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El Espíritu impulsó a Jesús a retirarse al desierto

Los hombres del siglo XXI viven muy satisfechos, y hasta orgullosos, por todos los nuevos y continuos descubrimientos

Antes de empezar su vida pública, el Señor Jesús se retiró al desierto. Serán tres años de continua campaña para llevar la Buena Nueva a todos los hombres y para fundar un Reino nuevo, una familia: la Iglesia. Tres años en los que dejó una huella trascendente, porque es mensaje de salvación, y luego quedarse por siempre presente y misericordioso en la Iglesia. Pero antes, el retiro al desierto, donde no vive la gente, para encontrar silencio y soledad.

La Iglesia, en seguimiento de Cristo, ha establecido desde muy antiguo este tiempo de conversión, de gracia, de preparación para el triunfo de Cristo. y tiempo para todos los que con sinceridad creen en Cristo, esperan en Él y quieren seguir sus pasos.

Importancia del silencio

Los hombres del siglo XXI viven muy satisfechos, y hasta orgullosos, por todos los nuevos y continuos descubrimientos: los inventos, las máquinas, los miles de aparatos para hacer menos duras las cotidianas ocupaciones. Ahora todo lo hacen las máquinas... pero las máquinas producen ruido, en ocasiones insoportable.

Es ahora la civilización de las máquinas y de los ruidos. Los jóvenes actuales han nacido con el signo del estruendo, y a tal grado que no pueden vivir sin ruido. Al entrar a casa lo primero, después de encender la luz, es encender el botón de la radio o de la televisión, y al encender el automóvil, escuchar la radio para no sentirse asfixiados con la carencia de sonidos; sólo con ruido sienten que hay vida.

No entienden ni estiman el silencio; mas el silencio es, debe ser, parte de la vida de quienes están dotados de inteligecia, de imaginación, de sentimiento y de libertad.

Dentro del ámbito del silencio han nacido la filosofía, las ciencias y las artes. Nadie podrá elevarse a las alturas del pensamiento, o ser capaz de crear belleza, si no se encierra en un tranquilo ambiente de silencio.

El silencio es ideal para encontrar el propio camino; el silencio es indispensable para encontrarse cada quien consigo mismo.

El silencio es el mejor camino para encontrar a Dios; el silencio es indispensable para entrar en diálogo con Dios.

El valor de la soledad

Nos referimos no a la soledad de aquel a quien los demás dejaron. Esa es desgracia. La soledad es un clima favorable para escuchar la voz de Dios; gracia es la soledad buscada. Un filósofo griego escribió: “Entre más estuve entre los hombres, volví menos hombre”, para enfatizar el desgaste del hombre perdido entre la multitud, cuando se mira confundido en la sociedad de una colmena. La soledad es gracia cuando es preciso huír del ruido y de los demás, para encontrarse ante el espejo que refleja el mundo interior.

Vivir quiero conmigo,

gozar quiero del bien que debo al cielo,

a solas, sin testigo,

libre de amor, de celo,

de odio, de esperanzas, de recelo.

Así escribió Fray Luis de León en su Oda a la Vida Retirada, donde expresa su deseo de disfrutar de la vida interior sin las ataduras del mundo, del demonio y de la carne.

Soledad significa ser uno mismo, ante la pluralidad de los seres y las variadas ofertas, aspiraciones y problemas.

Soledad es, además, para encontrarse todo con todos, ligados profundamente con los demás seres humanos y con el universo.

La soledad eleva. Así escribió Nietzche: “El que conoce la soledad última, conoce las cosas últimas”.

Jesús, el Mesías, se retiró al desierto

Allí permaneció cuarenta días lapso cargado de simbolismo en la historia de Israel. Cuarenta días duró Elías en el Monte Horeb. Cuarenta días permaneció Moisés en el Monte Sinaí.

En el desierto nada ofrece, nada posee, nada concede. Allí los pies no llevan a ninguna parte. Allí nada es tierno. Allí la voz es inútil.

Por todo eso el desierto despierta el anhelo de mirar más arriba, y elevando la mirada el hombre encuentra a Dios.

“Oh, Dios, Tú eres mi Dios. A ti te busco ansioso. Sedienta de ti está mi alma. Mi carne te desea en una tierra árida, sin agua” (Salmo 63).

Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en su persona es la plenitud de la ley y los profetas, y en preparación a la proclamación de la Buena Nueva, la Nueva Alianza, la Nueva Ley, ha querido el silencio y la soledad para orar ante su Padre, y para ser modelo y ejemplo y dar a entender que a toda acción, primero la oración.

Cuando los obispos de todo el mundo se reunieron en Roma para iniciar el Concilio Vaticano II, primero los casi tres mil se postraron de rodillas e hicieron unidos una oración ferviente, para alcanzar la luz de Dios en esa empresa de renovar la Iglesia, y ponerla fresca y atractiva como camino de salvación para los hombres del siglo.

Y además, penitencia

Cuando se habla de penitencia, los rostros se ensombrecen. La penitencia del cristiano no es mortificarse nada más porque sí, sino una ocasión de purificación.

Algo parecido a ir bajo la regadera y el jabón. La penitencia purifica, limpia, hermosea para ir al encuentro del Señor.

El hijo pródigo de la parábola primero cayó de rodillas a los pies de su padre, derramó sinceras lágrimas y a continuación hizo la súplica humilde. Después vino la alegría en la mesa, porque no solamente obtuvo el perdón, sino que para él mataron el ternero más gordo.

El hombre es alma y es cuerpo. Por eso la expresión penitencia ha de ser mortificar por igual a ese compuesto; así el espíritu, por dentro, ha de sentir  dolor interior, pena, vergüenza, y el cuerpo ha de manifestarse solidario a padecer dolor físico.

Así se explican las penitencias, las mortificaciones voluntarias, los azotes, los silicios, las horas de silencio de rodillas y otras muchas manifestaciones de los peregrinos; de los que, venciendo el amor propio, expresan externamente sus sentimientos.

Pero la más grata penitencia a los ojos de Dios es la contrición del corazón.

El Rey David reconoce sus culpas --adulterio y homicidio--, y sin duda cayó de bruces y confesó ser él, y sólo él, el culpable:

Ten misericordia de mí, oh Dios.

Por tu bondad, por tu inmensa compasión,

borra mi culpa, lava del todo mi delito

y limpia mi pecado.

Porque yo reconozco mi culpa

y tengo presente mi pecado.

Contra ti, contra ti solo pequé.

Cometí la maldad ante tus ojos.

En esta cuaresma, en las cinco semanas de desierto, de silencio y de soledad, Cristo espera, ama y perdona.

José R. Ramírez Mercado

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