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Hermanarse
Desde la calle y sin mucho protocolo, así el encuentro
GUADALAJARA, JALISCO (15/JUL/2012).- Las ciudades se hermanan unas con otras para amistarse, perdonarse o estrechar lazos de cooperación en diversos temas, no se trata de cuán iguales sean para poder hermanarse, sino cuánto pueden complementarse.
Algo parecido creo que tendría mucho éxito aplicado en menor escala a nuestros barrios y colonias, porque aunque la similitud entre quienes se “amistan” no es un requisito para el hermanamiento, es inevitable reconocer que los barrios, como génesis de la vida urbana de México y Latino América, comparten de manera asombrosa muchos detalles.
Desde La Candelaria en Bogotá, hasta el Barrio del Santuario en Guadalajara, por ejemplo. Chicos o grandes, con más o menos historia, tan céntricos como periféricos, pero al fin y al cabo barrios en todas sus formas, costumbres, fuerte identidad, diversidad y servicios.
En comparación con el hermanamiento de ciudades, hacerlo en comunidades más pequeñas haría más fácil medir los alcances de esta herramienta y las formas de cooperación entre ambos serían más puntuales, pero sobre todo gestionadas a partir de las inquietudes de los vecinos; imagine un intercambio de tecnología entre talleres de oficios de diferentes latitudes, o la importación de modelos de negocios exitosos, por ejemplo, en un nuevo corredor gastronómico.
Hermanar barrios y colonias posibilitaría todo tipo de intercambios, pero en un canal más relajado, más a nivel de banqueta, o entre parientes, es decir, vecinos emparentados inevitablemente por la calle. No tengo duda que lo que planteo sería posible, lo afirmo porque tengo fe en el más arraigado de los valores de las comunidades donde crecimos: el orgullo, la muestra de que aquellos fulanos allá lejos hayan podido y nosotros aquí en Guadalajara nomás no, evidenciaría las carencias y haría redoblar esfuerzos con el fin de obtener beneficios parecidos, o descubrir los aciertos de nuestras comunidades nos haría sentir más orgullosos de ellas.
Lo que más me emociona de la idea, es imaginar esas ceremonias de hermanamiento, el desfile de personajes, los detalles que adornarían la verbena, la comida, las macetas de albahaca como símbolo de buena suerte, la música, el presídium formado por un nutrido de grupo de vecinos de ambas partes que asumirían el cargo honorario de embajadores o delegados por unas horas; cero burocracia, mucho ingenio, mucha calidez.
Para dar el primer paso en los hermanamientos de este tipo, sólo es necesario que como vecinos que somos todos, asumamos de vez en cuando el rol de embajador y experto local, para así posibilitar que alguien más conozca y se amiste con nuestras comunidades, vamos hermanando su barrio con el mío.
El dato
Primero fueron las ciudades
El concepto de hermanamiento entre ciudades surgió luego de la Segunda Guerra Mundial, el objetivo fue el acercamiento de las culturas y, posteriormente, ha alcanzado los temas financiero y comercial de los pueblos.
Algo parecido creo que tendría mucho éxito aplicado en menor escala a nuestros barrios y colonias, porque aunque la similitud entre quienes se “amistan” no es un requisito para el hermanamiento, es inevitable reconocer que los barrios, como génesis de la vida urbana de México y Latino América, comparten de manera asombrosa muchos detalles.
Desde La Candelaria en Bogotá, hasta el Barrio del Santuario en Guadalajara, por ejemplo. Chicos o grandes, con más o menos historia, tan céntricos como periféricos, pero al fin y al cabo barrios en todas sus formas, costumbres, fuerte identidad, diversidad y servicios.
En comparación con el hermanamiento de ciudades, hacerlo en comunidades más pequeñas haría más fácil medir los alcances de esta herramienta y las formas de cooperación entre ambos serían más puntuales, pero sobre todo gestionadas a partir de las inquietudes de los vecinos; imagine un intercambio de tecnología entre talleres de oficios de diferentes latitudes, o la importación de modelos de negocios exitosos, por ejemplo, en un nuevo corredor gastronómico.
Hermanar barrios y colonias posibilitaría todo tipo de intercambios, pero en un canal más relajado, más a nivel de banqueta, o entre parientes, es decir, vecinos emparentados inevitablemente por la calle. No tengo duda que lo que planteo sería posible, lo afirmo porque tengo fe en el más arraigado de los valores de las comunidades donde crecimos: el orgullo, la muestra de que aquellos fulanos allá lejos hayan podido y nosotros aquí en Guadalajara nomás no, evidenciaría las carencias y haría redoblar esfuerzos con el fin de obtener beneficios parecidos, o descubrir los aciertos de nuestras comunidades nos haría sentir más orgullosos de ellas.
Lo que más me emociona de la idea, es imaginar esas ceremonias de hermanamiento, el desfile de personajes, los detalles que adornarían la verbena, la comida, las macetas de albahaca como símbolo de buena suerte, la música, el presídium formado por un nutrido de grupo de vecinos de ambas partes que asumirían el cargo honorario de embajadores o delegados por unas horas; cero burocracia, mucho ingenio, mucha calidez.
Para dar el primer paso en los hermanamientos de este tipo, sólo es necesario que como vecinos que somos todos, asumamos de vez en cuando el rol de embajador y experto local, para así posibilitar que alguien más conozca y se amiste con nuestras comunidades, vamos hermanando su barrio con el mío.
El dato
Primero fueron las ciudades
El concepto de hermanamiento entre ciudades surgió luego de la Segunda Guerra Mundial, el objetivo fue el acercamiento de las culturas y, posteriormente, ha alcanzado los temas financiero y comercial de los pueblos.