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El personaje: la cara positiva de una tragedia histórica

Martha Lanczyner, una sobreviviente del Holocausto

Por decreto de la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 27 de enero fue establecido desde 2005 como el Día Internacional de Conmemoración Anual de las Víctimas del Holocausto, pues fue en esta fecha exacta que se dio la liberación de los presos de los campos de concentración nazis en Europa, en el año de 1945. El acta oficial del máximo órgano mundial en beneficio de la paz “rechaza toda negación de este hecho histórico y condena las manifestaciones de intolerancia religiosa, incitación, acoso o violencia contra personas o comunidades sobre la base de su origen étnico o su creencia”.

El próximo martes este suceso trágico llega a su 70 aniversario. Las atrocidades perpetradas por las tropas alemanas bajo las órdenes de Adolfo Hitler durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), que acabaron con la vida de más de seis millones de personas pertenecientes a la tradición judía, además de otras minorías sociales de Europa (comunistas, discapacitados, gitanos y homosexuales) con el único objetivo de conseguir una supuesta raza humana perfecta, aún siguen vigentes en la memoria de los sobrevivientes al Holocausto.

Al igual que la sentencia de la ONU, la petición de ellos es que este acto no se olvide para evitar que la humanidad sufra algo igual o similar en tiempos en los que, se supone, somos capaces de vivir en aceptación mutua.

Los albores de la guerra

En los años consecutivos a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, se suscitaron migraciones en masa de los sobrevivientes del genocidio hacia diferentes sitios (campos de refugiados establecidos en Alemania, Austria e Italia y, posteriormente, a finales de la década de los 40, hacia Palestina y Estados Unidos) debido a que éstos se negaban a regresar a sus países de origen. Pero Martha Reisel de Lanczyner, una judía nacida el 10 de diciembre de 1922 en Kolomyja, Polonia, una ciudad que en ese tiempo contaba con 45 mil habitantes, inició su marcha en los albores del conflicto bélico.

“Viví con mi familia (padre, madre y cuatro hermanas) en Kolomyja hasta la Guerra. Ahí fue donde realicé todos mis estudios hasta la preparatoria. Cuando sucedió el ataque de Rusia a Polonia, el territorio se dividió entre Alemania y Rusia. Nuestra parte, ahora Ucrania, le tocó a los rusos (como parte del Pacto de No Agresión Molotov-Ribbentrop firmado por ambos gobiernos)”, detalla Reisel de Lanczyner, quien ahora tiene 86 años de edad y radica desde hace casi cinco décadas en Guadalajara.

Al estallar la guerra, el padre de la señora Martha era propietario de una fábrica de prendas de vestir hechas de lana. Este negocio proveyó a los Reisel de los medios económicos para darles a sus hijas una vida holgada. “En la ciudad éramos burgueses”, recuerda. Pero cuando sucedió la militarización de Polonia, la familia fue despojada de gran parte de sus bienes materiales. “Nos dieron un pasaporte especial para circular con ciertos beneficios, pero con él no podíamos movernos hacia otras ciudades más grandes o hacia los límites del país”, comenta.

Martha Reisel se bachilleró con un diploma de oro en el año de 1941, ya bajo el régimen ruso. Con esta distinción, dice, “yo quería ir a estudiar a la universidad de Lwów y no pude, porque ésa era una ciudad grande; creía que con mi diploma podía hacerlo todo. Pero no fue así. Tenía yo 17 años en ese tiempo”.

No obstante, Reisel tuvo la fortuna de encontrarse con una “oportunidad maravillosa”. Una mujer rusa, esposa de un jefe de la NKVD (policía de asuntos internos de la extinta Unión Soviética) fronteriza, le cambió el pasaporte para que se fuera a estudiar a cambio de que nadie, ni siquiera su familia, se enterara de lo que estaba sucediendo. En dicho documento, Reisel aparecía como la hija de un obrero y “eso era algo sagrado”. Pero “¿cómo iba a hacer algo sin que supieran mis padres? Estaban tan asustados. Como joven me encapriché y me fui a la universidad”, rememora la sobreviviente del Holocausto.

A pesar de que le advirtieron que no podía regresar a Kolomyja una vez que hubiese llegado a la universidad, ella lo hizo en dos ocasiones trayendo consigo alimentos para su familia “porque ya empezaban a escasear”. En el año de 1941, cuando el ejército nazi atacó a los rusos, “todo era horrible. El bombardeo era tan fuerte que sabíamos que teníamos que irnos de ahí. Los estudiantes nos agrupamos según nuestra procedencia para ir juntos, protegernos y así poder regresar a casa. Pero jamás pudimos volver”. Y tampoco volvieron a saber de sus familias ni de la suerte con la que corrió el pueblo judío una vez que los nazis llegaron a Polonia hasta años más tarde.

La diáspora de una judía polaca

Martha Reisel llegó a Zhmerinka, Rusia, acompañada de un grupo de chicas que estuvieron a su lado durante buena parte de la travesía -después se dividieron y sólo continuaron ella y Mela, una joven oriunda de la ciudad polaca de Stanistawów-. Ahí recibieron un consejo un tanto paternal de un jefe del ejército ruso: dirigirse a una ciudad más grande y buscar un trabajo porque, de acuerdo a lo que les dijo entonces, “en tiempos de guerra, quien no trabaja, no come”.

La siguiente parada fue Jarkov, en el mismo país. Pero al día de su llegada, esta región fue declarada en pie de guerra. Había que huir de nuevo. Un estudiante del politécnico de Lwów al cual conocían, las puso en manos de un hombre que las llevaría a Kuibishev. Sin embargo, las del grupo se negaron a trasladarse. Argumentaban, ilusamente, que si se quedaban en Jarkov su regreso a Kolomyja sería más fácil.

El mismo hombre que les brindó su apoyo, las instaló en casa de una mujer y las ayudó a encontrar empleo. “Siempre tuvimos la suerte de hallar a gente muy buena y amistosa”, recuerda Reisel, y añade que todo este periodo se distinguió por la enfermedad y el hambre que padecieron las personas.
Tras cinco meses de permanecer en Jarkov, tuvieron que huir nuevamente cuando los nazis empezaron a bombardear este territorio. Ahora sí había que moverse hacia Kuibishev y ello significaba perder las esperanzas de volver a Polonia.

El itinerario de guerra de Martha y Mela se extendió hasta el año de 1942. Estuvieron en Tashkent, Bujara, Guzary, Krasnovodosk, Pahlevi (donde fue detenida debido a que viajaba con otra documentación), Teherán (donde fue enfermera de la Cruz Roja) y finalmente en Palestina.

“Sobrevivíamos con el poco pan que llegaba a nuestras manos día a día. Luchamos por salvarnos como podíamos usando el sentido común. Creo que pudimos vivir porque Mela y yo siempre estuvimos juntas para darnos fuerzas. Cuando estábamos en Bujara o en cualquier otro lugar, no sabíamos nada de lo que pasaba en Polonia. Los nazis eran los malos, avanzaban rápido, pero ¿qué hacían? Eso lo supimos tiempo después”, explica Reisel.

De Palestina a tierras americanas

Ya estando en Palestina, a donde llegaron a través de una Agencia Judía a finales de 1942 junto con su amiga Mela, Martha Reisel se reencontró con Mundek Lanczyner, el “amigo” -dice que antes era inapropiado llamarlo novio- con el que había iniciado una relación antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial y con el que mantuvo correspondencia hasta fines del 41. Él salió de Polonia en 1938 rumbo a la Universidad Hebrea de Jerusalén para realizar sus estudios, lo que le permitió salvarse de las atrocidades de la guerra.

Si bien las cartas entre Martha y Mundek se interrumpieron en el año de 1941, hasta que ella permaneció dentro de las fronteras rusas, ambos se entusiasmaron al encontrarse de nueva cuenta (otra vez gracias a la Agencia Judía) y reafirmaron sus lazos afectivos. Se casaron en abril de 1943 sin más que un vestido confeccionado por ella misma y un traje que sirvió también para la boda de los demás amigos de él. Vivieron en Jerusalén hasta finales de la década de los 40, cuando la señora Lanczyner localizó a unos primos paternos que vivían en Managua, Nicaragua. Entonces la pareja decidió aceptar la ayuda del familiar y se mudaron al continente americano.

Se quedaron en Nicaragua durante 12 años bajo el régimen de Anastasio Somoza padre. Ahí nacieron los tres hijos del matrimonio: Alisa, Herman y Frances. Crearon un círculo de amistades entre la sociedad nicaragüense y especialmente entre la pequeña comunidad israelita de la capital. La precaria situación económica y política vivida en la época próxima a los sandinistas, obligó a los Lanczyner a salir de Managua en 1959.

Aunque su primera escala fue la Ciudad de México, a Mundek Lanczyner se le presentó una oportunidad de trabajo aquí, en Guadalajara. A Martha parecía disgustarle la idea de venir a vivir a la capital de Jalisco, pero ahora reconoce que “era la verdadera Ciudad de las Rosas, una ciudad limpia, preciosa. Siento que soy parte de esta sociedad”.

La familia Lanczyner creció y prosperó en Guadalajara. Martha tiene tres hijos, siete nietos y cinco bisnietos “y todos me consideran su amiga. Soy una mujer afortunada”.

Hoy, cinco décadas después de haberse instalado en tierras jaliscienses, con una actitud más que afable y con el agradecimiento hacia los tapatíos que la acogieron desde su llegada, Martha Reisel de Lanczyner hace hincapié en que una actitud positiva ante la vida es imprescindible para lidiar los obstáculos, aún con aquellos más difíciles, como sobrevivir a una guerra.

¿Por qué es importante recordar a las víctimas del Holocausto?
Es sumamente importante. La juventud sabe muy poco. Y si saben algo, no se imaginan cómo fue. Después de que leí El niño con pijama de rayas (John Boyne, 2007) me dio mucho coraje. Presentan de una manera tan light lo que pasó… cuando en realidad hubo tanta tragedia detrás de todo esto. La gente tiene que saber cómo sucedieron las cosas porque puede repetirse. Los humanos no somos perfectos. Hay que cultivarse para no ser ignorantes de todo lo que pasa en el mundo. Sigue habiendo mucho antisemitismo.

¿Qué significa ser judío en la actualidad?
Yo no soy una mujer religiosa, pero me siento muy bien. Sé que pertenezco a un pueblo con un pasado trágico, pero que también le dio mucho al mundo en ciencia, literatura, pintura. Quizás nosotros nos esmeramos más porque nos persiguen, porque mucha gente no nos quiere. Tenemos que dar más para poder vivir en este planeta. Me siento privilegiada de pertenecer a este pueblo.


Los caminos de una vida afortunada
En el año 2003, Martha Reisel de Lanczyner tuvo el deseo de que “mi familia actual y las futuras generaciones sepan quién era su abuela. La vida no es fácil, hay que tener actitud positiva y no amilanarse. Quise que supieran cómo salí de ésta, que no siempre fui la mujer que ven ahora”.
Con la ayuda de un amigo de su hija Alisa, Martha Reisel de Lanczyner redactó sus memorias de su vida, desde sus primeros recuerdos hasta el momento en que llegó a Guadalajara, en un libro titulado Los caminos de mi vida.
El ejemplar consta de solamente mil ejemplares y fue editado de manera independiente, puesto que la idea principal es que sean los Lanczyner quienes lo tengan.

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