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El extraño caso del abuelo “Jajujaju”
Por: Jorge Zul de la Cueva
Pablo es a veces como un niño, habla de caricaturas, cuenta emocionado sus historias e incluso canta sus canciones. Quiero pensar (y lo hago y al hacerlo creo que acierto) que su vigésimo tercera infancia se debe a la presencia de sus hijos Cassiel y Camila.
La segunda es la mayor y naturalmente actúa como tal.
Con el enciclopédico conocimiento de una niña de siete años, le explica al pequeño Cassiel los tejes y manejes del complicado mundo. Pablo, para comodidad de los infantes, maneja un gigantesco minibus rojo que naturalmente a los ojos de Camila y Cassiel es, por turnos, el submarino del Capitán Nemo, una casa embrujada, un laboratorio magnético y una nave espacial en la que se suceden toda clase de aventuras.
Cassiel, un día cualquiera en el bergantín rojo que navegaba por aguas tranquilas al mando del capitán Pablito, pidió el timón. Camila, entendida en las leyes y reglamentos del código de tránsito del Estado, exclamó severa: No, tú no puedes manejar.
-¿Podqué no?, rezongó Cassiel.
- OOOOObvio, dijo Camila elevando las pupilas al cielo, porque no tienes licencia.
- Sí tengo, afirmó Cassiel.
-¿Y de dónde sacaste una licencia?, metió su cuchara el asombrado conductor.
- OOOObvio - respondió el infante mirando, no ausente de cierta malicia, a su hermana- me la dio mi abuelo Jajujaju.
Y a partir de ahí surgieron un mar de historias, un mundo de cuentos y un respaldo infalible contra el código de reglas “mundomundiales” de Camila, de Pablo y de Liz (madre de ambos tres).
En un espacio de nueve meses (pelos mas, horas menos), Jajujaju, en una actividad vertiginosa y sorprendente para un viejo de su edad, fue de visita a la casa, abrió una tienda, le vendió a Cassiel un par de zapatos voladores, compró terrenos, construyó casas invitó a Cassiel de visita y lo rescató de un millón de apuros.
Qué porqué esto Cassiel, preguntaba alguien.
Oooobio, giraba los ojos Cassiel, podque mi abuelo Jajujaju me dijo o me prestó o me vendió o me lo trajo.
La familia que volaba en el mágico minibús rojo, no podía sino sorprenderse de la imaginación del niño de tres años y gozar con las historias de Jajujaju. Incluso Pablo, ya bien entrado en su trigésimo tercera infancia, comenzó también a inventar historias de Jajujaju y afirmaba, durante la comida, haberlo visto rociando polvos de canela mágica y especialmente dulce en los hotcakes o habichuelas mágicas en el pozole.
Una mañana terrible amaneció lleno de nubarrones cargados de silencio. Había, en la mesa del desayuno una densidad informe, una atmósfera de claustro y una textura de algodón de azúcar inundaba el aire haciéndolo pegajoso y difícil de respirar. Pablo y Liz se quitaban las lagañas y se servían un café que resultaba a la vez aguado y amargo. Camila miraba el pan dulce y notaba como conchas y chilindrinas parecían desinflarse sobre la mesa.
Cuando bajó Cassiel las escaleras y se sentó a sorber su leche como si nada Camila arriesgó una pregunta.
Cassiel, dijo, ¿no será esta neblina oscura una magia negra del abuelo Jajujaju?
Buuurp, dijo Cassiel habiendo empinado la leche, no puede ser. El abuelo Jajujaju era broma.
Nooo, dijo Pablo incrédulo, y los zapatos voladores y la licencia y la casa y…
Con cierto desespero, con algo de tono paternal lo miró Cassiel y dijo, tomando una chilindrina apachurrada, “que era broma, saaabe”.
Dudas quejas y sugerencias
Personaje33@hotmail.com
La segunda es la mayor y naturalmente actúa como tal.
Con el enciclopédico conocimiento de una niña de siete años, le explica al pequeño Cassiel los tejes y manejes del complicado mundo. Pablo, para comodidad de los infantes, maneja un gigantesco minibus rojo que naturalmente a los ojos de Camila y Cassiel es, por turnos, el submarino del Capitán Nemo, una casa embrujada, un laboratorio magnético y una nave espacial en la que se suceden toda clase de aventuras.
Cassiel, un día cualquiera en el bergantín rojo que navegaba por aguas tranquilas al mando del capitán Pablito, pidió el timón. Camila, entendida en las leyes y reglamentos del código de tránsito del Estado, exclamó severa: No, tú no puedes manejar.
-¿Podqué no?, rezongó Cassiel.
- OOOOObvio, dijo Camila elevando las pupilas al cielo, porque no tienes licencia.
- Sí tengo, afirmó Cassiel.
-¿Y de dónde sacaste una licencia?, metió su cuchara el asombrado conductor.
- OOOObvio - respondió el infante mirando, no ausente de cierta malicia, a su hermana- me la dio mi abuelo Jajujaju.
Y a partir de ahí surgieron un mar de historias, un mundo de cuentos y un respaldo infalible contra el código de reglas “mundomundiales” de Camila, de Pablo y de Liz (madre de ambos tres).
En un espacio de nueve meses (pelos mas, horas menos), Jajujaju, en una actividad vertiginosa y sorprendente para un viejo de su edad, fue de visita a la casa, abrió una tienda, le vendió a Cassiel un par de zapatos voladores, compró terrenos, construyó casas invitó a Cassiel de visita y lo rescató de un millón de apuros.
Qué porqué esto Cassiel, preguntaba alguien.
Oooobio, giraba los ojos Cassiel, podque mi abuelo Jajujaju me dijo o me prestó o me vendió o me lo trajo.
La familia que volaba en el mágico minibús rojo, no podía sino sorprenderse de la imaginación del niño de tres años y gozar con las historias de Jajujaju. Incluso Pablo, ya bien entrado en su trigésimo tercera infancia, comenzó también a inventar historias de Jajujaju y afirmaba, durante la comida, haberlo visto rociando polvos de canela mágica y especialmente dulce en los hotcakes o habichuelas mágicas en el pozole.
Una mañana terrible amaneció lleno de nubarrones cargados de silencio. Había, en la mesa del desayuno una densidad informe, una atmósfera de claustro y una textura de algodón de azúcar inundaba el aire haciéndolo pegajoso y difícil de respirar. Pablo y Liz se quitaban las lagañas y se servían un café que resultaba a la vez aguado y amargo. Camila miraba el pan dulce y notaba como conchas y chilindrinas parecían desinflarse sobre la mesa.
Cuando bajó Cassiel las escaleras y se sentó a sorber su leche como si nada Camila arriesgó una pregunta.
Cassiel, dijo, ¿no será esta neblina oscura una magia negra del abuelo Jajujaju?
Buuurp, dijo Cassiel habiendo empinado la leche, no puede ser. El abuelo Jajujaju era broma.
Nooo, dijo Pablo incrédulo, y los zapatos voladores y la licencia y la casa y…
Con cierto desespero, con algo de tono paternal lo miró Cassiel y dijo, tomando una chilindrina apachurrada, “que era broma, saaabe”.
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