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El fin del mundo
El fin del mundo
Desde el punto de vista cristiano, el fin del mundo se asocia con el día del juicio final a través de la parusía, esto es, la vuelta del Señor o la segunda venida de N.S. Jesucristo. San Pablo la describe, primero, con imágenes simbólicas impresionantes: “Porque se oiría una vos de mando, la voz de un arcángel, el sonido de la trompeta de Dios, y el Señor mismo bajará del cielo” (1 Tes 4, 16). Y en la segunda carta a los Tesalonicenses nos presenta otra perspectiva, la de no dejarse engañar, al pedirnos que en cuanto al regreso de N.S. Jesucristo, no nos dejemos asustar por ningún mensaje que diga que el día del juicio ya está aquí. La continuación del texto anuncia que antes de la llegada del Señor estará la apostasía y se revelará aquél identificado como el “hombre malvado” el “hombre de la iniquidad”, a quien se le ha llamado el Anticristo (Cfr. 2 Tes 2, 1-4).
Pero la intención de esta Carta de San Pablo es sobre todo práctica, lo cual se entiende de lo siguiente: “cuando estuvimos con ustedes les dimos esta regla: El que no quiera trabajar, que tampoco coma. Pero hemos sabido que algunos de ustedes viven desordenadamente, sin trabajar, pero metiéndose en todo. A esos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen tranquilamente para comer su propio pan” (3, 10-12). En otras palabras, la espera de la parusía de Jesús no dispensa del trabajo en este mundo, sino al contrario, crea responsabilidades ante el juez divino sobre nuestro actuar. Esto está clarísimo en la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30), por la que sabemos que el Señor nos dice que ha confiado talentos a todos y aquel día el Juez nos pedirá cuentas de ellos, por lo que para el creyente la espera de la parusía implica responsabilidad hacia este mundo. Por eso vivimos con una gran responsabilidad. Tenemos los talentos por lo que tenemos que trabajar para que este mundo sea renovado.
Otro aspecto nos lo señala S.S. Benedicto XVI con las palabras: “¿cuáles son las actitudes fundamentales del cristiano hacia las realidades últimas: la muerte, el fin del mundo? La primera es la certeza de que Jesús ha resucitado, está con el Padre, y por eso está con nosotros, para siempre. Por eso estamos seguros, liberados del miedo. Este era un efecto esencial de la predicación cristiana. El miedo a los espíritus, a los dioses, estaba difundido en todo el mundo antiguo. Y también hoy los misioneros, junto con tantos elementos buenos de las religiones naturales, encuentran el miedo a los espíritus, a los poderes nefastos que nos amenazan. Cristo vive, ha vencido a la muerte y ha vencido a todos estos poderes. Con esta certeza , con esta libertad, con esta alegría vivimos. Este es el primer aspecto de nuestro vivir hacia el futuro”.
El Apocalipsis, último libro de la Biblia, se cierra con la oración: “¡Ven Señor Jesús!” y al pronunciarla, no estamos pidiendo que llegue el fin del mundo, sino solamente queremos que termine este mundo injusto. Como los primeros cristianos, también nosotros queremos que el mundo sea profundamente cambiado, y que comience la civilización el amor, que llegue un mundo de justicia y de paz, sin violencia, sin hambre. Queremos todo esto; pero, ¿cómo podría suceder sin la presencia de Cristo? Sin su presencia nunca llegará realmente un mundo justo y renovado, por lo que podemos y debemos decir también nosotros, con gran urgencia y en las circunstancias de nuestro tiempo: ¡Ven, Señor Jesús! Ven a tu mundo, en la forma que Tú sabes. Ven a donde hay injusticia y violencia para llenarnos de amor y perdón. Ven a los campos de refugiados, y a los lugares del mundo donde la hambruna sojuzga a tus hermanos. Ven a donde domina la droga y libéramos de su esclavitud y de la muerte que trae consigo. Ven y muéstrate a los egoístas que te han olvidado y que viven sólo para sí mismos, olvidando su deber para con los más necesitados. Y sobre todo, ven también a nuestros corazones y renueva nuestra vida para que nosotros mismos podamos ser sal y luz para que quienes vean nuestras obras glorifiquen al Padre que está en el cielo (Cfr. Mt 5, 13-16). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx