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El mundo actual espera una gran visita
Llega Jesús como lo anunciaron los profetas, en hora marcada desde el principio de los tiempos
Adviento es el tiempo de preparación para recibir, cada año en este último mes, la visita de Jesús el Salvador.
El pueblo de Israel, el del Antiguo Testamento, esperaba y anhelaba el advenimiento del Mesías que habría de llegar.
Y el pueblo del Nuevo Testamento --el pueblo en marcha, la Iglesia-- ya vive con gozo no un futuro, sino la presencia cercana del hecho histórico: la presencia del “Esperado”, quien con su nacimiento marcó en el tiempo, en el calendario, el antes y el después.
Llega Jesús como lo anunciaron los profetas, en hora marcada desde el principio de los tiempos. Han corrido 2011 años, mas, por ser de tal trascendencia este acontecimiento, el pueblo cristiano celebra año con año, en torno a pesebres nuevos, el recuerdo de aquel primer pesebre, humildísima cuna del Verbo de Dios.
Si se celebra un nacimiento, es motivo de gran alegría
En este tercer domingo la liturgia es un repique de campanillas, es una y otra frase de gozo, de alegría.
El profeta Isaías exclama: “¡Me alegro con el Señor con toda el alma!”. Es ésta la primera lectura, y en respuesta con el acento responsorial son las palabras de la Madre del Señor: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador”.
Y la segunda lectura es la alegría del fariseo Saulo, después de haber encontrado a Cristo y convertido ya en Pablo, el apóstol de los gentiles, quien dirigiéndose a éstos --los llamados a la fe-- les dice: “Hermanos, vivan siempre alegres”. Los tesalonicenses ya no tenían porqué estar tristes, ya tenían en Cristo un Salvador.
Porque la celebración de este domingo es festiva, se le ha llamado “Dominica Letare”, que en latín significa “domingo para estar alegres”, y tiene un signo visible: el ornamento con que el Papa se reviste para este día es de color rosa.
Mas ha de ser una alegría profunda y espiritual
El motivo es la salvación. Se hundía el enorme “Titanic” tras chocar con un iceberg, y en las tinieblas, en el terror ante la muerte, entre las encrespadas olas, allá a lo lejos se asomó una luz. Llegó hasta ellos la señal S.O.S., habían entendido y acudían en auxilio. Más de ochocientos pasajeros salvaron sus vidas gracias al barco salvador.
¿A qué viene ahora el Salvador?
El pueblo cristiano recibe a su Salvador y sabe prepararse para recibir a Cristo. No es un anciano robusto de barbas níveas, tocado con un gorro rojo, llevando en la espalda un enorme saco repleto de regalos y soltando una sonora carcajada. Ese no es el Hijo de Dios; ese es hijo del consumismo y la publicidad, pareja muy hábil para engañar incautos.
Quede en claro. Distiguir esto y prepararse para otros regalos mucho más valiosos. Ahora no es el momento de poner el zapato, sino de abrir el alma.
El mayor regalo para la persona y para todos, niños y adultos, ha de ser colmar los corazones de amor. Si hay amor en el hogar, hay todo, principalmente paz, y aunque no haya hijos ni abundancia de recursos económicos y de cosas materiales, allí una feliz Navidad dejará huella para los días siguientes.
Que venga Jesús y que visite su reino, la Iglesia
Los pastores con la delicada encomienda de guiar, nutrir y defender a sus ovejas, son el Papa, los Obispos y los presbíteros. La visita de Cristo en esta Navidad les dé fortaleza, les dé generosidad y prudencia en su labor de cada día.
Así, con un aroma de santidad, se vivirá la presencia del Pastor de los Pastores, y el pueblo fiel se renovará en la fe en Cristo Salvador, en Él pondrá toda su esperanza y arderá el amor a Dios y el amor al prójimo.
Que venga a este México, que está sediento de paz
Está a la puerta un año difícil para México, por las elecciones, porque estarán en ebullición los individuos y los grupos, partidos políticos, las opiniones y los intereses de todos. También flota un ambiente de inseguridad, de temor por muchas tristes noticias de crímenes y atropellos a las personas, a sus familias, a sus empresas y a sus lugares de trabajo. La inseguridad, la impunidad, la corrupción, son palabras en muchas bocas, con fundamento en experiencias personales y familiares, o por las numerosas noticias nada gratas que van y vuelven en estos días.
Ven, Señor, libertador
El Adviento es tiempo, ante todo, de oración. La súplica de chicos y grandes ha de ser para pedir no tanto los bienes materiales, sino, unidos en una sola plegaria, implorar el remedio de todos esos males que agobian al pueblo mexicano.
“¡Ven, Señor, a liberarnos; muéstranos tu rostro y seremos salvados!”. Así clama la Iglesia entre súplicas y lágrimas, y espera que Él mismo arrancará el yugo de esta terrible epidemia, mayor aún que aquella otra que obligó a los mexicanos a recibir vacunas y usar tapabocas.
La epidemia de ahora ha segado, ha cortado de raíz, miles de vidas; ha llenado de luto muchos hogares; ha obligado en ocasiones la fuga hacia otros lugares más tranquilos, en busca de seguridad, de paz.
Si el mensaje navideño es “paz a los hombres de buena voluntad”, si aún en las guerras los combatientes han bajado el rifle y han suspendido sus hostilidades, ¿por qué no --todos unidos en oración y en solidaridad cristianas-- se hace un esfuerzo común para tener una paz navideña?
“Ven, Señor Jesús, ven y arranca de los corazones todo sentimiento de odio, de venganza, de opresión, de codicia.
“¡Ven, Señor Jesús, a traernos paz, alegría, fe en el porvenir!”.
José R. Ramírez Mercado
El pueblo de Israel, el del Antiguo Testamento, esperaba y anhelaba el advenimiento del Mesías que habría de llegar.
Y el pueblo del Nuevo Testamento --el pueblo en marcha, la Iglesia-- ya vive con gozo no un futuro, sino la presencia cercana del hecho histórico: la presencia del “Esperado”, quien con su nacimiento marcó en el tiempo, en el calendario, el antes y el después.
Llega Jesús como lo anunciaron los profetas, en hora marcada desde el principio de los tiempos. Han corrido 2011 años, mas, por ser de tal trascendencia este acontecimiento, el pueblo cristiano celebra año con año, en torno a pesebres nuevos, el recuerdo de aquel primer pesebre, humildísima cuna del Verbo de Dios.
Si se celebra un nacimiento, es motivo de gran alegría
En este tercer domingo la liturgia es un repique de campanillas, es una y otra frase de gozo, de alegría.
El profeta Isaías exclama: “¡Me alegro con el Señor con toda el alma!”. Es ésta la primera lectura, y en respuesta con el acento responsorial son las palabras de la Madre del Señor: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios, mi Salvador”.
Y la segunda lectura es la alegría del fariseo Saulo, después de haber encontrado a Cristo y convertido ya en Pablo, el apóstol de los gentiles, quien dirigiéndose a éstos --los llamados a la fe-- les dice: “Hermanos, vivan siempre alegres”. Los tesalonicenses ya no tenían porqué estar tristes, ya tenían en Cristo un Salvador.
Porque la celebración de este domingo es festiva, se le ha llamado “Dominica Letare”, que en latín significa “domingo para estar alegres”, y tiene un signo visible: el ornamento con que el Papa se reviste para este día es de color rosa.
Mas ha de ser una alegría profunda y espiritual
El motivo es la salvación. Se hundía el enorme “Titanic” tras chocar con un iceberg, y en las tinieblas, en el terror ante la muerte, entre las encrespadas olas, allá a lo lejos se asomó una luz. Llegó hasta ellos la señal S.O.S., habían entendido y acudían en auxilio. Más de ochocientos pasajeros salvaron sus vidas gracias al barco salvador.
¿A qué viene ahora el Salvador?
El pueblo cristiano recibe a su Salvador y sabe prepararse para recibir a Cristo. No es un anciano robusto de barbas níveas, tocado con un gorro rojo, llevando en la espalda un enorme saco repleto de regalos y soltando una sonora carcajada. Ese no es el Hijo de Dios; ese es hijo del consumismo y la publicidad, pareja muy hábil para engañar incautos.
Quede en claro. Distiguir esto y prepararse para otros regalos mucho más valiosos. Ahora no es el momento de poner el zapato, sino de abrir el alma.
El mayor regalo para la persona y para todos, niños y adultos, ha de ser colmar los corazones de amor. Si hay amor en el hogar, hay todo, principalmente paz, y aunque no haya hijos ni abundancia de recursos económicos y de cosas materiales, allí una feliz Navidad dejará huella para los días siguientes.
Que venga Jesús y que visite su reino, la Iglesia
Los pastores con la delicada encomienda de guiar, nutrir y defender a sus ovejas, son el Papa, los Obispos y los presbíteros. La visita de Cristo en esta Navidad les dé fortaleza, les dé generosidad y prudencia en su labor de cada día.
Así, con un aroma de santidad, se vivirá la presencia del Pastor de los Pastores, y el pueblo fiel se renovará en la fe en Cristo Salvador, en Él pondrá toda su esperanza y arderá el amor a Dios y el amor al prójimo.
Que venga a este México, que está sediento de paz
Está a la puerta un año difícil para México, por las elecciones, porque estarán en ebullición los individuos y los grupos, partidos políticos, las opiniones y los intereses de todos. También flota un ambiente de inseguridad, de temor por muchas tristes noticias de crímenes y atropellos a las personas, a sus familias, a sus empresas y a sus lugares de trabajo. La inseguridad, la impunidad, la corrupción, son palabras en muchas bocas, con fundamento en experiencias personales y familiares, o por las numerosas noticias nada gratas que van y vuelven en estos días.
Ven, Señor, libertador
El Adviento es tiempo, ante todo, de oración. La súplica de chicos y grandes ha de ser para pedir no tanto los bienes materiales, sino, unidos en una sola plegaria, implorar el remedio de todos esos males que agobian al pueblo mexicano.
“¡Ven, Señor, a liberarnos; muéstranos tu rostro y seremos salvados!”. Así clama la Iglesia entre súplicas y lágrimas, y espera que Él mismo arrancará el yugo de esta terrible epidemia, mayor aún que aquella otra que obligó a los mexicanos a recibir vacunas y usar tapabocas.
La epidemia de ahora ha segado, ha cortado de raíz, miles de vidas; ha llenado de luto muchos hogares; ha obligado en ocasiones la fuga hacia otros lugares más tranquilos, en busca de seguridad, de paz.
Si el mensaje navideño es “paz a los hombres de buena voluntad”, si aún en las guerras los combatientes han bajado el rifle y han suspendido sus hostilidades, ¿por qué no --todos unidos en oración y en solidaridad cristianas-- se hace un esfuerzo común para tener una paz navideña?
“Ven, Señor Jesús, ven y arranca de los corazones todo sentimiento de odio, de venganza, de opresión, de codicia.
“¡Ven, Señor Jesús, a traernos paz, alegría, fe en el porvenir!”.
José R. Ramírez Mercado