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En el dique seco
Cuando trabajas en publicidad hay ocasiones en las que te toca presentar una porquería de producto como si fuese algo fantástico
“Cuando trabajas en publicidad hay ocasiones en las que te toca presentar una porquería de producto como si fuese algo fantástico, algo fundamental para mantener nuestra calidad de vida. Como la vez que tuve que hacer un anuncio de una crema suavizante para el pelo. La estrategia era: Añada a su cabello una suavidad palpable, un volumen visible. Pero el producto tenía un problema: era malísimo. Te dejaba el pelo pegajoso y cuando se probó en un grupo de mujeres todas lo odiaron. Además, apestaba. El cabello te quedaba con un olor mezcla de chicle y desinfectante. Pero yo tenía que hacer creer a la gente que aquella crema suavizante era la mejor del mundo. Tenía que procurarle una imagen atractiva y sexy. Asequible a la vez que deseable.
La publicidad hace que todo parezca mejor de lo que realmente es. Por eso es el trabajo perfecto para mí. Es una industria que se basa en crear falsas expectativas en la gente. Y pocos saben hacer eso tan bien como yo, puesto que durante años he estado aplicando a mi propia vida los principios básicos de la publicidad.
Cuando tenía trece años, la loca de mi madre me entregó en adopción al lunático de su psiquiatra. A partir de entonces viví una vida miserable, de pedofilia, absentismo escolar y consumo de todo tipo de pastillas. Cuando por fin logré escapar, acudí a las agencias de publicidad en busca de trabajo, presentándome como un joven autodidacta y algo excéntrico, desbordante de pasión y nuevas ideas. Me cuidaba mucho de omitir que no tenía la más mínima noción de ortografía y que practicaba el sexo oral desde los trece años.
No hay muchos que consigan entrar en el mundo de la publicidad a la edad de diecinueve años, sin más educación que la secundaria y sin contactos. No cualquiera puede salir a la calle y convertirse en un redactor publicitario de esos que se sientan alrededor de una gran mesa negra y reluciente y sueltan frases del tipo de: «Quizás podríamos conseguir que Molly Ringwald hiciera la voz en off» o «Esto me parece alucinante y superoriginal». Pero era exactamente lo que yo quería cuando tenía diecinueve años y exactamente lo que conseguí. Tanto que casi llegué a pensar que tenía una especie de poder mental capaz de controlar el mundo.
No podía creer que a esa edad hubiese conseguido un trabajo de ayudante de redactor publicitario para la cuenta de la Compañía Nacional de la Patata con un sueldo de diecisiete mil dólares al año, que para mí era una fortuna impresionante comparada con los nueve mil que ganaba dos años antes como camarero en un Ground Round.
Eso es lo bueno de la publicidad. A los publicitarios les da igual de dónde vengas o quiénes sean tus padres. No les importa nada. Les trae sin cuidado que tengas un escondrijo debajo de la cocina de tu casa repleto de huesos de niñas pequeñas. Siempre que seas capaz de maquinar un anuncio mejor para Chuck Wagon tienes tu puesto asegurado.”
Augusten Burroughs. En el dique seco. Anagrama. Barcelona. 2008. 345 págs.
El autor es un best-seller en Estados Unidos, donde nació en 1965. Su libro autobiográfico Recortes de mi vida, fue muy bueno tanto para la crítica como para los lectores. Se tradujo a varios idiomas y se hizo una versión cinematográfica. Este es su segundo libro.
La publicidad hace que todo parezca mejor de lo que realmente es. Por eso es el trabajo perfecto para mí. Es una industria que se basa en crear falsas expectativas en la gente. Y pocos saben hacer eso tan bien como yo, puesto que durante años he estado aplicando a mi propia vida los principios básicos de la publicidad.
Cuando tenía trece años, la loca de mi madre me entregó en adopción al lunático de su psiquiatra. A partir de entonces viví una vida miserable, de pedofilia, absentismo escolar y consumo de todo tipo de pastillas. Cuando por fin logré escapar, acudí a las agencias de publicidad en busca de trabajo, presentándome como un joven autodidacta y algo excéntrico, desbordante de pasión y nuevas ideas. Me cuidaba mucho de omitir que no tenía la más mínima noción de ortografía y que practicaba el sexo oral desde los trece años.
No hay muchos que consigan entrar en el mundo de la publicidad a la edad de diecinueve años, sin más educación que la secundaria y sin contactos. No cualquiera puede salir a la calle y convertirse en un redactor publicitario de esos que se sientan alrededor de una gran mesa negra y reluciente y sueltan frases del tipo de: «Quizás podríamos conseguir que Molly Ringwald hiciera la voz en off» o «Esto me parece alucinante y superoriginal». Pero era exactamente lo que yo quería cuando tenía diecinueve años y exactamente lo que conseguí. Tanto que casi llegué a pensar que tenía una especie de poder mental capaz de controlar el mundo.
No podía creer que a esa edad hubiese conseguido un trabajo de ayudante de redactor publicitario para la cuenta de la Compañía Nacional de la Patata con un sueldo de diecisiete mil dólares al año, que para mí era una fortuna impresionante comparada con los nueve mil que ganaba dos años antes como camarero en un Ground Round.
Eso es lo bueno de la publicidad. A los publicitarios les da igual de dónde vengas o quiénes sean tus padres. No les importa nada. Les trae sin cuidado que tengas un escondrijo debajo de la cocina de tu casa repleto de huesos de niñas pequeñas. Siempre que seas capaz de maquinar un anuncio mejor para Chuck Wagon tienes tu puesto asegurado.”
Augusten Burroughs. En el dique seco. Anagrama. Barcelona. 2008. 345 págs.
El autor es un best-seller en Estados Unidos, donde nació en 1965. Su libro autobiográfico Recortes de mi vida, fue muy bueno tanto para la crítica como para los lectores. Se tradujo a varios idiomas y se hizo una versión cinematográfica. Este es su segundo libro.