. Días, semanas meses y años fue la duración de un problema que no se ha resuelto aún y que, por si fuera poco, muchas heridas aún están abiertas y sangrando.
Del mundo para México y
de México para el mundo
Poco podríamos abonar en este espacio para lo que aún falta por decir. Lo vivido en el país en aquellos años (sesenta y setenta) formaba parte de una cuadro mundial delineado por las políticas represoras, dictaduras y gobiernos militarizados, alianzas de poder y el fantasma de la guerra fría que rondaba todos los rincones del planeta. En medio de esta convulsa situación, surge el grito desesperado (lo propio también genera lo contrario) de poder propiciar un cambio. En México, las protestas contra la anti-democratización que el país vivía, además de la dura política de Estado, fueron cada vez más intensas hasta el grado de que el estudiantado (tal vez uno de los sectores sociales más vulnerables y conscientes de la realidad) llegó a la participación activa en el asunto.
Durante varias semanas y meses tuvieron fuertes enfrentamientos contra las fuerzas policiales, hasta que el Estado ordenó la intervención del ejército ante su ineficacia e incapacidad, y ante la magnitud del conflicto. Muertos y desaparecidos en varias partes del país eran noticia en los medios. La ocupación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por las fuerzas armadas (“Operación Universidad”), en agosto del 68, fue una especie de preludio para lo que se avecinaba. El acto fue reprobado por varias universidades del país como la de Yucatán, además de sectores obreros como el sindicato de ferrocarrileros y de profesores de la UNAM.
El 2 de octubre, el clímax, el momento que el gobierno federal consideró el más propicio para una demostración de su poder y para dejar en claro hasta dónde era capaz de llegar para detener y eliminar adversarios. Los cambios sociales también generan cambios en el lenguaje que explica esa realidad, los cuales incluyen admisiones y prohibiciones en el léxico. “Terroristas”, “guerrilleros”, “alteración del orden”, “comunistas”, “agitadores”, “apátridas” y “traidores”, entre otros calificativos, vinieron a sustituir, por orden gubernamental, a lo que de manera más clara podía definir la situación: “estudiantes”, “conflicto estudiantil”, “inestabilidad social”, “crisis”...
El mundo no estaba ajeno a lo acontecido en México. Si hemos dicho que la situación mundial era fuerte influencia para lo que pasaba en nuestro país, hemos de aclarar también que estos sucesos tuvieron sus símiles en otras latitudes y que al mismo tiempo fueron causa de movilizaciones en pro de los estudiantes mexicanos. Próximos a celebrarse en la República Mexicana los XIX Juegos Olímpicos (otro complejo ingrediente de aquella crisis social), estudiantes universitarios de Suecia se propusieron impedir la salida del avión que traería a sus atletas a las Olimpiadas, “en apoyo a los estudiantes de la ciudad de México”. En París, capital de un país que vivía serios conflictos semejantes, se realizaron marchas a favor de “los estudiantes mexicanos”, aun cuando prevalecía desde junio de ese año la “prohibición total y permanente de realizar manifestaciones callejeras”.
Fueron reprimidos con “macanas y bombas lacrimógenas”, e incluso la prestigiada Universidad de la Sorbona fue escenario de luchas entre manifestantes y gendarmes. Luego de la dura represión y sofocación de la marcha, se veían tiradas en las calles las mantas que decían: “París y México, el mismo combate”, así como aún se escuchaba el eco de las consignas a coros polifónicos: “Vivan los estudiantes mexicanos”. Y como ya dijimos, en nuestro país también hubo varias manifestaciones de apoyo a la causa estudiantil, y en Guadalajara... ¿qué hizo nuestra Universidad por la causa?
¿Qué viene ahora?
La manifestación del 2 de octubre ha sido para nosotros la representación de todas las manifestaciones, anteriores y posteriores, como una forma de lucha social; y pensar en aquella fecha debería remitirnos también a lo que ello generó en la sociedad posterior. Si el Estado mexicano probó con cierto éxito el uso de la fuerza para eliminar opositores y reafirmar sus alcances (incluso lo volvió a repetir en junio de 1971, en el tristemente célebre “jueves de corpus”), hoy sabemos que a la larga perdió, puesto que ya no pudo hacer uso de la fuerza del mismo modo, como una forma de disciplina política. Hay más ojos puestos en lo que el Estado hace, especialmente si de prácticas represivas se trata, lo cual podemos traducir como un paso a la civilidad ganado por aquellos 2 de octubres.
Otras de las enseñanzas que podemos rescatar de aquellas dolorosas experiencias (sería igual o peor de terrible que no aprendiéramos nada de ello) es que a partir de entonces el proceso de democratización tuvo un notable empuje aunque sus efectos fueron un tanto retardados. Por otro lado, en sus efectos culturales, estos sucesos posibilitaron nuevas formas de relaciones sociales, entre autoridades y ciudadanos, y algo que es fundamental, la “clase” estudiantil (para usar el lenguaje ad hoc) se reafirmó como una fuerza capaz de propiciar el cambio social. Sobrevivió a los embates de los conflictos de 1933-35, de los años cincuenta, 2 de octubre, jueves de corpus y una larga “guerra sucia”, y aún sigue en pie abonando a la constitución y estabilidad social.
No tiremos por la borda lo que el duro pasado nos ha enseñado. Pensemos aquel día no sólo para castigar a los responsables, que sí debe hacerse, y con todo el peso de la ley, sino también para valorar lo logrado por el doloroso sacrificio, y de ese modo honrar a aquellos muertos, nuestros muertos. Que el 2 de octubre no se olvide.
Contra el olvido
Es verdad que la gran trascendencia de un suceso en ocasiones suele hacer que éste sea sintetizado o resumido en una fecha o en un personaje, tal como ha sido la historia de nuestro país: llena de héroes que hacen del pasado una historia mítica y edificante. Otra verdad es que no podemos (o no debemos) olvidar los acontecimientos de nuestro pasado de los que estamos hechos hoy en día.
Si bien es cierto que lo sucedido el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres culturas, en Tlatelolco, fue algo que hirió a la sociedad mexicana en general y que tristemente recordaremos, lamentaremos y condenaremos siempre, no fue un hecho aislado ni espontáneo. Mucho se ha escrito sobre el suceso, pero creemos que no lo suficiente. Aún existen muchas dudas y cosas por aclarar, y al parecer, el paso del tiempo ha jugado un papel de desventaja debido a que precisamente por la poca atención dada a este fenómeno social ha hecho que gradualmente se vaya petrificando en el olvido. Si hace algunos años decíamos: “2 de octubre no se olvida”, hoy alertamos “que no se olvide”.
Pero no es sólo el 2 de octubre el día que no debemos olvidar, ni solamente Tlatelolco; estos sucesos marcaron un momento de algidez en un proceso sumamente complicado, de una gran tensión entre el Estado mexicano y la sociedad civil. Días, semanas meses y años fue la duración de un problema que no se ha resuelto aún y que, por si fuera poco, muchas heridas aún están abiertas y sangrando.
Del mundo para México y
de México para el mundo
Poco podríamos abonar en este espacio para lo que aún falta por decir. Lo vivido en el país en aquellos años (sesenta y setenta) formaba parte de una cuadro mundial delineado por las políticas represoras, dictaduras y gobiernos militarizados, alianzas de poder y el fantasma de la guerra fría que rondaba todos los rincones del planeta. En medio de esta convulsa situación, surge el grito desesperado (lo propio también genera lo contrario) de poder propiciar un cambio. En México, las protestas contra la anti-democratización que el país vivía, además de la dura política de Estado, fueron cada vez más intensas hasta el grado de que el estudiantado (tal vez uno de los sectores sociales más vulnerables y conscientes de la realidad) llegó a la participación activa en el asunto.
Durante varias semanas y meses tuvieron fuertes enfrentamientos contra las fuerzas policiales, hasta que el Estado ordenó la intervención del ejército ante su ineficacia e incapacidad, y ante la magnitud del conflicto. Muertos y desaparecidos en varias partes del país eran noticia en los medios. La ocupación de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) por las fuerzas armadas (“Operación Universidad”), en agosto del 68, fue una especie de preludio para lo que se avecinaba. El acto fue reprobado por varias universidades del país como la de Yucatán, además de sectores obreros como el sindicato de ferrocarrileros y de profesores de la UNAM.
El 2 de octubre, el clímax, el momento que el gobierno federal consideró el más propicio para una demostración de su poder y para dejar en claro hasta dónde era capaz de llegar para detener y eliminar adversarios. Los cambios sociales también generan cambios en el lenguaje que explica esa realidad, los cuales incluyen admisiones y prohibiciones en el léxico. “Terroristas”, “guerrilleros”, “alteración del orden”, “comunistas”, “agitadores”, “apátridas” y “traidores”, entre otros calificativos, vinieron a sustituir, por orden gubernamental, a lo que de manera más clara podía definir la situación: “estudiantes”, “conflicto estudiantil”, “inestabilidad social”, “crisis”...
El mundo no estaba ajeno a lo acontecido en México. Si hemos dicho que la situación mundial era fuerte influencia para lo que pasaba en nuestro país, hemos de aclarar también que estos sucesos tuvieron sus símiles en otras latitudes y que al mismo tiempo fueron causa de movilizaciones en pro de los estudiantes mexicanos. Próximos a celebrarse en la República Mexicana los XIX Juegos Olímpicos (otro complejo ingrediente de aquella crisis social), estudiantes universitarios de Suecia se propusieron impedir la salida del avión que traería a sus atletas a las Olimpiadas, “en apoyo a los estudiantes de la ciudad de México”. En París, capital de un país que vivía serios conflictos semejantes, se realizaron marchas a favor de “los estudiantes mexicanos”, aun cuando prevalecía desde junio de ese año la “prohibición total y permanente de realizar manifestaciones callejeras”.
Fueron reprimidos con “macanas y bombas lacrimógenas”, e incluso la prestigiada Universidad de la Sorbona fue escenario de luchas entre manifestantes y gendarmes. Luego de la dura represión y sofocación de la marcha, se veían tiradas en las calles las mantas que decían: “París y México, el mismo combate”, así como aún se escuchaba el eco de las consignas a coros polifónicos: “Vivan los estudiantes mexicanos”. Y como ya dijimos, en nuestro país también hubo varias manifestaciones de apoyo a la causa estudiantil, y en Guadalajara... ¿qué hizo nuestra Universidad por la causa?
¿Qué viene ahora?
La manifestación del 2 de octubre ha sido para nosotros la representación de todas las manifestaciones, anteriores y posteriores, como una forma de lucha social; y pensar en aquella fecha debería remitirnos también a lo que ello generó en la sociedad posterior. Si el Estado mexicano probó con cierto éxito el uso de la fuerza para eliminar opositores y reafirmar sus alcances (incluso lo volvió a repetir en junio de 1971, en el tristemente célebre “jueves de corpus”), hoy sabemos que a la larga perdió, puesto que ya no pudo hacer uso de la fuerza del mismo modo, como una forma de disciplina política. Hay más ojos puestos en lo que el Estado hace, especialmente si de prácticas represivas se trata, lo cual podemos traducir como un paso a la civilidad ganado por aquellos 2 de octubres.
Otras de las enseñanzas que podemos rescatar de aquellas dolorosas experiencias (sería igual o peor de terrible que no aprendiéramos nada de ello) es que a partir de entonces el proceso de democratización tuvo un notable empuje aunque sus efectos fueron un tanto retardados. Por otro lado, en sus efectos culturales, estos sucesos posibilitaron nuevas formas de relaciones sociales, entre autoridades y ciudadanos, y algo que es fundamental, la “clase” estudiantil (para usar el lenguaje ad hoc) se reafirmó como una fuerza capaz de propiciar el cambio social. Sobrevivió a los embates de los conflictos de 1933-35, de los años cincuenta, 2 de octubre, jueves de corpus y una larga “guerra sucia”, y aún sigue en pie abonando a la constitución y estabilidad social.
No tiremos por la borda lo que el duro pasado nos ha enseñado. Pensemos aquel día no sólo para castigar a los responsables, que sí debe hacerse, y con todo el peso de la ley, sino también para valorar lo logrado por el doloroso sacrificio, y de ese modo honrar a aquellos muertos, nuestros muertos. Que el 2 de octubre no se olvide.