Suplementos
En los confines de la metrópoli
El pavimento es casi un desconocido.La tierra y piedras lo envuelven casi todo. Sobre la delincuencia y el tráfico de los coches saben muy poco. En estos lugares la vida es más tranquila
GUADALAJARA, JALISCO (13/ENE/2013).- ¿Qué hay cuando ya no hay nada? ¿Quiénes son los que viven allá arriba, pasando las curvas? ¿Con qué se divierten los niños cuando no hay juegos ni juguetes a la vista?
Pasando el límite de la Zona Metropolitana de Guadalajara, la diferencia es clara. El humo de las fábricas sobresale sobre todas las cosas; las gallinas se pasean en las banquetas cual perros callejeros; los sombreros son la prenda obligada; las piedras envuelven el suelo y el pavimento es casi un desconocido.
Cada punto cardinal tiene su historia. Cada rancho o ciudad que rodea a la metrópoli tiene sus rasgos distintivos. Aquí se presentan algunos de ellos.
Allá, en medio de la nada
Hay que dar cada paso con pericia. Colocar un pie en falso podría significar torcerse el tobillo o pisar mierda que igual es de perro o de caballo. Poner la mano donde no se debe conlleva el riesgo de ser picado por un alacrán. A los forasteros, ésos que están acostumbrados a caminar sobre el pavimento, les resultará complicado dar paso tras paso recién bajen del automóvil.
¿Dónde está este lugar? La respuesta menos precisa, pero no por eso menos cierta, es que está en medio de la nada. Hay que ir hacia el Norte de Zapopan para tomar la Carretera Federal 23, que lleva hacia San Cristóbal de la Barranca. A unos metros de la desviación, Camino a Huaxtla, está otra que se llama Camino a Mesa de San Juan. El automovilista debe dar vuelta a la izquierda para entrar en ella y seguir un camino que debe manejarse con suma precaución si no se quiere accidentar en una de las numerosas curvas.
Son unos 10 minutos de subida. Todo el paisaje es verde. Árboles, arbustos y cerros a la vista. De repente, como si hubiese caído ahí por accidente, está un terreno sobre el que descansan unas cinco casas con portones de gran tamaño.
La única persona a la vista es un joven que camina al borde de la carretera. El silencio es sólo interrumpido por las camionetas que pasan, por lo menos, cada cinco minutos; también por unas voces que llegan a los oídos en forma de susurros, provenientes del interior de una de las propiedades y pertenecientes a personas que dicen que ellos no viven ahí, que sólo están porque les prestaron la casa. Domingo de carne asada en un lugar tranquilo.
El joven que merodeaba al borde de la carretera ahora camina hacia las casas. Se llama Rubén y viste una camiseta interior, de las que se usan cuando no se tienen planes de salir. Después de todo, no hay un lugar a la vista donde se pueda ir a comer, bailar o simplemente comprar una nieve.
Tiene 15 años y ya terminó la secundaria. No tiene idea sobre si estudiará la preparatoria o no. A él lo que le gusta es ayudar a su papá con la siembra de maíz, en un campo que no queda a la vista y que él dice que queda allá, mientras señala hacia el Norte con el dedo índice. No sabe a quién le venden el producto y se limita a decir que su papá y tíos van a ofertarlo “allá abajo”.
Habla lento y en voz baja. Las risas de sus dos hermanas, menores que él, se cuelan entre las ventanas. Les causa gracia que su hermano sea entrevistado. En frente quedan dos perros que se dedican a estar echados. Uno de ellos, llamado “Gringo”, ladra cuando ve a un desconocido, pero se va chillando cuando éste se le acerca. Las gallinas hacen lo suyo: cacarean y se enciman en busca de comida. Toda una postal que resulta casi novedosa para los que están acostumbrados al smog del transporte público y a las torres de basura acumuladas en las calles al terminar el día.
La escuela donde Rubén estudió la secundaria está en Huaxtla. El recorrido era de una hora en automóvil. Si de enfermedades se trata tienen dos opciones: si es algo normal, como calentura —así lo dice él—, van a una tienda a la que se llega caminando en pocos minutos y compran pastillas; si es algo más grave, como una picadura de alacrán, no queda otra que buscar atención médica en “la ciudad”.
El resto de la tarde Rubén no tendrá mucho por hacer. Podrá sentarse en la barda que está afuera de su casa y contemplar el panorama verde; aunque eso lo puede hacer todos los días e involuntariamente, así que su otra opción es prender la radio y escuchar la música que le gusta: la banda, los corridos y el reggaeton.
“La gente se moría y uno se enteraba”
Tala ya no es lo que era. Al Oeste de la Zona Metropolitana, en su límite con Zapopan, surgen un puño de fábricas que con su humo indican que ya se cruzó a otra ciudad. Las casas están rodeadas por sembradíos de caña, suelo sin pavimentar y el ruido de las industrias; un híbrido en el que la gente se ha acostumbrado a vivir, alejada del ajetreo de la metrópoli.
Avelino Lara tiene 54 años y es originario de Tala. Pasó más de 10 años en Estados Unidos, pero es testigo del crecimiento y transformación que ha tenido el pueblo a través del tiempo. Suelta una frase con la que describe la magnitud del cambio: “Antes la gente se moría y uno se enteraba”.
La avenida donde Avelino es entrevistado, principal ingreso a la ciudad, es la muestra fehaciente del futuro que alcanzó a Tala: talleres mecánicos y tiendas de servicio precediendo a los sembradíos de caña, aunque los más jóvenes siguen laborando en éstos últimos.
A su edad ya no le interesa vivir en la Zona Metropolitana. Demasiado caos para quien está acostumbrado a andar entre el pasto. Si por él fuera, se apartaría lo más que pudiera de la civilización. Avelino sentencia: “Entre menos aglomeración, mejor”.
Quienes parecen más cómodos son Gavino Parra y Abigail Martínez. Ninguno de los dos supera los 40 años y desde hace menos de una semana viven en esa casa donde, siendo domingo por la tarde, aprovechan para vender dulces y churros que están colocados sobre una mesa. La construcción que habitan es igual a la mayoría que está sobre esa cuadra; pequeñas casas en las que tres sillones le quitan la mitad del espacio a la sala, y en las que en el pasillo que lleva a la cocina difícilmente caben dos personas a la vez.
¿Que dónde hay una escuela a la que los niños puedan asistir? Pues aquí, a la vuelta. ¿Que si las fábricas hacen mucho ruido hasta en las noches? Pues sí, pero uno a todo se acostumbra. ¿Que qué pasa cuando alguien se enferma? Pues si es algo leve, lo llevan a la clínica que está a unas cuadras de ahí; si la situación se pone difícil, el enfermo es trasladado a Tlajomulco.
Queda claro que mientras más se alejan de la Zona Metropolitana, los recorridos para ir al trabajo o recibir atención médica pueden hacerse más largos; para ellos esto se compensa por el hecho de no tener que sufrir el tráfico dentro de su ciudad, además de que, dicen, se sienten más seguros.
Aquí no pasa nada
Detrás de la última casa de la colonia Lomas de Huisquilco, en Zapotlanejo, hay mucho pasto que dejó de ser verde, parte de un cerro que no parece adecuado para ir a pasear. Es un paisaje árido que contrasta aún con el colorido navideño de las calles. Algunos niños juegan en las banquetas con los juguetes que apenas unas horas (en Navidad) estrenaron. Las familias aprovechan el recalentado en sus cocheras y otros prenden el automóvil para hacer las obligadas visitas de la época.
Pocas personas caminan en las calles. La señora Martha, quien carga algunas bolsas de plástico y varias toneladas de timidez, es una de ellas. Camina junto a sus tres hijas, quienes cuchichean siempre alejadas de la grabadora. Tal parece que la timidez se lleva en los genes.
Los días en ese rincón de Zapotlanejo son tranquilos. Martha describe la vida cotidiana con tal optimismo, que pareciera que esa colonia no le pide nada a ninguna que esté en la Zona Metropolitana. La única carencia que queda a la vista es la de pavimento. Es imposible caminar por esas calles sin salir con los zapatos llenos de tierra. Incluso, para llegar a la parte más alta de la colonia, más vale transportarse en camioneta, a menos de que el automovilista esté dispuesto a escuchar los constantes golpes de la parte baja de su vehículo contra el empedrado.
De ahí en más, dice Martha, lo tienen todo. Hay tiendas, tortillerías y carnicerías; la zona cuenta con su escuela y los jóvenes tienen que caminar sólo unas cuadras para ir al ciber-café. La señora habla de que la luz y el agua no faltan, con el tono de quien difícilmente puede pedir más.
Al parecer, el vandalismo también es un tema menor. ¿Costumbre o realidad? Los golpes entre pandillas enemigas no es algo que ahuyente a los vecinos de la zona.
“Lógico que si vienen de otros barrios, los chavos de aquí reaccionan, porque si vienen agresivos, pues tienen que defenderse”.
Martha para de hablar y se tapa los oídos. Todo alrededor era silencio hasta que una cuatrimoto pasa a toda velocidad. El ruido del motor ensordece a quienes pasan por la calle Monte Everest. El conductor, un hombre que seguramente ya pasa los 30 años y que lleva una camisa con los botones desabrochados, conduce con las rodillas estiradas y la espalda encorvada; pareciera que imita a uno de esos vaqueros que pretenden domar al caballo en las películas western.
Tras de él pasan otros jóvenes en moto. Lo de ellos es el riesgo, así que aumentan la velocidad cada vez que pueden aunque ninguno lleve casco. Ante la falta de vigilancia policial pasado el mediodía, ese martes 25 de diciembre, algunos “copilotos” usan una mano para sostenerse y la otra para beber de la cerveza que cargan sin empacho alguno.
Pasado el escándalo, Martha sigue hablando de las maravillas de la zona. Si alguien se enferma, sufre un accidente o es picado por algún animal, el centro médico de Zapotlanejo les queda a 10 o 15 minutos en camioneta (sí, ella dice que en “camioneta”, no en carro; los mismos pobladores saben de la dificultad de que llegue un automóvil compacto hasta ahí). Y si no hay vehículo a la mano, pues ya todos tienen celular y mandan llamar a un taxi. Problema resuelto.
En la colonia tampoco falta trabajo. Martha y su esposo se dedican a la costura. Ella dice que de cada 100 mujeres, bajita la mano unas 90 laboran en lo mismo. Cuando falta ropa para coser, siempre hay carne que deshebrar y cobrar unos pesos por ello. Los jóvenes trabajan de repartidores, albañiles o de lo que encuentren.
Martha sigue caminando con sus bolsas y su timidez. Seguramente irá pensando que con todo lo que tienen, a la metrópoli no le piden nadita.
Aquí se usa sombrero
La gente mira con desconfianza a quien no conoce. Entrecierran los ojos y giran la cabeza hacia las personas que se adentran en su pueblo. Llevar sombreros parece que fuera obligación para los hombres. Cualquiera se imagina que no portarlo tiene alguna correlación con la falta de virilidad. Sólo ellos saben el significado de sus costumbres.
El Molino forma parte de Jocotepec. A él se llega en cuanto se ha salido de Tlajomulco, yendo siempre hacia el Sur de la Zona Metropolitana. Es uno de esos pueblos que están al costado de la carretera, a los que sólo se puede ingresar por primera vez después de dar tres vueltas y pedir indicaciones varias.
En las calles hay pocos perros y muchas gallinas. Gran parte de las casas luce sin terminar, pero hasta ésas tienen servicio de televisión satelital. El entretenimiento televisivo ha de ir por delante cuando otras atracciones requieren manejar varios minutos por carretera.
Adentrarse en el pueblo significa ir siempre hacia arriba. Otra vez: si el visitante no cuenta con camioneta, la tarea se dificulta. Todo es tierra y piedras. Las cuadro llantas deben sortear los pozos que hay en el camino si no quieren, en el peor de los casos, quedarse atascadas. Por eso se complica explicar cómo un vocho pudo llegar hasta la mitad del camino y lucir estacionado afuera de una casa. No cabe duda: hay de mañas a mañas.
Justo ahí, a la mitad del camino, la apariencia es totalmente la de un rancho. Una señora que posee pocos cabellos negros maniobra con un comal del que ya sale humo. Cercanas las 15:00 horas, más vale ir preparando la comida o llenar el estómago con los alimentos que quedaron de la noche anterior.
El cancel está abierto y deja a la vista un par de vacas que se alimentan al fondo de la propiedad. A la señora poco le interesa hablar sobre cómo se vive en ese pueblo, por eso es su esposo es el que sale y toma la palabra.
José Guadalupe Ruiz vive en El Molino desde hace 33 años. Es un hombre moreno y alto que, a sus 59 años, luce firme como cualquiera de las casas que lo rodean. Es de respuestas breves y contundentes. Cuando se le hace una pregunta, nunca comienza con un “creo que...”; no, él se limita a dejar nulos márgenes de duda sobre la veracidad de lo que dice.
Principalmente se dedica a la siembra de maíz. A estas alturas de la vida, no le interesa vivir en la Zona Metropolitana. El pueblo es tranquilo, no conoce problemas de inseguridad, y él está bien con eso. A unos metros de donde habla, pasa una señora que pasea a un niño pequeño; éste va montado sobre un carro rojo que le regalaron de Navidad. José también tiene a una niña pequeña en casa, que es su nieta. No hay parques a la vista, pero para entretenerla basta con unos juguetes que, dice, siempre tienen a la mano para cuando la reciben de visita.
La escuela y el hospital quedan a una distancia que se recorre en 10 o 15 minutos. Cuando se trata de una emergencia no queda de otra que transportar al afectado hacia la Zona Metropolitana, pero eso es algo que no parece inmutar a José. Tiene su vida hecha y no habla sobre un sólo motivo para quejarse del lugar donde habita. Se da la vuelta y regresa a casa, mientras su señora se mantiene en la misma posición que hace unos minutos.
La vida en El Molino parece transcurrir sin sobresaltos. Nada rompe la calma ese día y ni siquiera el viento se toma la molestia de mover los tendederos que, con todo y ropa interior, quedan a la vista.
Si de enfermedades se trata, tienen dos opciones: si es algo normal, como calentura —así lo dice él—, van a una tienda a la que se llega caminando en pocos minutos y compran pastillas; si es algo más grave, como una picadura de alacrán, no queda otra que buscar atención médica en “la ciudad”.
Ante la falta de vigilancia policial pasado el mediodía, ese martes 25 de diciembre, algunos “copilotos” usan una mano para sostenerse y la otra para beber de la cerveza que cargan sin empacho alguno.
Pasando el límite de la Zona Metropolitana de Guadalajara, la diferencia es clara. El humo de las fábricas sobresale sobre todas las cosas; las gallinas se pasean en las banquetas cual perros callejeros; los sombreros son la prenda obligada; las piedras envuelven el suelo y el pavimento es casi un desconocido.
Cada punto cardinal tiene su historia. Cada rancho o ciudad que rodea a la metrópoli tiene sus rasgos distintivos. Aquí se presentan algunos de ellos.
Allá, en medio de la nada
Hay que dar cada paso con pericia. Colocar un pie en falso podría significar torcerse el tobillo o pisar mierda que igual es de perro o de caballo. Poner la mano donde no se debe conlleva el riesgo de ser picado por un alacrán. A los forasteros, ésos que están acostumbrados a caminar sobre el pavimento, les resultará complicado dar paso tras paso recién bajen del automóvil.
¿Dónde está este lugar? La respuesta menos precisa, pero no por eso menos cierta, es que está en medio de la nada. Hay que ir hacia el Norte de Zapopan para tomar la Carretera Federal 23, que lleva hacia San Cristóbal de la Barranca. A unos metros de la desviación, Camino a Huaxtla, está otra que se llama Camino a Mesa de San Juan. El automovilista debe dar vuelta a la izquierda para entrar en ella y seguir un camino que debe manejarse con suma precaución si no se quiere accidentar en una de las numerosas curvas.
Son unos 10 minutos de subida. Todo el paisaje es verde. Árboles, arbustos y cerros a la vista. De repente, como si hubiese caído ahí por accidente, está un terreno sobre el que descansan unas cinco casas con portones de gran tamaño.
La única persona a la vista es un joven que camina al borde de la carretera. El silencio es sólo interrumpido por las camionetas que pasan, por lo menos, cada cinco minutos; también por unas voces que llegan a los oídos en forma de susurros, provenientes del interior de una de las propiedades y pertenecientes a personas que dicen que ellos no viven ahí, que sólo están porque les prestaron la casa. Domingo de carne asada en un lugar tranquilo.
El joven que merodeaba al borde de la carretera ahora camina hacia las casas. Se llama Rubén y viste una camiseta interior, de las que se usan cuando no se tienen planes de salir. Después de todo, no hay un lugar a la vista donde se pueda ir a comer, bailar o simplemente comprar una nieve.
Tiene 15 años y ya terminó la secundaria. No tiene idea sobre si estudiará la preparatoria o no. A él lo que le gusta es ayudar a su papá con la siembra de maíz, en un campo que no queda a la vista y que él dice que queda allá, mientras señala hacia el Norte con el dedo índice. No sabe a quién le venden el producto y se limita a decir que su papá y tíos van a ofertarlo “allá abajo”.
Habla lento y en voz baja. Las risas de sus dos hermanas, menores que él, se cuelan entre las ventanas. Les causa gracia que su hermano sea entrevistado. En frente quedan dos perros que se dedican a estar echados. Uno de ellos, llamado “Gringo”, ladra cuando ve a un desconocido, pero se va chillando cuando éste se le acerca. Las gallinas hacen lo suyo: cacarean y se enciman en busca de comida. Toda una postal que resulta casi novedosa para los que están acostumbrados al smog del transporte público y a las torres de basura acumuladas en las calles al terminar el día.
La escuela donde Rubén estudió la secundaria está en Huaxtla. El recorrido era de una hora en automóvil. Si de enfermedades se trata tienen dos opciones: si es algo normal, como calentura —así lo dice él—, van a una tienda a la que se llega caminando en pocos minutos y compran pastillas; si es algo más grave, como una picadura de alacrán, no queda otra que buscar atención médica en “la ciudad”.
El resto de la tarde Rubén no tendrá mucho por hacer. Podrá sentarse en la barda que está afuera de su casa y contemplar el panorama verde; aunque eso lo puede hacer todos los días e involuntariamente, así que su otra opción es prender la radio y escuchar la música que le gusta: la banda, los corridos y el reggaeton.
“La gente se moría y uno se enteraba”
Tala ya no es lo que era. Al Oeste de la Zona Metropolitana, en su límite con Zapopan, surgen un puño de fábricas que con su humo indican que ya se cruzó a otra ciudad. Las casas están rodeadas por sembradíos de caña, suelo sin pavimentar y el ruido de las industrias; un híbrido en el que la gente se ha acostumbrado a vivir, alejada del ajetreo de la metrópoli.
Avelino Lara tiene 54 años y es originario de Tala. Pasó más de 10 años en Estados Unidos, pero es testigo del crecimiento y transformación que ha tenido el pueblo a través del tiempo. Suelta una frase con la que describe la magnitud del cambio: “Antes la gente se moría y uno se enteraba”.
La avenida donde Avelino es entrevistado, principal ingreso a la ciudad, es la muestra fehaciente del futuro que alcanzó a Tala: talleres mecánicos y tiendas de servicio precediendo a los sembradíos de caña, aunque los más jóvenes siguen laborando en éstos últimos.
A su edad ya no le interesa vivir en la Zona Metropolitana. Demasiado caos para quien está acostumbrado a andar entre el pasto. Si por él fuera, se apartaría lo más que pudiera de la civilización. Avelino sentencia: “Entre menos aglomeración, mejor”.
Quienes parecen más cómodos son Gavino Parra y Abigail Martínez. Ninguno de los dos supera los 40 años y desde hace menos de una semana viven en esa casa donde, siendo domingo por la tarde, aprovechan para vender dulces y churros que están colocados sobre una mesa. La construcción que habitan es igual a la mayoría que está sobre esa cuadra; pequeñas casas en las que tres sillones le quitan la mitad del espacio a la sala, y en las que en el pasillo que lleva a la cocina difícilmente caben dos personas a la vez.
¿Que dónde hay una escuela a la que los niños puedan asistir? Pues aquí, a la vuelta. ¿Que si las fábricas hacen mucho ruido hasta en las noches? Pues sí, pero uno a todo se acostumbra. ¿Que qué pasa cuando alguien se enferma? Pues si es algo leve, lo llevan a la clínica que está a unas cuadras de ahí; si la situación se pone difícil, el enfermo es trasladado a Tlajomulco.
Queda claro que mientras más se alejan de la Zona Metropolitana, los recorridos para ir al trabajo o recibir atención médica pueden hacerse más largos; para ellos esto se compensa por el hecho de no tener que sufrir el tráfico dentro de su ciudad, además de que, dicen, se sienten más seguros.
Aquí no pasa nada
Detrás de la última casa de la colonia Lomas de Huisquilco, en Zapotlanejo, hay mucho pasto que dejó de ser verde, parte de un cerro que no parece adecuado para ir a pasear. Es un paisaje árido que contrasta aún con el colorido navideño de las calles. Algunos niños juegan en las banquetas con los juguetes que apenas unas horas (en Navidad) estrenaron. Las familias aprovechan el recalentado en sus cocheras y otros prenden el automóvil para hacer las obligadas visitas de la época.
Pocas personas caminan en las calles. La señora Martha, quien carga algunas bolsas de plástico y varias toneladas de timidez, es una de ellas. Camina junto a sus tres hijas, quienes cuchichean siempre alejadas de la grabadora. Tal parece que la timidez se lleva en los genes.
Los días en ese rincón de Zapotlanejo son tranquilos. Martha describe la vida cotidiana con tal optimismo, que pareciera que esa colonia no le pide nada a ninguna que esté en la Zona Metropolitana. La única carencia que queda a la vista es la de pavimento. Es imposible caminar por esas calles sin salir con los zapatos llenos de tierra. Incluso, para llegar a la parte más alta de la colonia, más vale transportarse en camioneta, a menos de que el automovilista esté dispuesto a escuchar los constantes golpes de la parte baja de su vehículo contra el empedrado.
De ahí en más, dice Martha, lo tienen todo. Hay tiendas, tortillerías y carnicerías; la zona cuenta con su escuela y los jóvenes tienen que caminar sólo unas cuadras para ir al ciber-café. La señora habla de que la luz y el agua no faltan, con el tono de quien difícilmente puede pedir más.
Al parecer, el vandalismo también es un tema menor. ¿Costumbre o realidad? Los golpes entre pandillas enemigas no es algo que ahuyente a los vecinos de la zona.
“Lógico que si vienen de otros barrios, los chavos de aquí reaccionan, porque si vienen agresivos, pues tienen que defenderse”.
Martha para de hablar y se tapa los oídos. Todo alrededor era silencio hasta que una cuatrimoto pasa a toda velocidad. El ruido del motor ensordece a quienes pasan por la calle Monte Everest. El conductor, un hombre que seguramente ya pasa los 30 años y que lleva una camisa con los botones desabrochados, conduce con las rodillas estiradas y la espalda encorvada; pareciera que imita a uno de esos vaqueros que pretenden domar al caballo en las películas western.
Tras de él pasan otros jóvenes en moto. Lo de ellos es el riesgo, así que aumentan la velocidad cada vez que pueden aunque ninguno lleve casco. Ante la falta de vigilancia policial pasado el mediodía, ese martes 25 de diciembre, algunos “copilotos” usan una mano para sostenerse y la otra para beber de la cerveza que cargan sin empacho alguno.
Pasado el escándalo, Martha sigue hablando de las maravillas de la zona. Si alguien se enferma, sufre un accidente o es picado por algún animal, el centro médico de Zapotlanejo les queda a 10 o 15 minutos en camioneta (sí, ella dice que en “camioneta”, no en carro; los mismos pobladores saben de la dificultad de que llegue un automóvil compacto hasta ahí). Y si no hay vehículo a la mano, pues ya todos tienen celular y mandan llamar a un taxi. Problema resuelto.
En la colonia tampoco falta trabajo. Martha y su esposo se dedican a la costura. Ella dice que de cada 100 mujeres, bajita la mano unas 90 laboran en lo mismo. Cuando falta ropa para coser, siempre hay carne que deshebrar y cobrar unos pesos por ello. Los jóvenes trabajan de repartidores, albañiles o de lo que encuentren.
Martha sigue caminando con sus bolsas y su timidez. Seguramente irá pensando que con todo lo que tienen, a la metrópoli no le piden nadita.
Aquí se usa sombrero
La gente mira con desconfianza a quien no conoce. Entrecierran los ojos y giran la cabeza hacia las personas que se adentran en su pueblo. Llevar sombreros parece que fuera obligación para los hombres. Cualquiera se imagina que no portarlo tiene alguna correlación con la falta de virilidad. Sólo ellos saben el significado de sus costumbres.
El Molino forma parte de Jocotepec. A él se llega en cuanto se ha salido de Tlajomulco, yendo siempre hacia el Sur de la Zona Metropolitana. Es uno de esos pueblos que están al costado de la carretera, a los que sólo se puede ingresar por primera vez después de dar tres vueltas y pedir indicaciones varias.
En las calles hay pocos perros y muchas gallinas. Gran parte de las casas luce sin terminar, pero hasta ésas tienen servicio de televisión satelital. El entretenimiento televisivo ha de ir por delante cuando otras atracciones requieren manejar varios minutos por carretera.
Adentrarse en el pueblo significa ir siempre hacia arriba. Otra vez: si el visitante no cuenta con camioneta, la tarea se dificulta. Todo es tierra y piedras. Las cuadro llantas deben sortear los pozos que hay en el camino si no quieren, en el peor de los casos, quedarse atascadas. Por eso se complica explicar cómo un vocho pudo llegar hasta la mitad del camino y lucir estacionado afuera de una casa. No cabe duda: hay de mañas a mañas.
Justo ahí, a la mitad del camino, la apariencia es totalmente la de un rancho. Una señora que posee pocos cabellos negros maniobra con un comal del que ya sale humo. Cercanas las 15:00 horas, más vale ir preparando la comida o llenar el estómago con los alimentos que quedaron de la noche anterior.
El cancel está abierto y deja a la vista un par de vacas que se alimentan al fondo de la propiedad. A la señora poco le interesa hablar sobre cómo se vive en ese pueblo, por eso es su esposo es el que sale y toma la palabra.
José Guadalupe Ruiz vive en El Molino desde hace 33 años. Es un hombre moreno y alto que, a sus 59 años, luce firme como cualquiera de las casas que lo rodean. Es de respuestas breves y contundentes. Cuando se le hace una pregunta, nunca comienza con un “creo que...”; no, él se limita a dejar nulos márgenes de duda sobre la veracidad de lo que dice.
Principalmente se dedica a la siembra de maíz. A estas alturas de la vida, no le interesa vivir en la Zona Metropolitana. El pueblo es tranquilo, no conoce problemas de inseguridad, y él está bien con eso. A unos metros de donde habla, pasa una señora que pasea a un niño pequeño; éste va montado sobre un carro rojo que le regalaron de Navidad. José también tiene a una niña pequeña en casa, que es su nieta. No hay parques a la vista, pero para entretenerla basta con unos juguetes que, dice, siempre tienen a la mano para cuando la reciben de visita.
La escuela y el hospital quedan a una distancia que se recorre en 10 o 15 minutos. Cuando se trata de una emergencia no queda de otra que transportar al afectado hacia la Zona Metropolitana, pero eso es algo que no parece inmutar a José. Tiene su vida hecha y no habla sobre un sólo motivo para quejarse del lugar donde habita. Se da la vuelta y regresa a casa, mientras su señora se mantiene en la misma posición que hace unos minutos.
La vida en El Molino parece transcurrir sin sobresaltos. Nada rompe la calma ese día y ni siquiera el viento se toma la molestia de mover los tendederos que, con todo y ropa interior, quedan a la vista.
Si de enfermedades se trata, tienen dos opciones: si es algo normal, como calentura —así lo dice él—, van a una tienda a la que se llega caminando en pocos minutos y compran pastillas; si es algo más grave, como una picadura de alacrán, no queda otra que buscar atención médica en “la ciudad”.
Ante la falta de vigilancia policial pasado el mediodía, ese martes 25 de diciembre, algunos “copilotos” usan una mano para sostenerse y la otra para beber de la cerveza que cargan sin empacho alguno.