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“Envía, Señor, tu Espíritu a renovar la tierra”
Los apóstoles, dóciles, esperaron sin apartarse de Jerusalén
Desde el día 24 de mayo, con el grito de ¡aleluya, aleluya! porque el Señor resucitó, hasta hoy 12 de junio, han corrido, y muy de prisa, cincuenta días de aleluyas, de alegría, de pascua.
Los apóstoles, dóciles, esperaron sin apartarse de Jerusalén --así se los indicó el Maestro--, hasta recibir una gran visita: al Espíritu Santo.
Estaban reunidos encerrados y en oración, esa mañana de domingo. Afuera el pueblo estaba celebrando entusiasmado la fiesta de Pentecostés --cincuenta días después--. Era llamada la “Fiesta de las Semanas”, era la “Fiesta de la Tierra”. Era así la celebración judía y acudían a Jerusalén de muchas partes.
Los apóstoles recibieron con signos sensibles la visita de Dios Espíritu Santo, la tercera persona de la Augusta Trinidad, el prometido, el Paráclito --el consolador--, para completar en ellos la disposición interior, espiritual, y ya después ir a todo el mundo a ser testigos de Cristo resucitado, a predicar y a bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
“De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo”
Es el anuncio del verano. La pascua fue la primavera, y es la “pascua florida” la llegada de las flores; mas la venida del Espíritu Santo es la llegada de los frutos.
Con la resurrección de Cristo se vive la fe; en su ascensión gloriosa se aviva la esperanza de ascender, de desplegar las alas para subir hasta donde Cristo --la cabeza-- ha subido; la venida del Espíritu Santo es la plenitud de todas las fiestas, de todas las virtudes, es la caridad, “arde sin quemar y luce sin consumirse”.
Su anuncio es “con un gran ruido”, porque viene a dar testimonio de Cristo: “Argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creyeron en mí; de justicia, porque me voy al Padre y no me verán más; de juicio, porque el príncipe de este mundo está ya juzgado” (Jn 16, 8).
Él es testigo por excelencia para animar a los apóstoles y darles impulso, convertirlos en grandes testigos.
Y apareció luego otro signo.
“aparecieron lenguas de fuego ... y se posaron sobre ellos”
San Gregorio Magno, Papa, escribió: “El Espíritu Santo, coeterno con el Padre y con el Hijo, apareció bajo la forma de fuego porque Dios es fuego incorpóreo, inefable e invisible”.
“Nuestro Dios es fuego que consume”, dice la Carta a los Hebreos. Consume la herrumbre, la inmundicia de los pecados.
El Señor pone fuego a la tierra cuando inflama los corazones con el soplo del Espíritu Santo, y son capaces, están dispuestos a abandonar sus apetencias terrenas y carnales.
El fuego aleja los corazones de la tibieza, de la indolencia, de la frialdad.
Y el fuego hace luz. “El Señor será tu luz perpetua y Dios será tu esplendor”.
Es el fuego que aviva la memoria de los dones de Dios, ilustra la razón y mueve la voluntad: “Él les traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho a ustedes”, así les anunció el Maestro a los doce.
Mas no sólo aviva la memoria, sino que también enseña e induce a buenas obras.
Así pide la Iglesia en una humilde oración: “Alumbra, Señor, con los rayos de tu lumbre y claridad eterna las tinieblas de mi entendimiento, para que pueda con claridad y certidumbre escogerte a ti sólo por bien eternal mío, y olvide y tenga en poco todas esas otras cosas, sombras falsas y engañosas”.
El Espíritu Santo ahora en el siglo XXI
Esta fiesta no es, no debe ser, sólo un recuerdo de un misterio, de algo acontecido hace muchos siglos; no una simple y desnuda evocación de realidades de otros tiempos.
Es más bien Cristo mismo, que vive en la Iglesia por siempre. Es el misterio permanentemente presente y operante.
“Porque perduran en nosotros con su afecto, siendo cada uno de ellos, en su manera adecuada a su índole, la causa de nuestra salvación.
Hoy, como entonces, el Espíritu Santo baja continuamente, y no son indispensables los hechos extraordinarios, mas sí en los ordinarios el Espíritu Santo se presenta con su oculta acción a quienes imploran su presencia. Así el gobernante, el magistrado, el profesionista, los maestros, los padres de familia, los estudiantes, los jóvenes en sus años de decisiones, todos necesitan esa luz divina y todos la alcanzan, si la piden:
“Ven, Espíritu Santo
y envíanos desde el cielo
tu luz para iluminarnos...
Lava nuestras inmundicias,
fecunda nuestros desiertos
y cura nuestras heridas.
Doblega nuestra soberbia,
calienta nuestra frialdad,
endereza nuestras sendas”.
Unidad y pluralismo
San Pablo, en su primera carta a los cristianos de Corinto, describe los distintos efectos del Espíritu Santo: “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu Santo para provecho común. A uno se le pueden conceder por medio del Espíritu, palabras de sabiduría; a otros, palabras de ciencia, según el mismo Espíritu; a otros más, la fe...”
Y así continúa diciendo las distintas maneras como actúa el Espíritu, de diversas formas y para distintos servicios.
Los siete dones del Espíritu Santo
Al cristiano se le educa en la fe desde la infancia, para militar, para luchar, para ser valiente, porque encontrará a los enemigos del alma llamados demonio, mundo y carme.
Con la fortaleza será audaz para emprender, mas no ha de luchar solo. Cristo prometió: “Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”. Prometió también que enviaría al Espíritu Santo y sus dones y tendrá una fuerza interiior para poder llevar su cruz de cada día.
Con el don de sabiduría sentirá el gozo de vivir las alegrías espirituales de las cosas de Dios.
El don del entendimiento es para tener un profundo conocimiento de las verdades de la fe.
El don del consejo servirá para formar juicios recto de personas y acontecimientos.
Y si obtiene el don de piedad, se inclinará con gusto a amar siempre a Dios, a quien no ve, y a su prójimo a quien sí ve.
El don de ciencia es la recta apreciación de las cosas terrenas y de su relativo valor.
Y el temor de Dios es la actitud filial de siempre huír del mal y buscar siempre el bien.
José R. Ramírez Mercado
Los apóstoles, dóciles, esperaron sin apartarse de Jerusalén --así se los indicó el Maestro--, hasta recibir una gran visita: al Espíritu Santo.
Estaban reunidos encerrados y en oración, esa mañana de domingo. Afuera el pueblo estaba celebrando entusiasmado la fiesta de Pentecostés --cincuenta días después--. Era llamada la “Fiesta de las Semanas”, era la “Fiesta de la Tierra”. Era así la celebración judía y acudían a Jerusalén de muchas partes.
Los apóstoles recibieron con signos sensibles la visita de Dios Espíritu Santo, la tercera persona de la Augusta Trinidad, el prometido, el Paráclito --el consolador--, para completar en ellos la disposición interior, espiritual, y ya después ir a todo el mundo a ser testigos de Cristo resucitado, a predicar y a bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
“De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo”
Es el anuncio del verano. La pascua fue la primavera, y es la “pascua florida” la llegada de las flores; mas la venida del Espíritu Santo es la llegada de los frutos.
Con la resurrección de Cristo se vive la fe; en su ascensión gloriosa se aviva la esperanza de ascender, de desplegar las alas para subir hasta donde Cristo --la cabeza-- ha subido; la venida del Espíritu Santo es la plenitud de todas las fiestas, de todas las virtudes, es la caridad, “arde sin quemar y luce sin consumirse”.
Su anuncio es “con un gran ruido”, porque viene a dar testimonio de Cristo: “Argüirá al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creyeron en mí; de justicia, porque me voy al Padre y no me verán más; de juicio, porque el príncipe de este mundo está ya juzgado” (Jn 16, 8).
Él es testigo por excelencia para animar a los apóstoles y darles impulso, convertirlos en grandes testigos.
Y apareció luego otro signo.
“aparecieron lenguas de fuego ... y se posaron sobre ellos”
San Gregorio Magno, Papa, escribió: “El Espíritu Santo, coeterno con el Padre y con el Hijo, apareció bajo la forma de fuego porque Dios es fuego incorpóreo, inefable e invisible”.
“Nuestro Dios es fuego que consume”, dice la Carta a los Hebreos. Consume la herrumbre, la inmundicia de los pecados.
El Señor pone fuego a la tierra cuando inflama los corazones con el soplo del Espíritu Santo, y son capaces, están dispuestos a abandonar sus apetencias terrenas y carnales.
El fuego aleja los corazones de la tibieza, de la indolencia, de la frialdad.
Y el fuego hace luz. “El Señor será tu luz perpetua y Dios será tu esplendor”.
Es el fuego que aviva la memoria de los dones de Dios, ilustra la razón y mueve la voluntad: “Él les traerá a la memoria todo lo que yo les he dicho a ustedes”, así les anunció el Maestro a los doce.
Mas no sólo aviva la memoria, sino que también enseña e induce a buenas obras.
Así pide la Iglesia en una humilde oración: “Alumbra, Señor, con los rayos de tu lumbre y claridad eterna las tinieblas de mi entendimiento, para que pueda con claridad y certidumbre escogerte a ti sólo por bien eternal mío, y olvide y tenga en poco todas esas otras cosas, sombras falsas y engañosas”.
El Espíritu Santo ahora en el siglo XXI
Esta fiesta no es, no debe ser, sólo un recuerdo de un misterio, de algo acontecido hace muchos siglos; no una simple y desnuda evocación de realidades de otros tiempos.
Es más bien Cristo mismo, que vive en la Iglesia por siempre. Es el misterio permanentemente presente y operante.
“Porque perduran en nosotros con su afecto, siendo cada uno de ellos, en su manera adecuada a su índole, la causa de nuestra salvación.
Hoy, como entonces, el Espíritu Santo baja continuamente, y no son indispensables los hechos extraordinarios, mas sí en los ordinarios el Espíritu Santo se presenta con su oculta acción a quienes imploran su presencia. Así el gobernante, el magistrado, el profesionista, los maestros, los padres de familia, los estudiantes, los jóvenes en sus años de decisiones, todos necesitan esa luz divina y todos la alcanzan, si la piden:
“Ven, Espíritu Santo
y envíanos desde el cielo
tu luz para iluminarnos...
Lava nuestras inmundicias,
fecunda nuestros desiertos
y cura nuestras heridas.
Doblega nuestra soberbia,
calienta nuestra frialdad,
endereza nuestras sendas”.
Unidad y pluralismo
San Pablo, en su primera carta a los cristianos de Corinto, describe los distintos efectos del Espíritu Santo: “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu Santo para provecho común. A uno se le pueden conceder por medio del Espíritu, palabras de sabiduría; a otros, palabras de ciencia, según el mismo Espíritu; a otros más, la fe...”
Y así continúa diciendo las distintas maneras como actúa el Espíritu, de diversas formas y para distintos servicios.
Los siete dones del Espíritu Santo
Al cristiano se le educa en la fe desde la infancia, para militar, para luchar, para ser valiente, porque encontrará a los enemigos del alma llamados demonio, mundo y carme.
Con la fortaleza será audaz para emprender, mas no ha de luchar solo. Cristo prometió: “Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”. Prometió también que enviaría al Espíritu Santo y sus dones y tendrá una fuerza interiior para poder llevar su cruz de cada día.
Con el don de sabiduría sentirá el gozo de vivir las alegrías espirituales de las cosas de Dios.
El don del entendimiento es para tener un profundo conocimiento de las verdades de la fe.
El don del consejo servirá para formar juicios recto de personas y acontecimientos.
Y si obtiene el don de piedad, se inclinará con gusto a amar siempre a Dios, a quien no ve, y a su prójimo a quien sí ve.
El don de ciencia es la recta apreciación de las cosas terrenas y de su relativo valor.
Y el temor de Dios es la actitud filial de siempre huír del mal y buscar siempre el bien.
José R. Ramírez Mercado