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El aprendizaje de la espiritualidad
Siempre se pueden encontrar revelaciones o experiencias místicas como la visión de ángeles o de la Virgen María
En prácticamente todas las religiones siempre se pueden encontrar revelaciones o experiencias místicas como la visión de ángeles o de la Virgen María. Quienes las vivieron se refieren al suceso como una forma de conocimiento que no puede ser captado por imágenes o palabras, una certeza de unidad de todo lo existente, una pérdida del yo y del contacto con el mundo, sensaciones de paz y vitalidad, bienestar físico y mental, y una cercanía con lo sagrado nunca antes sentida. Tales experiencias han sido estudiadas a fondo por varios investigadores y, aunque todavía no existe un consenso sobre las causas, se ha llegado a un acuerdo sobre la realidad del potencial transformador y sanador de la experiencia mística. Quien la vive, no vuelve a ser el mismo, pues se transforma para siempre y en general para mejor. Dados estos beneficios, ¿sería posible fomentar, estimular o provocar este tipo de experiencias por medios naturales? Algunos estudios sobre el cerebro parecen indicar que sí.
Para comenzar, es bien sabido que el cerebro cambia su morfología de acuerdo a como adquirimos experiencias y recibimos estímulos. Esta capacidad de cambiar anatómicamente, se denomina plasticidad. Por ejemplo, el músico que se ha expuesto durante años a la música percibe una realidad diferente al resto de la gente. Por el hecho de practicarla su cerebro se ha modificado para escuchar de manera distinta y detectar cambios muy sutiles en las notas que pasan desapercibidos para los no músicos. Esto se ha probado muchas veces y no es genético. Así es como se adquieren los hábitos y los vicios; la repetición constante de una actividad transforma al cerebro de manera que tal actividad queda impresa indeleblemente. De aquí que muchos de los vicios y las adicciones sólo puedan vencerse con terapia dirigida por un experto.
En consecuencia, si la experiencia mística es algo que sucede en (o es percibida por) el cerebro, nada impediría ejercitarse para modificar la estructura cerebral para favorecer la espiritualidad. A este respecto, los ya famosos estudios de Andrew Newberg y Eugene Daquili, de la División de Medicina Nuclear de la Universidad de Pennsylvania, de los cuales hablamos hace un tiempo, tienen que ver con esto también. Ellos estudiaron a un grupo de monjes tibetanos y frailes franciscanos (con tomografías computarizadas mientras meditaban) y encontraron cambios notables en la actividad cerebral. Al igual que sucede con los músicos, quienes practican la meditación o la plegaria activan su cerebro de una manera diferente, lo modifican, y lo predisponen a ciertas percepciones y experiencias místicas, espirituales o religiosas. Se ha probado también que la actividad religiosa trae consigo grandes beneficios corporales: (a) Alivia el estrés del cerebro ante las presiones cotidianas, de acuerdo con la investigación que el antropólogo Lionel Tiger de la Rutgers University de Estados Unidos, y Michael McGuire, psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de California. (b) Los individuos religiosos son más amables y rectos de acuerdo con el científico de la Universidad belga de Louvain, Vassilis Saraglou, especializado en la investigación de la personalidad y de la psicología religiosa. © La fe en Dios reduce los síntomas de la depresión clínica, puesto que los depresivos creyentes son un 75 por ciento más propicios a responder a los medicamentos. (d) Científicos de la Universidad de Miami encontraron que las personas religiosas tienen más capacidad de autocontrol que las no religiosas y regulan de manera más eficiente sus actitudes y emociones, con la finalidad de conseguir objetivos para ellos valiosos, y (e) la religiosidad ayuda a evitar las depresiones en la vejez, según se explica en un comunicado emitido por la Universidad de Arizona.
En conclusión, la Cuaresma nos da la oportunidad de comenzar con un programa de ejercicios espirituales cuya práctica constante puede redundar en cambios cerebrales altamente benéficos para la salud física y mental. La meditación y la vida espiritual favorecen las tendencias a ser generosos, a amar al prójimo y a desear el bien a los demás sin esperar nada a cambio; y si además estimulan bienestar físico, emocional e intelectual, es indudable que esta práctica conducirá a una vida realmente libre y feliz. En términos puramente humanos, eso es en lo que consiste la conversión. Es por ello que la Cuaresma se entiende como tiempo de purificación y de regreso, como hijos pródigos, a la vida nueva del cristiano auténtico. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
Para comenzar, es bien sabido que el cerebro cambia su morfología de acuerdo a como adquirimos experiencias y recibimos estímulos. Esta capacidad de cambiar anatómicamente, se denomina plasticidad. Por ejemplo, el músico que se ha expuesto durante años a la música percibe una realidad diferente al resto de la gente. Por el hecho de practicarla su cerebro se ha modificado para escuchar de manera distinta y detectar cambios muy sutiles en las notas que pasan desapercibidos para los no músicos. Esto se ha probado muchas veces y no es genético. Así es como se adquieren los hábitos y los vicios; la repetición constante de una actividad transforma al cerebro de manera que tal actividad queda impresa indeleblemente. De aquí que muchos de los vicios y las adicciones sólo puedan vencerse con terapia dirigida por un experto.
En consecuencia, si la experiencia mística es algo que sucede en (o es percibida por) el cerebro, nada impediría ejercitarse para modificar la estructura cerebral para favorecer la espiritualidad. A este respecto, los ya famosos estudios de Andrew Newberg y Eugene Daquili, de la División de Medicina Nuclear de la Universidad de Pennsylvania, de los cuales hablamos hace un tiempo, tienen que ver con esto también. Ellos estudiaron a un grupo de monjes tibetanos y frailes franciscanos (con tomografías computarizadas mientras meditaban) y encontraron cambios notables en la actividad cerebral. Al igual que sucede con los músicos, quienes practican la meditación o la plegaria activan su cerebro de una manera diferente, lo modifican, y lo predisponen a ciertas percepciones y experiencias místicas, espirituales o religiosas. Se ha probado también que la actividad religiosa trae consigo grandes beneficios corporales: (a) Alivia el estrés del cerebro ante las presiones cotidianas, de acuerdo con la investigación que el antropólogo Lionel Tiger de la Rutgers University de Estados Unidos, y Michael McGuire, psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de California. (b) Los individuos religiosos son más amables y rectos de acuerdo con el científico de la Universidad belga de Louvain, Vassilis Saraglou, especializado en la investigación de la personalidad y de la psicología religiosa. © La fe en Dios reduce los síntomas de la depresión clínica, puesto que los depresivos creyentes son un 75 por ciento más propicios a responder a los medicamentos. (d) Científicos de la Universidad de Miami encontraron que las personas religiosas tienen más capacidad de autocontrol que las no religiosas y regulan de manera más eficiente sus actitudes y emociones, con la finalidad de conseguir objetivos para ellos valiosos, y (e) la religiosidad ayuda a evitar las depresiones en la vejez, según se explica en un comunicado emitido por la Universidad de Arizona.
En conclusión, la Cuaresma nos da la oportunidad de comenzar con un programa de ejercicios espirituales cuya práctica constante puede redundar en cambios cerebrales altamente benéficos para la salud física y mental. La meditación y la vida espiritual favorecen las tendencias a ser generosos, a amar al prójimo y a desear el bien a los demás sin esperar nada a cambio; y si además estimulan bienestar físico, emocional e intelectual, es indudable que esta práctica conducirá a una vida realmente libre y feliz. En términos puramente humanos, eso es en lo que consiste la conversión. Es por ello que la Cuaresma se entiende como tiempo de purificación y de regreso, como hijos pródigos, a la vida nueva del cristiano auténtico. Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx