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El Chefchaouen misterioso en el norte de África
Chefchaouen fue para nosotros el primer contacto con África
El revuelto cajón de las fotos -maravilloso tesoro como de cuento de hadas- que puede hacernos retroceder a pasados casi olvidados y llevarnos a lugares que aunque fueron vividos con intensidad en el momento, el ingrato polvo de la memoria los hace aparecer dispersos, lejanos y hasta un poco extraños entre el delicioso revoltijo de experiencias que hemos tenido la fortuna de vivir.
El cajón que tenemos en la casa, dichosamente es grande, muy grande; y lo enorme del cajón no se debe a su tamaño, no; el cajón es tan grande por las desechuradas y revueltas vivencias de los personajes que aparecen ya casi desteñidos en las fotos.
Aunque hace ya mucho tiempo que han estado soterrados unos contra otros entre los estratos geológicos de la historia familiar, mágicamente parecen renacer cuando los azares de la vida los despiertan, para salir vivitos y coleando de aquel desteñido y oscuro ostracismo anacrónico del cajón de la cómoda de la entrada.
Nuestro viaje al África apareció de súbito en mi mente cuando, de un rincón del cajón y debajo de un montón de fotos tan diversas como Sayulita o la Sierra de Vallejo aparecieron como si hubiera puesto una película, las tentadoras imágenes de las paredes de las casas encaladas en blanco y azul de un lugar tan lejano como el Chefchaouen (o Xauén) misterioso en el shahel africano al Norte de Marruecos.
Sus casas viejas, despreocupadamente tejidas entre los intríngulis de callejones y veredas que -como por arte de magia- te llevan hasta la medina, te precipitan como en una máquina del tiempo hasta los años atrás que se te antoje imaginar.
Chefchaouen fue para nosotros el primer contacto con África. Un shock cultural de padre y señor mío que francamente no nos esperábamos.
Si bien. en días anteriores habíamos estado en lugares que fueron parte del famoso Al Andalúz español, donde por tantos siglos prevaleció la cultura y dominio árabe; y haber sentido y vivido en carne propia su vital carácter que hasta la fecha prevalece en Algeciras y Tarifa en la punta sur de España, fuimos trasladados sin decir agua va -con todo y nuestro camión/casa- en un destartalado ferry que cruzaba el estrecho de Gibraltar hasta el puerto de Ceuta donde… a las primeras de cambio, una punta de mozalbetes nos trataron de asaltar rompiendo los vidrios de nuestra casa rodante, por fortuna excepto los cristales rotos, sin consecuencias mayores ¡Bienvenidos a África! sentimos que desde arriba nos decían.
Sin querer averiguación alguna, salimos destapados de la Ceuta -todavía posesión española- para adentrarnos en el cautivador desierto del Sahara, donde estábamos seguros que más sobresaltos nos esperaban escondidos entre la inmensidad de sus arenas.
La primera población que encontramos fue Chefshaouen, donde sin demora, un par de tipos envueltos en sus chilabas (vestimenta típica) se nos acercaron por cada ventana ofreciéndonos con voz soplona, misteriosa y queda… hachís. Hachís, hachís, hachís… jadeaban por todas las ventanas mientras se abrían sus chilabas para mostrarnos codiciosos sendas charolas con bien amasados trozos de la famosa pasta de color café.
Las callejuelas al atardecer –después de este primer encuentro y por desconocimiento nuestro- se veían tenebrosas. Los personajes envueltos en sus chilabas nos parecían monjes demenciales. Los azules y blancos de calles y viviendas hacían parecer fantasmagórico el lugar a donde habíamos llegado. Una pequeña plaza en la medina frente al cuartel de policía nos dio una cierta tranquilidad para estacionarnos y pernoctar. Así lo hicimos bajo un parpadeante farol opaco de insectos y mariposillas de las que siguen a la luz.
Tres fuertes toquidos en la puerta del camión a la media hora de estar ahí nos pusieron el corazón en la garganta. El capitán valiente (yo), salió tembloroso a responder… Era el amable jefe de la policía que nos decía que podíamos estar ahí con toda tranquilidad; y –repetía-que además éramos más que bienvenidos. ¡Fiiiuuu…!
El Chefshauen misterioso -después de aquel shock cultural al que pronto nos habituamos- nos recibía con los brazos abiertos. Estábamos en el otro mundo llamado África, donde las cosas sencillamente son diferentes a las que estamos acostumbrados.
Gozo grande fue en los días siguientes salir a caminar por todas esas callejuelas como de cuento de hadas entre la gente, que aunque envueltos en sus (para nosotros extrañas) chilabas, nos saludaban a diestra y siniestra después de tocarse el corazón con su mano diciendo un salám m`aleicom, al que por cortesía devolvíamos con otro m`aleicom salám, que aunque muchas acepciones tiene, quiere decir algo así como la paz de Alá sea contigo… a lo que sin demora contestábamos… que Alá también a ti te bendiga; cosa que nos gustó mucho, sobre todo el hecho de tocarse el corazón al decirlo.
Voces extrañas, sonidos desconocidos, olores diferentes, platillos de tajín (taghsín) rebosantes de verduras mezcladas con cous-cous servidos en exóticos platillos; ojos pintados con kohl; y rostros bereberes de bellas facciones, formaban un conjunto misterioso y arrebatador de una de las ciudades más extraordinarias que hemos conocido.
Y pensar que todos estos encantos salieron del revuelto cajón de fotos en la cómoda de la entrada que el otro día me atreví a urgunear me llena de alegría, y con emoción… lo comparto con ustedes.
deviajesyaventuras@informador.com.mx
El cajón que tenemos en la casa, dichosamente es grande, muy grande; y lo enorme del cajón no se debe a su tamaño, no; el cajón es tan grande por las desechuradas y revueltas vivencias de los personajes que aparecen ya casi desteñidos en las fotos.
Aunque hace ya mucho tiempo que han estado soterrados unos contra otros entre los estratos geológicos de la historia familiar, mágicamente parecen renacer cuando los azares de la vida los despiertan, para salir vivitos y coleando de aquel desteñido y oscuro ostracismo anacrónico del cajón de la cómoda de la entrada.
Nuestro viaje al África apareció de súbito en mi mente cuando, de un rincón del cajón y debajo de un montón de fotos tan diversas como Sayulita o la Sierra de Vallejo aparecieron como si hubiera puesto una película, las tentadoras imágenes de las paredes de las casas encaladas en blanco y azul de un lugar tan lejano como el Chefchaouen (o Xauén) misterioso en el shahel africano al Norte de Marruecos.
Sus casas viejas, despreocupadamente tejidas entre los intríngulis de callejones y veredas que -como por arte de magia- te llevan hasta la medina, te precipitan como en una máquina del tiempo hasta los años atrás que se te antoje imaginar.
Chefchaouen fue para nosotros el primer contacto con África. Un shock cultural de padre y señor mío que francamente no nos esperábamos.
Si bien. en días anteriores habíamos estado en lugares que fueron parte del famoso Al Andalúz español, donde por tantos siglos prevaleció la cultura y dominio árabe; y haber sentido y vivido en carne propia su vital carácter que hasta la fecha prevalece en Algeciras y Tarifa en la punta sur de España, fuimos trasladados sin decir agua va -con todo y nuestro camión/casa- en un destartalado ferry que cruzaba el estrecho de Gibraltar hasta el puerto de Ceuta donde… a las primeras de cambio, una punta de mozalbetes nos trataron de asaltar rompiendo los vidrios de nuestra casa rodante, por fortuna excepto los cristales rotos, sin consecuencias mayores ¡Bienvenidos a África! sentimos que desde arriba nos decían.
Sin querer averiguación alguna, salimos destapados de la Ceuta -todavía posesión española- para adentrarnos en el cautivador desierto del Sahara, donde estábamos seguros que más sobresaltos nos esperaban escondidos entre la inmensidad de sus arenas.
La primera población que encontramos fue Chefshaouen, donde sin demora, un par de tipos envueltos en sus chilabas (vestimenta típica) se nos acercaron por cada ventana ofreciéndonos con voz soplona, misteriosa y queda… hachís. Hachís, hachís, hachís… jadeaban por todas las ventanas mientras se abrían sus chilabas para mostrarnos codiciosos sendas charolas con bien amasados trozos de la famosa pasta de color café.
Las callejuelas al atardecer –después de este primer encuentro y por desconocimiento nuestro- se veían tenebrosas. Los personajes envueltos en sus chilabas nos parecían monjes demenciales. Los azules y blancos de calles y viviendas hacían parecer fantasmagórico el lugar a donde habíamos llegado. Una pequeña plaza en la medina frente al cuartel de policía nos dio una cierta tranquilidad para estacionarnos y pernoctar. Así lo hicimos bajo un parpadeante farol opaco de insectos y mariposillas de las que siguen a la luz.
Tres fuertes toquidos en la puerta del camión a la media hora de estar ahí nos pusieron el corazón en la garganta. El capitán valiente (yo), salió tembloroso a responder… Era el amable jefe de la policía que nos decía que podíamos estar ahí con toda tranquilidad; y –repetía-que además éramos más que bienvenidos. ¡Fiiiuuu…!
El Chefshauen misterioso -después de aquel shock cultural al que pronto nos habituamos- nos recibía con los brazos abiertos. Estábamos en el otro mundo llamado África, donde las cosas sencillamente son diferentes a las que estamos acostumbrados.
Gozo grande fue en los días siguientes salir a caminar por todas esas callejuelas como de cuento de hadas entre la gente, que aunque envueltos en sus (para nosotros extrañas) chilabas, nos saludaban a diestra y siniestra después de tocarse el corazón con su mano diciendo un salám m`aleicom, al que por cortesía devolvíamos con otro m`aleicom salám, que aunque muchas acepciones tiene, quiere decir algo así como la paz de Alá sea contigo… a lo que sin demora contestábamos… que Alá también a ti te bendiga; cosa que nos gustó mucho, sobre todo el hecho de tocarse el corazón al decirlo.
Voces extrañas, sonidos desconocidos, olores diferentes, platillos de tajín (taghsín) rebosantes de verduras mezcladas con cous-cous servidos en exóticos platillos; ojos pintados con kohl; y rostros bereberes de bellas facciones, formaban un conjunto misterioso y arrebatador de una de las ciudades más extraordinarias que hemos conocido.
Y pensar que todos estos encantos salieron del revuelto cajón de fotos en la cómoda de la entrada que el otro día me atreví a urgunear me llena de alegría, y con emoción… lo comparto con ustedes.
deviajesyaventuras@informador.com.mx