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Hidalgo o la construcción de un héroe
Una vez delatado el movimiento insurgente, el inicio tuvo que adelantarse algunas semanas
Rebelión y popularidad
Una vez delatado el movimiento insurgente, el inicio tuvo que adelantarse algunas semanas. Una de las virtudes que se le aprovecharon a Hidalgo fue sin duda su capacidad de convocatoria: su calidad de párroco logró atraer un cierto número de simpatizantes que, aunque probablemente no tenían del todo claro de qué se trataba, el hecho de que algunos curas estuvieran involucrados por lo menos daba la tranquilidad y la creencia de que no se estaba violentado contra la religión.
No es este el espacio para señalar los centenares de detalles que tuvieron lugar en este episodio de nuestra historia, lo que sí pretendemos resaltar son las contradicciones de que está hecha nuestra imagen del héroe nacional. Iniciados los enfrentamientos armados, las victorias que se sucedieron fueron fortaleciendo el movimiento. La figura de Hidalgo fue ubicada de inmediato en el centro de la convulsión, precisamente porque la gente se identificó con el cobijo de un cura. Recurrente imagen durante la época virreinal.
Llegó a ser tanto el prestigio del religioso que, luego de ganadas algunas breves batallas y antes de disponerse a entrar a Celaya, en la última semana de septiembre de 1810, se pasó revista a la tropa y en se nombró a Hidalgo “Capitán General, a Allende, Teniente General, y a Aldama, Mariscal”, entre otros nombramientos tanto a civiles como a clérigos. Este nombramiento le dio un nuevo aire; los edictos, bandos y demás sentencias del gobierno virreinal contra la insurrección empezaron a mencionarlo como el “responsable”. De hecho, días antes de estos nombramientos, exigieron a las autoridades de Celaya que se entregaran sin poner resistencia y garantizar que sean “tratadas sus personas con humanidad”. Pedían que no se abriera fuego contra ellos (insurgentes), de lo contrario “serán degollados 78 europeos que traemos a nuestra disposición”. Mensaje firmado por Hidalgo y Allende.
Polémica excomunión
Por esos mismos días, el “obispo electo” de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, luego de que la noticia del movimiento corrió como pólvora por las principales ciudades del reino, acusó a “Hidalgo y sus secuaces” de ser “perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión del canon: Siquis suadente diabolo. Entonces sentenció de manera categórica: “los declaro excomulgados vitandos, prohibiendo como prohíbo el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor, bajo la pena de excomunión mayor, ipso facto incurrenda...”. El proceso de inquisición que Hidalgo arrastraba desde hacía diez años, con esta sentencia prácticamente se consumaba; pero las cosas no fueron del todo sencillas.
Debemos tener en claro que no debió haber sido fácil para las personas y corporaciones, decidir cuál sería el posicionamiento ante la disyuntiva presentada por los insurrectos. La Iglesia católica no estuvo exenta de este problema; hubo, obviamente, una parte de la Iglesia que incluso consideró improcedente la excomunión, al grado de que el gobernador de la mitra de Michoacán, Mariano Escandón, levantó la excomunión y los declaró “incursos” de responsabilidad, tanto a Hidalgo como al resto de los inculpados. Recordemos que la elección de Abad y Queipo había sido cuestionada, por lo tanto estaba en duda que la excomunión por él sentenciada hubiera sido válida. Por otra parte, el arzobispo de México, Lizana y Beaumont, el 11 de octubre de 1810 expresó que la “excomunión era válida y que él también excomulgaba a Hidalgo”.
La guerra y su fin
El panorama no era nada alentador para el cura. Fueron fundamentales los primeros triunfos en Guanajuato, Celaya, Valladolid y Guadalajara, de modo que la figura del cura y el movimiento en general, eran declaradamente un fenómeno subversivo y reprobado por las autoridades.
A escasos tres meses de iniciado el movimiento, las cosas parecían prometedoras; ya estaban en Guadalajara gozando del apoyo de un importante sector popular y de algunos miembros del clero, además de darse tiempo para reorganizar el avance. Además de la guerra armada, el combate de las declaraciones fue álgido; bandos, folletos, periódicos y demás fueron un arma eficaz para informar (confundir) a la gente de lo que pasaba. El virrey, Xavier Venégas, había ofrecido “diez mil pesos por cada una de las cabezas de Hidalgo, Allende y Aldama”: ofreció también el indulto a todos los que quisieran el “perdón de vuestros yerros”, de lo contrario “temblad por vuestra suerte y temed un escarmiento exemplar y terrible”.
El espionaje en Guadalajara nos recuerda ahora a las ciudades alemanas de la guerra y de la posguerra. El obispo y algunos clérigos huyeron de la ciudad. Los que se quedaron lo hicieron para proteger la curia, y pasados los disturbios, en enero de 1811 escribieron al virrey para informarle que tuvieron que soportar la “dureza y el vilipendio” de los rebeldes. El padre fray Miguel Flores Alatorre fue delatado e investigado por haber “abusado del ministerio del púlpito (y haber predicado) una vez en la iglesia de Santa María de Gracia en favor de la causa del rebelde Hidalgo”.
Precisamente ahora que tuvieron todo el tiempo del mundo para replantear y subsanar errores de táctica, la siguiente batalla resultó en total fracaso: la batalla de Puente de Calderón, en enero de 1811. Hidalgo, a tan sólo cuatro meses de ostentar el cargo que le habían confiado, fue depuesto inmediatamente acusado de “inepto” y poco versado en cosas de guerra; incluso Allende lo tuvo que poner “preso” unos días debido a que la gente todavía le tenía respeto y obediencia. La participación del cura en el movimiento prácticamente llegó a su fin; las semanas siguientes fueron de fuga y escondites hasta que fue capturado (marzo), procesado (mayo-junio) y fusilado (30 de julio).
Construir al héroe
Se ha discutido si Hidalgo tenía desde un principio la idea de “proclamar la Independencia de la Nación”, lo cual sugiere un análisis detallado. Lo cierto es que los ideales de independencia que se tuvieron durante el largo proceso fueron diferentes. ¿Qué tipo de independencia se pretendía en aquellos primeros años, cuando los levantados proclamaban al rey de España, Fernando VII, para invitarlo a venir a gobernar Nueva España? Fue hacia 1815 cuando por fin se abandonó la tutela del fernandismo y se pensó en una auténtica autonomía.
Una vez capturado Hidalgo y ejecutado, muy poco apareció mencionado en los años siguientes, es decir, fue poca la herencia que dejó a los seguidores de la causa, quienes redactaron leyes, estatutos y constituciones. Fueron más activos, participativos e ideólogos del movimiento, es decir, su responsabilidad real fue mucho mayor que la de Hidalgo.
Sobre la excomunión nos preguntamos: ¿Por qué si estaban excomulgados fueron sepultados en un camposanto y después “trasladados sus restos a la catedral de México”? ¿No es eso algo imposible para un excomulgado?
Siempre resultará difícil ubicar en su justa dimensión a alguien considerado héroe, (si es que vale la pena su construcción) pero muchos de los rebeldes capturados, a la hora de los interrogatorios, se valieron del arrepentimiento e imploraron clemencia y el perdón del soberano, incluso Mariano Abasolo, quien había sido colaborador del Hidalgo, acusó a éste y a Allende de “sediciosos”. Destacó que lo habían secuestrado y obligado a ir con ellos; denunció los “perversos fines que se proponían y de los bárbaros medios con que intentaban llevarlos al cabo”. En sus últimas declaraciones dice: “...me parece merezco la compasión de nuestras leyes, y que vuestra señoría tenga conmigo caridad, si quiera en consideración a mi infeliz esposa, hijo y madre viuda, a quienes no les ha quedado más amparo que el debilísimo mío...” ¿Fueron éstos los héroes que nos dieron patria?
Quinta y última parte
Por: cristobal duran
Una vez delatado el movimiento insurgente, el inicio tuvo que adelantarse algunas semanas. Una de las virtudes que se le aprovecharon a Hidalgo fue sin duda su capacidad de convocatoria: su calidad de párroco logró atraer un cierto número de simpatizantes que, aunque probablemente no tenían del todo claro de qué se trataba, el hecho de que algunos curas estuvieran involucrados por lo menos daba la tranquilidad y la creencia de que no se estaba violentado contra la religión.
No es este el espacio para señalar los centenares de detalles que tuvieron lugar en este episodio de nuestra historia, lo que sí pretendemos resaltar son las contradicciones de que está hecha nuestra imagen del héroe nacional. Iniciados los enfrentamientos armados, las victorias que se sucedieron fueron fortaleciendo el movimiento. La figura de Hidalgo fue ubicada de inmediato en el centro de la convulsión, precisamente porque la gente se identificó con el cobijo de un cura. Recurrente imagen durante la época virreinal.
Llegó a ser tanto el prestigio del religioso que, luego de ganadas algunas breves batallas y antes de disponerse a entrar a Celaya, en la última semana de septiembre de 1810, se pasó revista a la tropa y en se nombró a Hidalgo “Capitán General, a Allende, Teniente General, y a Aldama, Mariscal”, entre otros nombramientos tanto a civiles como a clérigos. Este nombramiento le dio un nuevo aire; los edictos, bandos y demás sentencias del gobierno virreinal contra la insurrección empezaron a mencionarlo como el “responsable”. De hecho, días antes de estos nombramientos, exigieron a las autoridades de Celaya que se entregaran sin poner resistencia y garantizar que sean “tratadas sus personas con humanidad”. Pedían que no se abriera fuego contra ellos (insurgentes), de lo contrario “serán degollados 78 europeos que traemos a nuestra disposición”. Mensaje firmado por Hidalgo y Allende.
Polémica excomunión
Por esos mismos días, el “obispo electo” de Valladolid, Manuel Abad y Queipo, luego de que la noticia del movimiento corrió como pólvora por las principales ciudades del reino, acusó a “Hidalgo y sus secuaces” de ser “perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros y que han incurrido en la excomunión del canon: Siquis suadente diabolo. Entonces sentenció de manera categórica: “los declaro excomulgados vitandos, prohibiendo como prohíbo el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor, bajo la pena de excomunión mayor, ipso facto incurrenda...”. El proceso de inquisición que Hidalgo arrastraba desde hacía diez años, con esta sentencia prácticamente se consumaba; pero las cosas no fueron del todo sencillas.
Debemos tener en claro que no debió haber sido fácil para las personas y corporaciones, decidir cuál sería el posicionamiento ante la disyuntiva presentada por los insurrectos. La Iglesia católica no estuvo exenta de este problema; hubo, obviamente, una parte de la Iglesia que incluso consideró improcedente la excomunión, al grado de que el gobernador de la mitra de Michoacán, Mariano Escandón, levantó la excomunión y los declaró “incursos” de responsabilidad, tanto a Hidalgo como al resto de los inculpados. Recordemos que la elección de Abad y Queipo había sido cuestionada, por lo tanto estaba en duda que la excomunión por él sentenciada hubiera sido válida. Por otra parte, el arzobispo de México, Lizana y Beaumont, el 11 de octubre de 1810 expresó que la “excomunión era válida y que él también excomulgaba a Hidalgo”.
La guerra y su fin
El panorama no era nada alentador para el cura. Fueron fundamentales los primeros triunfos en Guanajuato, Celaya, Valladolid y Guadalajara, de modo que la figura del cura y el movimiento en general, eran declaradamente un fenómeno subversivo y reprobado por las autoridades.
A escasos tres meses de iniciado el movimiento, las cosas parecían prometedoras; ya estaban en Guadalajara gozando del apoyo de un importante sector popular y de algunos miembros del clero, además de darse tiempo para reorganizar el avance. Además de la guerra armada, el combate de las declaraciones fue álgido; bandos, folletos, periódicos y demás fueron un arma eficaz para informar (confundir) a la gente de lo que pasaba. El virrey, Xavier Venégas, había ofrecido “diez mil pesos por cada una de las cabezas de Hidalgo, Allende y Aldama”: ofreció también el indulto a todos los que quisieran el “perdón de vuestros yerros”, de lo contrario “temblad por vuestra suerte y temed un escarmiento exemplar y terrible”.
El espionaje en Guadalajara nos recuerda ahora a las ciudades alemanas de la guerra y de la posguerra. El obispo y algunos clérigos huyeron de la ciudad. Los que se quedaron lo hicieron para proteger la curia, y pasados los disturbios, en enero de 1811 escribieron al virrey para informarle que tuvieron que soportar la “dureza y el vilipendio” de los rebeldes. El padre fray Miguel Flores Alatorre fue delatado e investigado por haber “abusado del ministerio del púlpito (y haber predicado) una vez en la iglesia de Santa María de Gracia en favor de la causa del rebelde Hidalgo”.
Precisamente ahora que tuvieron todo el tiempo del mundo para replantear y subsanar errores de táctica, la siguiente batalla resultó en total fracaso: la batalla de Puente de Calderón, en enero de 1811. Hidalgo, a tan sólo cuatro meses de ostentar el cargo que le habían confiado, fue depuesto inmediatamente acusado de “inepto” y poco versado en cosas de guerra; incluso Allende lo tuvo que poner “preso” unos días debido a que la gente todavía le tenía respeto y obediencia. La participación del cura en el movimiento prácticamente llegó a su fin; las semanas siguientes fueron de fuga y escondites hasta que fue capturado (marzo), procesado (mayo-junio) y fusilado (30 de julio).
Construir al héroe
Se ha discutido si Hidalgo tenía desde un principio la idea de “proclamar la Independencia de la Nación”, lo cual sugiere un análisis detallado. Lo cierto es que los ideales de independencia que se tuvieron durante el largo proceso fueron diferentes. ¿Qué tipo de independencia se pretendía en aquellos primeros años, cuando los levantados proclamaban al rey de España, Fernando VII, para invitarlo a venir a gobernar Nueva España? Fue hacia 1815 cuando por fin se abandonó la tutela del fernandismo y se pensó en una auténtica autonomía.
Una vez capturado Hidalgo y ejecutado, muy poco apareció mencionado en los años siguientes, es decir, fue poca la herencia que dejó a los seguidores de la causa, quienes redactaron leyes, estatutos y constituciones. Fueron más activos, participativos e ideólogos del movimiento, es decir, su responsabilidad real fue mucho mayor que la de Hidalgo.
Sobre la excomunión nos preguntamos: ¿Por qué si estaban excomulgados fueron sepultados en un camposanto y después “trasladados sus restos a la catedral de México”? ¿No es eso algo imposible para un excomulgado?
Siempre resultará difícil ubicar en su justa dimensión a alguien considerado héroe, (si es que vale la pena su construcción) pero muchos de los rebeldes capturados, a la hora de los interrogatorios, se valieron del arrepentimiento e imploraron clemencia y el perdón del soberano, incluso Mariano Abasolo, quien había sido colaborador del Hidalgo, acusó a éste y a Allende de “sediciosos”. Destacó que lo habían secuestrado y obligado a ir con ellos; denunció los “perversos fines que se proponían y de los bárbaros medios con que intentaban llevarlos al cabo”. En sus últimas declaraciones dice: “...me parece merezco la compasión de nuestras leyes, y que vuestra señoría tenga conmigo caridad, si quiera en consideración a mi infeliz esposa, hijo y madre viuda, a quienes no les ha quedado más amparo que el debilísimo mío...” ¿Fueron éstos los héroes que nos dieron patria?
Quinta y última parte
Por: cristobal duran