Suplementos
El camino de la verdadera paz
Sería conveniente analizar un poco, algunos aspectos de este tipo de iniciativas
Seguramente todos fuimos testigos --ya sea a través de los medios de comunicación, de comentarios de amigos, o tal vez porque algunos estuvieron presentes y fueron parte de ellas-- de las “marchas por la paz” que se llevaron a cabo semanas atrás, en varias ciudades de nuestro país, convocadas y encabezadas por personas que han sido víctimas de algún acto de violencia infligido tanto por la delincuencia organizada como por el que no lo está, y a cuya cabeza estuvo, entre otros coordinadores, un conocido poeta.
Sin el ánimo de demeritar estas acciones, ni dejar de reconocer que las mismas tienen su valor, aunque muchas veces no obtienen los resultados que sus actores esperarían, sería conveniente analizar un poco --y nosotros como discípulos de Cristo-- a la luz de su Palabra y del Magisterio de la Iglesia, algunos aspectos que se involucraron con este tipo de iniciativas y con la realidad que denunciaron, así como con algunas circunstancias y situaciones que se suscitaron.
El beato Juan Pablo II, en su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz del año 2003, afirmó --inspirado en la encíclica “Pacem in Terris” de su antecesor Juan XXIII--, que “Cunde el miedo porque no hay orden ni paz. No hay paz porque no hay orden, pues la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. El terrorismo, las guerras, las convulsiones sociales, las calamidades naturales, amenazan la supervivencia y serenidad de las personas y la seguridad social y mundial”.
Dicha encíclica iniciaba con esta soleme declaración: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios”.
Más adelante explicitó los aspectos de ese orden de los cuales tan sólo compartimos algunos, y en referencia a las relaciones de convivencia entre los hombres, las cuales deben fundarse en el respeto de la dignidad, natural y sobrenatural de la persona humana, la cual goza de derechos y tiene deberes correlativos. Ello, sustentado en los cuatro pilares o fundamentos de la convivencia civil: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.
Al respecto Juan Pablo II afirmó: “La convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana, si se funda en la verdad [...]. Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes qje tiene para con los demás... Una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades ajenas y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano.
Por tanto, para exigir la paz, hemos de ser nosotros, hacedores de la paz, quienes trabajemos por ella, como lo afirma la bienaventuranza dicha por Jesús: “Felices los que trabajan por la paz”, quien además revela que aquellos que lo hagan con pureza de intención, serán llamados hijos de Dios.
Recordando que la paz es, ante todo, un don de Dios, Jesús lo afirmó enfáticamente: “Les dejo la paz; les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14, 27).
Es también un fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida: “El fruto del Espíritu es amor, alegría y paz...”, don que debemos pedir continuamente, y fruto que hemos de producir, a partir de la paz con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo, es decir con los que nos rodean y convivimos cotidianamente, siendo dóciles a la acción del Espíritu y siguiendo los lineamientos de la mencionada encíclica, y estaremos aportando grandemente para conseguir una auténtica y duradera paz.
¿De qué servirían todas las marchas del mundo, pidiendo la paz, el fin de la violencia y hasta un cambio de estructuras y estrategias, si quienes las prohijan y realizan llevan en su corazón rencor, odio, deseos de venganza y marcados intereses personales ausentes de toda pureza de intención, contrario ello a lo que nos enseña Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida, como nos lo recuerda el pasaje evangélico de hoy? Ciertamente, de muy poco...
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Sin el ánimo de demeritar estas acciones, ni dejar de reconocer que las mismas tienen su valor, aunque muchas veces no obtienen los resultados que sus actores esperarían, sería conveniente analizar un poco --y nosotros como discípulos de Cristo-- a la luz de su Palabra y del Magisterio de la Iglesia, algunos aspectos que se involucraron con este tipo de iniciativas y con la realidad que denunciaron, así como con algunas circunstancias y situaciones que se suscitaron.
El beato Juan Pablo II, en su mensaje de la Jornada Mundial de la Paz del año 2003, afirmó --inspirado en la encíclica “Pacem in Terris” de su antecesor Juan XXIII--, que “Cunde el miedo porque no hay orden ni paz. No hay paz porque no hay orden, pues la paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden. El terrorismo, las guerras, las convulsiones sociales, las calamidades naturales, amenazan la supervivencia y serenidad de las personas y la seguridad social y mundial”.
Dicha encíclica iniciaba con esta soleme declaración: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios”.
Más adelante explicitó los aspectos de ese orden de los cuales tan sólo compartimos algunos, y en referencia a las relaciones de convivencia entre los hombres, las cuales deben fundarse en el respeto de la dignidad, natural y sobrenatural de la persona humana, la cual goza de derechos y tiene deberes correlativos. Ello, sustentado en los cuatro pilares o fundamentos de la convivencia civil: la verdad, la justicia, el amor y la libertad.
Al respecto Juan Pablo II afirmó: “La convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana, si se funda en la verdad [...]. Esto ocurrirá, ciertamente, cuando cada cual reconozca, en la debida forma, los derechos que le son propios y los deberes qje tiene para con los demás... Una comunidad humana será cual la hemos descrito cuando los ciudadanos, bajo la guía de la justicia, respeten los derechos ajenos y cumplan sus propias obligaciones; cuando estén movidos por el amor de tal manera, que sientan como suyas las necesidades ajenas y hagan a los demás partícipes de sus bienes, y procuren que en todo el mundo haya un intercambio universal de los valores más excelentes del espíritu humano.
Por tanto, para exigir la paz, hemos de ser nosotros, hacedores de la paz, quienes trabajemos por ella, como lo afirma la bienaventuranza dicha por Jesús: “Felices los que trabajan por la paz”, quien además revela que aquellos que lo hagan con pureza de intención, serán llamados hijos de Dios.
Recordando que la paz es, ante todo, un don de Dios, Jesús lo afirmó enfáticamente: “Les dejo la paz; les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!” (Jn 14, 27).
Es también un fruto de la acción del Espíritu Santo en nuestra vida: “El fruto del Espíritu es amor, alegría y paz...”, don que debemos pedir continuamente, y fruto que hemos de producir, a partir de la paz con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo, es decir con los que nos rodean y convivimos cotidianamente, siendo dóciles a la acción del Espíritu y siguiendo los lineamientos de la mencionada encíclica, y estaremos aportando grandemente para conseguir una auténtica y duradera paz.
¿De qué servirían todas las marchas del mundo, pidiendo la paz, el fin de la violencia y hasta un cambio de estructuras y estrategias, si quienes las prohijan y realizan llevan en su corazón rencor, odio, deseos de venganza y marcados intereses personales ausentes de toda pureza de intención, contrario ello a lo que nos enseña Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida, como nos lo recuerda el pasaje evangélico de hoy? Ciertamente, de muy poco...
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx