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Fe renovada en La Piedad
La Piedad, famosa por su Santuario, le presume a sus visitantes su hermosa arquitectura y la alegría de sus habitantes
GUADALAJARA, JALISCO (28/FEB/2016).- Cuando iba en camino de Guadalajara a La Piedad, Michoacán, pensaba en lo que conozco de esa ciudad —ideas que se quedaron en mi mente por la cultura popular—. Sabía que allí se sirven exquisitas carnitas. También que sus rebozos son populares a nivel nacional. Y claro, cómo olvidar aquel equipo de futbol que apareció de manera fugaz en la primera división y que tocó el cielo. Pero lo que descubrí allá fue más. Mucho más.
Lo primero que se mide en Michoacán es la devoción. Desde la distancia es fácil distinguir en Morelia su gigantesca Catedral de cantera rosa. Lo mismo ocurre con Zamora y su enorme Santuario Guadalupano. Y La Piedad de Cavadas, ciudad pegadita a Jalisco como a Guanajuato, también presume un centro católico de proporciones titánicas: El Santuario del Señor de la Piedad. Es como si cada una de sus ciudades grandes estuviera enfrascada en una competencia invisible para ver cuál de todas posee el mayor santuario católico.
Si tienes ganas de conocer La Piedad, es bueno que sepas que su clima es templado, aunque tiende a ser caluroso en estas fechas. Que su comida es maravillosa y es un paraíso para quienes buscan de los antojitos y los platillos mexicanos. Y sobre todas las cosas, que la devoción de su gente por el Cristo de la Piedad le ha dado forma y fuerza a la ciudad en épocas de abundancia... y dificultades.
La llegada
Será por la temporada, pero la vegetación en La Piedad está envuelta en una capa de colores dorados, con polvo en los camellones de los suburbios de la ciudad. La falta de lluvia durante los últimos meses ha provocado que el Río Lerma (que atraviesa la ciudad), tenga apenas el aspecto de un agonizante riachuelo.
Decido caminar desde la Central Camionera al Centro de la urbe en más o menos media hora. Las calles son angostas, de trazo recto hacia el corazón de la ciudad. Si llevas coche (especialmente compacto) es mejor que tomes en cuenta que La Piedad, como casi todo México, tiene una cantidad más que generosa de baches adornando las calles.
Ya en el Centro las cosas cambian. Me encontré en el hermoso Jardín Marcos H. Pulido, fondeado por la Iglesia de la Purísima. Aquí fue el punto donde nació la ciudad (se llamaba Aramútaro) y que ahora es conocido como el barrio viejo de la ciudad. Es frecuente ver a hombres y mujeres aprovechar sus bancas para resguardarse del Sol, mientras disfrutan del canturreo de las fuentes cercanas. La presencia de planteles escolares hace que por las tardes la actividad en la zona sea frenética, con mamás persiguiendo a los pequeños para ir a casa.
En el corazón
Había leído que la cúpula del Santuario del Señor de la Piedad es la tercera más grande del continente americano. Y al verla en persona lo creo. Es sencillamente impresionante, por la belleza en su terminado y el esmero con el que ha sido conservada.
Allí entendí que muchas veces lo que a distancia ya es impresionante, de cerca te puede dejar sin habla. Todos los calificativos que haga y palabras que busque siempre se quedarán pequeños. El templo de enormes dimensiones es una especie de Centro magnético de la ciudad. A sus pies, los piedadenses hacen su vida, platican sobre la jornada, cuentan chistes colorados y hasta prueban los antojitos que abundan en las cercanías. A unos metros está el Kiosko de la ciudad, integrado con una hermosa fuente que le da un aspecto único entre los que me he topado en tierras michoacanas y en general no recuerdo haber visto uno que cumpliera ambas funciones. Eso sí, debo decir que al menos durante mi visita, no tenía agua.
Es tentador quedarse en una de las bancas del Kiosko de piedra y mosaico mientras se clava largamente el Santuario. Desmenuzar sus detalles y apreciar como por aquí y por allá hay maravillas en su labrado, pintura y herrería. No hay manera de aburrirse ante su magnificencia externa, pero no había viajado tanto para verlo por fuera. ¿Qué tal si entramos?
Pasión absoluta
Al entrar al Santuario los visitantes suelen besar o tocar los pies de un enorme cristo (réplica del Señor de la Piedad) como una muestra de respeto. La cúpula, que por fuera se ve majestuosa, por dentro ofrece un juego de luces fastuoso. No hay rincones oscuros en un espacio donde la fe hace que todo luzca más brillante.
Caminé por sus pasillos lentamente, apreciando el trabajo en la madera de las bancas y los mosaicos. Las estatuas de Vírgenes y Santos observando a los devotos. Las velas encendidas una y otra vez, en solicitud de un milagro. Y en uno de los muros, la coleta del cabello castaño que había dejado hace poco una mujer, agradecida por un milagro recibido.
Me senté en una banca y vi una y otra vez como gente se acercaba tanto como podía a los pies del altar del Señor de la Piedad. Con los ojos cerrados. Las manos unidas y apretadas. Con una oración silenciosa. En una época donde México y especialmente Michoacán necesitan algo de paz, es imposible no salir de este santuario con la fe renovada.
Lo primero que se mide en Michoacán es la devoción. Desde la distancia es fácil distinguir en Morelia su gigantesca Catedral de cantera rosa. Lo mismo ocurre con Zamora y su enorme Santuario Guadalupano. Y La Piedad de Cavadas, ciudad pegadita a Jalisco como a Guanajuato, también presume un centro católico de proporciones titánicas: El Santuario del Señor de la Piedad. Es como si cada una de sus ciudades grandes estuviera enfrascada en una competencia invisible para ver cuál de todas posee el mayor santuario católico.
Si tienes ganas de conocer La Piedad, es bueno que sepas que su clima es templado, aunque tiende a ser caluroso en estas fechas. Que su comida es maravillosa y es un paraíso para quienes buscan de los antojitos y los platillos mexicanos. Y sobre todas las cosas, que la devoción de su gente por el Cristo de la Piedad le ha dado forma y fuerza a la ciudad en épocas de abundancia... y dificultades.
La llegada
Será por la temporada, pero la vegetación en La Piedad está envuelta en una capa de colores dorados, con polvo en los camellones de los suburbios de la ciudad. La falta de lluvia durante los últimos meses ha provocado que el Río Lerma (que atraviesa la ciudad), tenga apenas el aspecto de un agonizante riachuelo.
Decido caminar desde la Central Camionera al Centro de la urbe en más o menos media hora. Las calles son angostas, de trazo recto hacia el corazón de la ciudad. Si llevas coche (especialmente compacto) es mejor que tomes en cuenta que La Piedad, como casi todo México, tiene una cantidad más que generosa de baches adornando las calles.
Ya en el Centro las cosas cambian. Me encontré en el hermoso Jardín Marcos H. Pulido, fondeado por la Iglesia de la Purísima. Aquí fue el punto donde nació la ciudad (se llamaba Aramútaro) y que ahora es conocido como el barrio viejo de la ciudad. Es frecuente ver a hombres y mujeres aprovechar sus bancas para resguardarse del Sol, mientras disfrutan del canturreo de las fuentes cercanas. La presencia de planteles escolares hace que por las tardes la actividad en la zona sea frenética, con mamás persiguiendo a los pequeños para ir a casa.
En el corazón
Había leído que la cúpula del Santuario del Señor de la Piedad es la tercera más grande del continente americano. Y al verla en persona lo creo. Es sencillamente impresionante, por la belleza en su terminado y el esmero con el que ha sido conservada.
Allí entendí que muchas veces lo que a distancia ya es impresionante, de cerca te puede dejar sin habla. Todos los calificativos que haga y palabras que busque siempre se quedarán pequeños. El templo de enormes dimensiones es una especie de Centro magnético de la ciudad. A sus pies, los piedadenses hacen su vida, platican sobre la jornada, cuentan chistes colorados y hasta prueban los antojitos que abundan en las cercanías. A unos metros está el Kiosko de la ciudad, integrado con una hermosa fuente que le da un aspecto único entre los que me he topado en tierras michoacanas y en general no recuerdo haber visto uno que cumpliera ambas funciones. Eso sí, debo decir que al menos durante mi visita, no tenía agua.
Es tentador quedarse en una de las bancas del Kiosko de piedra y mosaico mientras se clava largamente el Santuario. Desmenuzar sus detalles y apreciar como por aquí y por allá hay maravillas en su labrado, pintura y herrería. No hay manera de aburrirse ante su magnificencia externa, pero no había viajado tanto para verlo por fuera. ¿Qué tal si entramos?
Pasión absoluta
Al entrar al Santuario los visitantes suelen besar o tocar los pies de un enorme cristo (réplica del Señor de la Piedad) como una muestra de respeto. La cúpula, que por fuera se ve majestuosa, por dentro ofrece un juego de luces fastuoso. No hay rincones oscuros en un espacio donde la fe hace que todo luzca más brillante.
Caminé por sus pasillos lentamente, apreciando el trabajo en la madera de las bancas y los mosaicos. Las estatuas de Vírgenes y Santos observando a los devotos. Las velas encendidas una y otra vez, en solicitud de un milagro. Y en uno de los muros, la coleta del cabello castaño que había dejado hace poco una mujer, agradecida por un milagro recibido.
Me senté en una banca y vi una y otra vez como gente se acercaba tanto como podía a los pies del altar del Señor de la Piedad. Con los ojos cerrados. Las manos unidas y apretadas. Con una oración silenciosa. En una época donde México y especialmente Michoacán necesitan algo de paz, es imposible no salir de este santuario con la fe renovada.