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Extraños conventos sobre las rocas

Enormes piedras llenan el paisaje en para sorprender a propios y extraños

GUADALAJARA, JALISCO (15/ABR/2012).- Las Meteoras son unos enormes bloques de piedra casi verticales, que pasaron, desde el Cretácico, millones de años bajo las aguas del mar que existió en el Centro de Grecia. Al desaparecer éste, surgieron, a corta distancia unos de otros, los majestuosos promontorios que se creía que eran “meteoros” caídos desde el cielo.

En el siglo X, cuando el imperio Otomano, los piadosos de aquellos tiempos, que se retiraban a vivir como ermitaños allá en las alturas para evadir a sus perseguidores, vivían casi sin agua ni alimentos, y bajaban de vez en cuando para orar con los seguidores de su fe; y claro, subir algo de provisiones.

Imaginen lo que sería llevar aquella carga arañando las paredes de roca sin más ayuda que la fuerza de sus pensamientos. Creían  que la paz y el recogimiento en las alturas era de ayuda en la búsqueda de su luz propia, alejándose de la tierra y acercándose más al cielo.

Por el año 1300, Athanasius, en la Gran Meteorón, fundó el primer monasterio (que aún existe), estableciendo un severísimo reglamento, vigente hasta nuestros días.

De los  24 monasterios que fueron edificados con esfuerzos inauditos en aquellos tiempos, solamente en cinco de ellos se han conservado maravillosos vestigios del arte bizantino, y todavía funcionan cómo tales: Agia Trias. La Gran Meteoron. Varlaam. Agios Stefanos y Roussanou.

Para llegar al  convento de Agia Trias (fundado por Dometius en 1450) se tienen que subir 140 escalones labrados en la roca al rededor del monolito. Al llegar arriba, nos estaba esperando un misterioso monje bizco que cobraba “religiosamente” 100 dracmas por cabeza; cosa que se nos hizo de regalo al ver el costal que, pendiendo de un malacate (hecho de mecate griego) se usaba para subir y bajar —alimentos y personas— los 120 metros verticales en caída libre hasta el piso. Entonces entendimos el poco apego que tienen estos monjes por la vida terrenal.

Después leí que, por los años de 1400, en el Monasterio de Pantocrator vivió un monje bizco llamado “El Gran Teodoro”, ¡nada menos que con dos mujeres que vestían de monjes! y me pregunté si aquel monje “cobrón”, no sería alguna de las reencarnaciones de don Teodoro.

Mas tarde, después de  haber vivido todas estas escenas, y notar que una de las rocas estaba cerca de la ladera de un cerro por donde pasaba una veredita que… posiblemente... ¡Si! efectivamente, como la brechita pasaba cerca de la Meteora, se me ocurrió que… debíamos de pasar la noche con nuestro camión-casa en la cima de una de ellas. Sonaba a locura, pero bueno…

Al llegar al sitio, y viendo que era un poco arriesgado, amarramos el malacate del camión a una piedra muy grande anclada en el cerro. Se bajó todo mundo y... en reversa fui deslizando el armatroste hasta quedar en el centro del enorme peñón. La niebla nos rodeaba por todos lados. Tres metros cuando mucho era nuestra visión, pero como ya estábamos ahí bien plantados y no veíamos nada, les ordené que todo mundo se subiera al camión y se estuviera quieto.

Preparamos la cena a la media tarde, y cada quien hizo sus labores de orden y limpieza en la casa-coche. Estábamos en el deleite del comer -acompañados con vinitos griegos y “retsina” local, cuando un vientecito que despejó las nubes hizo aparecer en nuestras narices, y a no más de 50 metros… ¡Un convento con todo y sus monjitas en la Meteora de a un ladito! (claro que con un abismo de por medio). Era el convento de Agios Stefanos, que es solo para mujeres.

La visión era francamente impresionante: cincuenta metros de separación, ciento veinte en caída libre, y las monjitas al otro lado. Al volver la niebla, en breves instantes borró de nuestra vista aquel convento, y se hizo noche. La plática de sobremesa transcurrió entre risa y nervios con el tema de las monjitas, el abismo y el monje bizco.

Dormimos a pierna suelta, y al día siguiente realizamos que habíamos pasado la noche “entre el cielo y la tierra” rodeados por un precipicio. La vista era inigualable; y la experiencia... ¡También!

En las Meteoras, en donde se filmo la película Solo para tus ojos de James Bond, hay que llegar a Kalambaka, y de ahí al sitio de Las Meteoras, en donde existen una serie de pequeños hotelitos cercanos, a cual más de bonitos y hospitalarios. Una experiencia que no deben de olvidar al visitar la hoy conflictiva Grecia.

Arriba de la meteora con el camión, rodeados por un enorme abismo. ESPECIAL

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