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Explorando el mundo
Por: Guillermo Dellamary
Debido a las actuales circunstancias, estamos experimentando un fenómeno muy importante. Sin salir, la gente se aburre muy fácilmente.
Simplemente no se encuentra nada que hacer, un poco de televisión, lectura o música disminuyen el tedio, pero se está demostrando que a las personas lo que les gusta es ir a restaurantes, bares, antros y desde luego viajar.
De hecho hemos sido testigos, de que ante las indicaciones obligatorias para contener la epidemia, lo que muchas familias hicieron, fue irse de viaje. Como si fueran vacaciones.
Manzanillo, San Juan de alima, Puerto Vallarta y muchos lugares, se llenaron de escurridizos viajeros en busca de apartarse de las ciudades y acercarse a los ambientes menos contaminados.
No cabe duda, de que la vida actual se ve perseguida por el aburrimiento. Una extraña experiencia humana que se puede definir como: “nada interesante me mantiene ocupado”
No hay distracción, la mente flota por doquier sin encontrar su espacio. El mundo en el que se vive ya no es atractivo, e incluso puede ser hasta molesto.
No se siente uno bien y se necesita salir de allí, para ir en busca de algo que si te entretenga. Andas desesperado, intranquilo, sólo deseas dormir y apartar de tu interior, una sensación de vacío que cansa y fastidia.
Para sacudírselo, hay que irse. Hay que salir corriendo a un lugar donde se encuentren tus amigos y puedas hacer algo que te atraiga y mantenga divertido. De lo contrario sufres de nuevo, de la pesadumbre de no tener nada que hacer.
Esta experiencia, provocada por la influenza, nos enseña lo importante que son las actividades recreativas y sociales en el mundo contemporáneo. Tanto los restaurantes como los hoteles, tienen una función terapéutica muy importante en el pesado y opresivo mundo actual. Sin los momentos de esparcimiento, el aburrimiento nos atraparía y llenaría de desesperación y fatiga mental. Acabaríamos irritados y llenos de malestar.
Viajar es una gran válvula de escape para nuestro estilo de vida, se necesita cambiar de aires y encontrarse con otro entorno, dónde los estímulos nos despierten a la vida y nos hagan vibrar con sus encantos y belleza.
Simplemente no se encuentra nada que hacer, un poco de televisión, lectura o música disminuyen el tedio, pero se está demostrando que a las personas lo que les gusta es ir a restaurantes, bares, antros y desde luego viajar.
De hecho hemos sido testigos, de que ante las indicaciones obligatorias para contener la epidemia, lo que muchas familias hicieron, fue irse de viaje. Como si fueran vacaciones.
Manzanillo, San Juan de alima, Puerto Vallarta y muchos lugares, se llenaron de escurridizos viajeros en busca de apartarse de las ciudades y acercarse a los ambientes menos contaminados.
No cabe duda, de que la vida actual se ve perseguida por el aburrimiento. Una extraña experiencia humana que se puede definir como: “nada interesante me mantiene ocupado”
No hay distracción, la mente flota por doquier sin encontrar su espacio. El mundo en el que se vive ya no es atractivo, e incluso puede ser hasta molesto.
No se siente uno bien y se necesita salir de allí, para ir en busca de algo que si te entretenga. Andas desesperado, intranquilo, sólo deseas dormir y apartar de tu interior, una sensación de vacío que cansa y fastidia.
Para sacudírselo, hay que irse. Hay que salir corriendo a un lugar donde se encuentren tus amigos y puedas hacer algo que te atraiga y mantenga divertido. De lo contrario sufres de nuevo, de la pesadumbre de no tener nada que hacer.
Esta experiencia, provocada por la influenza, nos enseña lo importante que son las actividades recreativas y sociales en el mundo contemporáneo. Tanto los restaurantes como los hoteles, tienen una función terapéutica muy importante en el pesado y opresivo mundo actual. Sin los momentos de esparcimiento, el aburrimiento nos atraparía y llenaría de desesperación y fatiga mental. Acabaríamos irritados y llenos de malestar.
Viajar es una gran válvula de escape para nuestro estilo de vida, se necesita cambiar de aires y encontrarse con otro entorno, dónde los estímulos nos despierten a la vida y nos hagan vibrar con sus encantos y belleza.