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El Cafè del Centre: un vistazo a la Barcelona señorial

Una alternativa turística en la capital catalana, para un disfrute sosegado

GUADALAJARA, JALISCO (10/NOV/2013).- En 1859 el ayuntamiento de Barcelona lanzó la convocatoria a un concurso de proyectos urbanísticos para ampliar la ciudad fuera del tradicional enclave antiguo y amurallado. En medio de una polémica aprobó llevar a cabo el Plan de los alrededores de la ciudad de Barcelona y el proyecto de su reforma y ensanche, presentado por Ildefonso Cerdá: un delicado trazo de manzanas entre la montaña de Montjuic y los linderos del pueblo de Sant Martí de Provençals en el río Besós. El Ensanche o Eixample, como se le denomina en catalán, es un ejemplo notable de planeación urbana que redefine a la ciudad de Barcelona y que constituye una inmejorable muestra del estilo modernista aplicado a la vivienda y los espacios públicos.

El Eixample de Barcelona es un ejemplo urbano de edificios monumentales, jardines interiores recoletos, esquinas recortadas para mayor visibilidad (los chaflanes), altura de edificios homogénea y ubicación de servicios al alcance de la mano de sus habitantes: mercados, farmacias, tiendas de ropa, bibliotecas, panaderías, oficinas, bares y cafés. Y es lo que ocurre en estos lugares lo que más nítidamente caracteriza a los buenos barrios como forma civilizada para vivir.

Enclavado en pleno Eixample, en el número 69 de la calle de Girona y casi esquina con la calle de Consell de Cent, está el Cafè del Centre. Fundado junto con el barrio en 1873, tiene la fama de ser el café más antiguo del Eixample y el segundo o tercero más añejo de la ciudad. Instalado en el mismo sitio desde hace 140 años cuando se fundó como casino, todavía es atendido por la misma familia, generación tras generación, y conserva el auténtico encanto de su estilo modernista: una preciosa barra de madera de caoba, mesas de mármol, cuatro columnas de fundición, un biombo que divide los ambientes, espejos y fotos, un techo enmarcado por guirnaldas, un precioso banco corrido adosado a lo largo del muro y que, sorprendentemente para ser de madera, es muy cómodo. Se conservan en el local elementos de su historia, como un reloj que sigue expectante en su sitio junto al altillo, los cristales de sus puertas, un piano que sigue sonando jueves y viernes por la noche, la mesa de mármol con la ranura en el centro para depositar las propinas del crupier, los óleos de mujeres misteriosas que pintara Martí Teixidor.

 En fin, la atmósfera propia de un establecimiento con solera y que resiste los embates de la moda turística que amenaza con hacer de Barcelona un nuevo parque temático repleto de guiris (turistas) ruidosos, nerviosos y alcoholizados que cruzan como exhalación por los lugares sin dar respiro a los habitantes. Nada más al pisar la placa conmemorativa que el ayuntamiento les ha concedido y que reposa a la entrada, uno ingresa a un lugar sincero porque es así desde hace muchas décadas, sin ínfulas cool, con mucha personalidad y estilo. Nada que ver con otros lugares antiguos de la ciudad, supuestamente renovados a golpe de chequera y marketing. El Cafè del Centre es un emplazamiento en donde las actividades habituales de los comensales, las tertulias, las reuniones de grupos, conviven perfectamente con la buena carta de vinos y cervezas, vermuts, tapas y platos que son preparados con delicadeza. Dicho sea de paso, las croquetas son una maravilla y pueden dar fe en el lugar de que las de cocido o de atún con pimiento se han convertido en mi cena habitual. Continúo. El café es un lugar con una personalidad muy fuerte en donde todo convive en sintonía: un establecimiento en estupendas condiciones y que se mantiene fiel a su diseño centenario, la mesa de la entrada repleta de libros para la lectura, las lámparas que cuelgan del techo directas a las mesas del fondo dando una atmósfera más íntima y acogedora, la bendita ausencia de televisor y gritos futboleros que tanto fastidian en otros lugares.

A ciertas horas, el silencio y la comodidad para estar a solas, son otras dos cosas remarcables desde mi punto de vista. No es nada fácil encontrar espacios que propicien esta delicada filigrana casi monacal. Por desventura son tiempos de ruido y música ambiental atacando continuamente a los comensales, asfixiando el sonido propio de las conversaciones, maleducando a la gente para que suponga que lo propio de los lugares públicos es el grito, el ruido, la carcajada sin freno, las conversaciones que se tropiezan mutuamente sin comunicar nada más que las ganas de hablar sin escuchar. Hasta por estas razones, el Cafè del Centre es un lugar emblemático que sigue conservando esa tenue atmósfera de entrañable confianza y en donde los espacios individuales no son colapsados por el fragor insolente de los demás. Sin lugar a dudas, visitar el Café del Centre, el de la familia Bel (Agustí, Inès, Olga y Jordi), es una recomendación digna para los amantes de la Barcelona señorial, discreta y elegante.

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