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''…Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron''
La revelación de Jesús también ocurre para los actuales cristianos en el momento de la Eucaristía
GUADALAJARA, JALISCO (04/MAY/2014).- Hoy, tercer domingo de Pascua, siguen vivos la alegría y el gozo en el Señor, porque resucitó glorioso, éste es el motivo para vivir con autenticidad el misterio de la Pascua del Señor.
Narra San Lucas que el mismo día de la resurrección, la tarde del domingo, dos discípulos de Cristo iban de camino hacia su aldea, llamada Emaús, a unos 15 kilómetros de Jerusalén.
Cabizbajos, tristes, pensativos y —lo peor— desilusionados. Así le contaron sus tristezas a un tercer caminante que a ellos se agregó. Los dejó que vaciaran su dolor, que desahogaran su pena. Era el Señor resucitado, pero ellos no lo reconocieron entonces.
Las imágenes de esos dos peregrinos son también las de otros muchos peregrinos, que van por la vida cargando la doliente desgracia de los propios fracasos, y arrastran su ruina sin luz, sin esperanza. Son los que han perdido a Dios, y sin Él nada tiene sentido en la vida, y con nadie ni nada se puede llenar el vacío que queda en el alma.
Para aquellos dos discípulos todo cambió con la presencia de Cristo, con su compañía, aunque no lo habían reconocido.
¿Acaso no era necesario que El Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria? Con estas palabras Jesús les descubre a ellos y a todos, en todos los tiempos, el sentido profundo del misterio de la Redención.
El cristianismo descansa enteramente en la persona de Jesús crucificado.
El cristianismo es el camino de la cruz, el cristianismo es un constante morir al pecado, a la apatía, a la indiferencia, para vivir en fraternidad la gloria de Cristo Jesús.
Llegaron pues los caminantes a Emaús. Él —Jesús— hizo como que iba mas lejos, pero ellos le insistieron diciendo “quédate con nosotros, pues el día ya declina” y se quedó. Se sentó a la mesa. Los dos discípulos están felices con su huésped tan sabio, todo afecto; una maravillosa y firme seguridad los invade. Aunque a ellos no se les han abierto aún los ojos, sienten un gozo y una paz antes nunca experimentados.
La presencia de Cristo, oculto en el misterio eucarístico, ha sido fuente de alegría, de gozo interior, de paz.
Cuentan que era el gozo de Santo Tomás de Aquino pasar horas ante el sagrario, y allí encontraba la más alta inspiración. Allí nacieron los himnos eucarísticos que la iglesia ha cantado ocho siglos.
San Martín de Porres, allá en Lima, después de sus agotadoras tareas de hermanito lego en la cocina, cargado con el canasto de frutas y verduras recién cosechadas en el huerto del convento, o armado de escoba y trapeador, caía rendido en horas de silenciosa adoración ante Cristo oculto en la hostia.
Sentado a la mesa con los dos discípulos, el Señor “tomó el pan, pronuncio la bendición, lo partió y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.
José Rosario Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA:
Hechos de los Apóstoles 2, 14. 22-33
“A Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos”.
• SEGUNDA LECTURA:
Primera carta de San Pedro 1, 17-21
“Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria”.
• EVANGELIO:
San Lucas 24, 13-35
“Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.
• Quédate con nosotros
El pasaje, de los así llamados discípulos de Emaús, en razón del pueblo al cual se dirigen, es uno de los pasajes que ha inspirado tanto a especialistas bíblicos a la reflexión, como a artistas a la expresión, no obstante que es un texto que sólo encontramos en el evangelista San Lucas.
El pasaje narra la aparición de Jesús resucitado a dos discípulos suyos de camino a la aldea de Emaús, la forma en que lo invitaron a pernoctar y cómo lo reconocieron durante la cena, en la fracción del pan. Los matices psicológicos de sus personajes otorgan un carácter único al pasaje.
De los dos discípulos, uno de los cuales se llama Cleofás y otro cuya identidad no se desvela, apenados y temerosos por la muerte de Cristo que han presenciado, huyen de Jerusalén y llegan hasta Emaús, donde se disponen a cenar en compañía de un extraño con el que han hablado por el camino de los recientes sucesos y que les reprocha su falta de fe.
Es este acontecimiento el que inspiró como a muchos a Rembrandt, en su obra titulada: “La cena de Emaús” de 1648, en la cual, a través de las formas y el color, sus claroscuros nos introducen en el momento en que Jesús devela quien es, en el majestuoso signo de la fracción del pan. El Cristo Resucitado se nos sigue dando en la Eucaristía, que identifica a los discípulos como miembros de Cristo.
Aquel “Quédate con nosotros” que le dicen los de Emaús al Resucitado que no han reconocido adquiere sentido y se hace efectivo, Él permanece no sólo con ellos dos, sino con todos, y lo tenemos vivo y presente en las especies consagradas del vino y el pan.
El Rembrandt, es impresionante en la expresividad de los rostros y la atracción de la luminosidad con la que rodea la persona de Jesús, con uno de los discípulos de espaldas que es al que se ha denominado como el anónimo, y Cleofás estupefacto, porque le ha reconocido. Y hoy como siempre decimos, te conocimos Señor al partir el pan.
Narra San Lucas que el mismo día de la resurrección, la tarde del domingo, dos discípulos de Cristo iban de camino hacia su aldea, llamada Emaús, a unos 15 kilómetros de Jerusalén.
Cabizbajos, tristes, pensativos y —lo peor— desilusionados. Así le contaron sus tristezas a un tercer caminante que a ellos se agregó. Los dejó que vaciaran su dolor, que desahogaran su pena. Era el Señor resucitado, pero ellos no lo reconocieron entonces.
Las imágenes de esos dos peregrinos son también las de otros muchos peregrinos, que van por la vida cargando la doliente desgracia de los propios fracasos, y arrastran su ruina sin luz, sin esperanza. Son los que han perdido a Dios, y sin Él nada tiene sentido en la vida, y con nadie ni nada se puede llenar el vacío que queda en el alma.
Para aquellos dos discípulos todo cambió con la presencia de Cristo, con su compañía, aunque no lo habían reconocido.
¿Acaso no era necesario que El Mesías padeciera todo esto y así entrara en su gloria? Con estas palabras Jesús les descubre a ellos y a todos, en todos los tiempos, el sentido profundo del misterio de la Redención.
El cristianismo descansa enteramente en la persona de Jesús crucificado.
El cristianismo es el camino de la cruz, el cristianismo es un constante morir al pecado, a la apatía, a la indiferencia, para vivir en fraternidad la gloria de Cristo Jesús.
Llegaron pues los caminantes a Emaús. Él —Jesús— hizo como que iba mas lejos, pero ellos le insistieron diciendo “quédate con nosotros, pues el día ya declina” y se quedó. Se sentó a la mesa. Los dos discípulos están felices con su huésped tan sabio, todo afecto; una maravillosa y firme seguridad los invade. Aunque a ellos no se les han abierto aún los ojos, sienten un gozo y una paz antes nunca experimentados.
La presencia de Cristo, oculto en el misterio eucarístico, ha sido fuente de alegría, de gozo interior, de paz.
Cuentan que era el gozo de Santo Tomás de Aquino pasar horas ante el sagrario, y allí encontraba la más alta inspiración. Allí nacieron los himnos eucarísticos que la iglesia ha cantado ocho siglos.
San Martín de Porres, allá en Lima, después de sus agotadoras tareas de hermanito lego en la cocina, cargado con el canasto de frutas y verduras recién cosechadas en el huerto del convento, o armado de escoba y trapeador, caía rendido en horas de silenciosa adoración ante Cristo oculto en la hostia.
Sentado a la mesa con los dos discípulos, el Señor “tomó el pan, pronuncio la bendición, lo partió y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron”.
José Rosario Ramírez M.
LA PALABRA DE DIOS
• PRIMERA LECTURA:
Hechos de los Apóstoles 2, 14. 22-33
“A Jesús Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos”.
• SEGUNDA LECTURA:
Primera carta de San Pedro 1, 17-21
“Por Cristo, ustedes creen en Dios, quien lo resucitó de entre los muertos y lo llenó de gloria”.
• EVANGELIO:
San Lucas 24, 13-35
“Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”.
• Quédate con nosotros
El pasaje, de los así llamados discípulos de Emaús, en razón del pueblo al cual se dirigen, es uno de los pasajes que ha inspirado tanto a especialistas bíblicos a la reflexión, como a artistas a la expresión, no obstante que es un texto que sólo encontramos en el evangelista San Lucas.
El pasaje narra la aparición de Jesús resucitado a dos discípulos suyos de camino a la aldea de Emaús, la forma en que lo invitaron a pernoctar y cómo lo reconocieron durante la cena, en la fracción del pan. Los matices psicológicos de sus personajes otorgan un carácter único al pasaje.
De los dos discípulos, uno de los cuales se llama Cleofás y otro cuya identidad no se desvela, apenados y temerosos por la muerte de Cristo que han presenciado, huyen de Jerusalén y llegan hasta Emaús, donde se disponen a cenar en compañía de un extraño con el que han hablado por el camino de los recientes sucesos y que les reprocha su falta de fe.
Es este acontecimiento el que inspiró como a muchos a Rembrandt, en su obra titulada: “La cena de Emaús” de 1648, en la cual, a través de las formas y el color, sus claroscuros nos introducen en el momento en que Jesús devela quien es, en el majestuoso signo de la fracción del pan. El Cristo Resucitado se nos sigue dando en la Eucaristía, que identifica a los discípulos como miembros de Cristo.
Aquel “Quédate con nosotros” que le dicen los de Emaús al Resucitado que no han reconocido adquiere sentido y se hace efectivo, Él permanece no sólo con ellos dos, sino con todos, y lo tenemos vivo y presente en las especies consagradas del vino y el pan.
El Rembrandt, es impresionante en la expresividad de los rostros y la atracción de la luminosidad con la que rodea la persona de Jesús, con uno de los discípulos de espaldas que es al que se ha denominado como el anónimo, y Cleofás estupefacto, porque le ha reconocido. Y hoy como siempre decimos, te conocimos Señor al partir el pan.