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El día del perdón

Quizá algunos nos tachen de “románticos” o “utópicos”, pero ésta es una verdad del tamaño del universo

Toda donación de un bien, ya sea espiritual o material, para que exista pureza de intención en ella y adquiera su valor trascendental, es decir, su valor sobrenatural, debe estar respaldada en una actitud permanente de perdón. Perdón a la humanidad, a la sociedad, a nuestra Iglesia, a nuestros compañeros, socios, jefes, cónyuge, hijos (as), a nosotros mismos, etc.

Quizá algunos nos tachen de “románticos” o “utópicos”, pero ésta es una verdad del tamaño del universo, que se ha minimizado especialmente por la influencia del materialismo, el que afirma que lo que importa es tener, lo demás sobra.

Si recordamos la escena evangélica en la que Jesús exalta a la viuda que da todo lo que tenía: dos monedas, afirmando que eso tenía más valor que las ofrendas que los ricos habían depositado, y lo tenía porque no dio de lo que sobraba (Cfr Lc 21, 1-4), podemos inferir que en el corazón de esa mujer no existía ni resentimiento ni rencor, sino que vivía una libertad interior, fruto, sin duda, del perdón.

Es fácil deducir entonces el porqué para muchas personas que dicen ser cristianas, les es difícil desprenderse de sus bienes, aun para una causa noble, sublime; aun para “cumplir” con el mandamiento divino de la caridad, o al menos con el mandamiento eclesiástico del diezmo o cooperación diocesana.

Cuando se trata de tomar una decisión para dar un donativo o cumplir con un compromiso en que se requiera desprenderse de un bien, ya sea  en efectivo o en especie, entran en juego muchas cosas: sentimientos de culpa, de inferioridad, temores, traumas, pero de manera especial resentimientos, rencor y hasta odio. Y frecuentemente son tan fuertes y aguerridos, que se convierten en rectores del discernimiento y hasta en dominadores de la voluntad, cayendo en una esclavitud que, además de tener atada a la persona no sólo para este tipo de asuntos, sino en todo su ser y su quehacer, se forma una espiral ascendente y creciente de estos sentimientos, esclavizándose más y más a la misma.

El perdón, pues, es esencial para vivir una vida auténticamente cristiana, y ha de estar presente en todos los ámbitos de ella; quien se precie de ser o de intentar ser discípulo de Jesús, ha de tener como valor imprescindible la capacidad de perdonar. Capacidad que surge, primeramente, de experimentar “en carne propia” el perdón de Dios, y después recibir de Él, el don, para entonces ponerlo en práctica y desarrollarlo hasta un grado tal como nos lo recuerda el Evangelio de hoy: capacidad de perdonar “setenta veces siete”, es decir: siempre, infaliblemente siempre.

Tiene tal trascendencia el perdón en la economía de la salvación, que Santo Tomás de Aquino, el gran teólogo y doctor de la Iglesia, llegó a afirmar: “La omnipotencia de Dios se manifiesta, sobre todo, en el hecho de perdonar y usar de misericordia, porque la manera de demostrar que Dios tiene poder supremo es perdonar libremente” (Summa Teológica). Por ello, a nosotros nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a otorgar el perdón, especialmente a nuestros enemigos, a los que hacen tanto mal y causan tanta zozobra a la sociedad.

Y de la misma manera que Dios está dispuesto a perdonar “todo de todos”, nuestra capacidad de perdón no debe tener límites; ni en el número de veces, ni por la magnitud de la posible ofensa, como --insistimos-- lo señala la Palabra en la Eucaristía de hoy.

Bien pdría ser este día 11 de septiembre “El día del perdón”, especialmente de nuestros hermanos que han sufrido tanto por el atentado en Nueva York, y que tal vez aún vivan atados y esclavizados por el rencor, el resentimiento y hasta el odio.

El mismo pasaje que hoy la Iglesia pone a nuestra consideración, nos hace conscientes de que el perdón nuestro ha de ser profundo, de corazón, como Dios nos perdona a nosotros.
 Así lo afirmamos cada vez que pronunciamos la oración que Jesús nos enseñó, el “Padre nuestro”: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Perdón que, si bien nos lleva al olvido de las ofensas recibidas, del daño que nos causaron, etc., sí nos capacita para recordar todo con paz, sin más deseos de desquite, venganza o cualquier otro deseo insano o malvado.

Hoy el Señor nos llama, y en forma por demás firme y definitiva, al perdón como condición para ser sus discílpulos y aspirar a entrar a su Reino definitivo. Si en nuestro corazón albergamos recelo, inquietudes, sobresaltos, angustias, cambios bruscos en el humor, depresión, irritabilidad, etc., es muy probable que la causa profunda de todo ello sea la falta de un auténtico perdón. Y así como el Señor nos llama a ese perdón, Él nos capacitará para poder darlo, y a plenitud; ¿cómo? El primer paso es pedírselo, y en forma especial durante la Eucaristía, fuente y culmen de nuestra vida cristiana.”Hagan la prueba y verán cuán bueno es el Señor” (Sal 34, 9)

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx

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