Suplementos

Europa ante sus fantasmas

La Unión Europea se enfrenta a una paradoja histórica: el crecimiento del voto euroescéptico pone en entredicho los cimientos mismos del proyecto integratorio

GUADALAJARA, JALISCO (25/MAY/2014).- La crisis ha cambiado mucho el rostro de Europa. Se percibe en las calles y en las plazas: algo se ha roto, no se sabe si de forma irreparable. Los partidos anti-europeos, o euroescépticos, se han multiplicado de forma inimaginable hasta hace unos años. Ya no son partidos respaldados por un grupo de extremistas, que portan botas, cargan pesadas banderas y buscan todas las respuestas en el pasado. Tampoco se esconden en el anonimato o sienten “vergüenza” de gritar a los cuatro vientos su xenofobia, racismo y nacionalismo. No, ya no es así. Ahora la ultraderecha se encuentra en todos lados y tiene a la Unión Europea como su punto de mira. Su idea: tronar el proyecto desde Bruselas o Estrasburgo, sacudir sus postulados desde sus mismas entrañas.

No deja de ser paradójico que ante las elecciones europeas de donde saldrá electo el comisionado europeo, renovando el total del Parlamento, los nombres más mencionados sean Marine Le Pen, Nigel Farage o Geert Wilders. Los tres, connotados líderes ultraderechistas, están a unas horas de convertirse en las caras más visibles de la explosión de escaños europeos para partidos políticos euroescépticos. Su discurso no tiene demasiada elaboración. “Los migrantes son culpables del desempleo en los países de Europa (sobre todo los islámicos)”; “los gobiernos europeos son unos títeres de los verdaderos intereses económicos extranjeros que oprimen al pueblo”, o “la Unión Europea es sólo reflejo de los intereses de Merkel”. Este tipo de ideas y planteamientos políticos, que caen en el reduccionismo, han logrado permear profundamente en el decepcionado votante europeo.

Los banqueros mandan

Es posible argumentar que hay factores coyunturales, pero también estructurales, para explicar el vertiginoso aumento de los votantes euroescépticos. Coyunturalmente, la crisis económica es una variable determinante. Y no es sólo la crisis, sino una errática y absurda gestión de ella. A más de cinco años del estallido de la “burbuja inmobiliaria” en los Estados Unidos, Europa sigue atrapada entre la deflación, la deuda, la falta de creación de empleo y los recortes en programas sociales. Como ha recalcado el Premio Nobel, Paul Krugman, ningún líder europeo se preocupa por el desempleo o las carencias económicas en las familias, sino que el objetivo es el déficit exigido por el Banco Central Europeo. En muchos países de la Unión, particularmente aquellos duramente azotados por la crisis (Italia, España, Francia, Portugal y Grecia), existe una percepción (no alejada de la realidad) de que ellos están pagando las consecuencias de las irresponsabilidades financieras de los bancos que no midieron su codicia y, que tras el estallido de la crisis, no asumieron la responsabilidad del desorden económico que causaron. Es la imagen de los banqueros codiciosos, siempre ávidos de meterse al bolsillo más y más plata, sin ningún recato. Y, al mismo tiempo, esa clase política que deja operar libremente a los banqueros y después limpia con recursos públicos las terribles consecuencias de la crisis.

Y como epifenómeno de una crisis duradera, la migración vuelve al centro del debate en Europa. No sólo la migración exterior hacia Europa, sino incluso la “libre circulación”, una de las conquistas europeas a través del Tratado de Schengen, se ponen en tela de juicio. Las tragedias humanitarias de Lampedusa o de Melilla, son reflejo de la deriva anti-migrante en la Unión. “El señor Ébola puede solucionar el problema de la inmigración en tres meses” dijo un descorazonado, racista y cínico Jean Marie Le Pen (padre de Marine, cabeza del Frente Nacional) hace algunos días como campaña para renovar su asiento en el Parlamento Europeo. La Europa ilustrada ha caído en la trampa de la ultraderecha que vende el “regreso al pasado”, a los estados nacionales, la desintegración, como la fórmula para salir de la crisis económica.

Otro fenómeno coyuntural, aunque puede suponer cierta permanencia, es la austeridad como ruta de salida de la crisis. Durante estos años, en Europa, han chocado dos explicaciones de la crisis: la desregulación y falta de control del sistema financiero (la izquierda europea). Por lo tanto, es necesaria más regulación, una intervención más aguda del Estado y un vínculo más directo entre economía productiva y economía financiera. La segunda explicación, vertida desde la derecha: la crisis la ocasionó el estado de bienestar europeo; es decir, Europa vivió “por encima de sus necesidades” durante décadas y la bomba del gasto público estalló. La pugna por la explicación claramente fue ganada por los conservadores que dominan más posiciones políticas en Europa que antes de la crisis. Los recortes han llegado a todos los países de Europa, aunque con especial severidad a los del sur del continente, y aun así la salida de la crisis luce lejana.

Otro elemento es el papel de Alemania. Angela Merkel se asumió como la lideresa de la Unión, su salvadora al precio que sea. En Atenas, Lisboa o en Barcelona, la percepción de Merkel es muy negativa y consideran que las decisiones importantes se toman en Berlín, no en sus parlamentos. Y es que hay que recordar que países como España tuvieron que pasar por un proceso de reforma constitucional (sólo se ha modificado dos veces la constitución española de 1978), para meter la austeridad y el control del déficit público en la Carta Magna. Por acuerdo de PP y PSOE, se cambió la constitución para tranquilizar a los mercados y cumplir con las condiciones impuestas por Berlín. Merkel tiene la cartera, y la que “paga manda”.

Un proyecto que naufraga

Desde la dimensión estructural, los problemas son de larga data y las soluciones no han llegado. Por un lado, la Unión Europea sigue cargando con ese “déficit democrático”, problema alertado desde su origen. La concepción que tienen los europeos de sus parlamentarios es que “ganan mucho” y “trabajan poco”. Que viven como ricos en un continente atravesado por el desempleo, el incremento de las desigualdades y los recortes. En el mismo sentido, Bruselas no ha logrado convertirse en una instancia inspiradora de participación política. Las elecciones comunitarias son las más abstencionistas: solamente cuatro de cada 10 votan. No existe interés por moldear Bruselas a través del voto. Según el portal YouGov, que mide la opinión de distintos temas de la agenda global, existe una clara tendencia a “sentirse menos europeos” y más “de sus países nacionales”. Sólo 33% de los franceses se sienten “fuertemente europeos” contra 52% hace cinco años.

En segundo lugar, Europa atraviesa por un proceso mal asimilado de pérdida de influencia en los asuntos globales. Es fácil notar esa pérdida de influencia en temas como la crisis de Ucrania o el papel marginal en la Primavera Árabe. Si Europa no actúa unida, su peso en los asuntos globales es marginal. A pesar de esto, los elementos integradores que podrían darle peso a Europa en la escena internacional siguen atorados: la política energética común, la defensa común o la unión política y fiscal. Al contrario, Europa enfrenta un proceso donde las competencias cedidas a la Unión comienzan a ser debatidas y la tendencia es a favorecer, incluso más que antes, el involucramiento determinante de los estados nacionales. El proyecto de integración se encuentra en franco estancamiento.

Otro aspecto importante es el rompimiento del así llamado “consenso bipartidista”. No sólo en España, Alemania o en Francia, sino que es un fenómeno continental.  Para los europeos, las plataformas “popular” y “socialista” ya no son suficientes. Aquel debate electoral en donde los demócratas cristianos pedían más mercado y menos estado, mientras que los socialistas europeos pedían más estado de bienestar, impuestos y programas públicos, ha desaparecido. Ahora la Unión está atravesada de arriba abajo por una multiplicidad de partidos: los euroescépticos (El Partido de la Independencia de Reino Unido-UKIP-, el Frente Nacional en Francia, o el Alternativa para Alemania); los que buscan ir a la Europa de las regiones (Convergencia i Unión, Bildu o la Liga del Norte en Italia); la izquierda anticapitalista (Esquerra Republicana, Izquierda Plural o los Comunistas Franceses); y los abiertamente fascistas o de ultraderecha racial (Amanecer Dorado en Grecia, el Vlaams Belang en Bélgica). Se rompió el bipartidismo, lo que en términos de diversidad podría ser una buena noticia, de no ser porque llegan aquellos que no necesariamente comparten los principios liberales, de integración, respeto al derecho y multilateralismo que dieron vida a la Unión Europea de Monnet y Schuman.

Tendencias electorales y posibles coaliciones

Los resultados están en el aire. Todo indica que los Populares Europeos podrían acariciar una apretada victoria (29-32 por ciento). Después los socialistas (27-30%) y en tercero los euroescépticos (14-16 por ciento). Ninguno de los dos grandes partidos europeos podría por sí sólo empujar a un presidente de Comisión Europea y formular un programa europeo con respaldo parlamentario. Ante esta dispersión del voto, y tomando en cuenta que los euroescépticos tendrían representación suficiente como para servir de “bisagra”, los medios europeos ya especulan con una “gran coalición”, a la alemana, entre populares y socialistas para aislar a los euroescépticos. Todo dependerá de los resultados de una votación que culmina hoy, pero que empezó el jueves en Holanda y Reino Unido. Aunque en países como Reino Unido, el apoyo a los opositores a la Unión Europea, se encuentra arriba de 30 por ciento.

Todos los medios internacionales explicarán el auge de la ultraderecha europea como síntoma de una crisis económica que no termina. Algo así como la inevitable consecuencia del desempleo y la precariedad económica que afecta a muchas familias europeas, una salida fácil codificada en lenguaje populista. Sin embargo, existen elementos más profundos de desajuste que nos hacen pensar que la crisis política del proyecto de integración europea, va más allá que un mero bache por las condiciones de la economía. Los principales cimientos del proyecto europeo están puestos en duda: la supranacionalidad, la libre circulación, la migración y la cooperación internacional, el Estado de Bienestar y hasta el compromiso irrestricto con los derechos humanos. Así, más que una crisis económica, lo que vive la Unión es una crisis de rumbo, una identidad amenazada.

Temas

Sigue navegando