Suplementos
Dichoso el que sabe compartir
El hombre es ignorancia, es opresión, es subdesarrollo
Dos testigos y partícipes del milagro dan testimonio de aquel hecho portentoso, cuando el Señor Jesús dio de comer a una multitud.
Santiago en el capítulo catorce y Juan en el sexto, admirados narran lo que sus ojos vieron, y hasta tomaron parte, al ser repartidores de peces y panes entre los hambrientos.
Aconteció este milagro lejos de los pueblos y cuando ya la tarde iba a la mitad.
Los discípulos le dijeron al Maestro: “Este lugar es despoblado y se está haciendo tarde; dile a esa gente que se vaya a las aldeas a comprar qué comer”.
El Señor miró a los niños, a los ancianos, a las mujeres que lo seguían, y su mirada llegó más allá de los rostros; sintió y vivió lo que ellos sentían y estaban viviendo.
Para nutrir sus mentes, sus almas, habían acudido a buscarlo hasta encontrarlo, para escuchar su palabra. Mas también eran cuerpos, no solamente seres espirituales, y era necesario alimentar también al cuerpo.
Jesús les contestó: “No tienen necesidad de irse...
... denles ustedes de comer”
Y con cinco panes y dos pescados, milagrosamente Jesús dio de comer a todos, que eran unos cinco mil hombres, más mujeres niños.
Quede hasta aquí el relato evangélico, porque el mensaje no está sujeto al tiempo, y haciendo girar la rueda de los días, los años y los siglos, aquí, en este día, Cristo está diciendo lo mismo a los cristianos de ahora: “Denles ustedes de comer”.
¿Quiénes y a quiénes? A cada uno nos dice: “Comparte tu pan con el hambriento”. Los obispos, todos, reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965), hicieron un análisis profundo y el fruto de esos estudios fue la “Constitución Pastoral de la Iglesia en el mundo actual”, conocido con las dos primeras palabras en latín: “gaudium et spes”, que significan gozo y esperanza.
En la exposición preliminar se asienta: “Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria, y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica”.
El hombre es ignorancia, es opresión, es subdesarrollo
La situación actual, con mirada global --como ya se ve todo en este tiempo--, es angustiosa porque alcanza a conmover hasta los poderes humanos más estables; engendra violencia y dependencia de toda índole, con un saldo anual de muertes superior al de algunas guerras.
El cristiano ha de comprender que la fe no ha de ser un privilegio para vivirlo a solas, aislado. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y cada uno de los bautizados es parte de ese cuerpo, y ha de ponerse atento y en servicio a la atención de las necesidades de los demás. Porque si mal entiende el sentido del compromiso cristiano, hará de su cristianismo un falso estilo de rezandero, de reducir su cristianismo a algo extraño, alejado de todos cuantos están cerca o retirado.Y todos son prójimos. Y el cristianismo, que es amor, se ha de manifestar en dos direcciones: la vertical, que es el amor a Dios, y la horizontal, que es amor al prójimo. Amar a Dios a quien no se ve, sí; pero amar también a Dios en la persona del prójimo, ese a quien no solamente ven, sino hasta lo soportan.
No hay que hablarles del cielo cuando tengan el estómago vacío
Esta frase es tan antigua, como que hace siglos la dijo un genio, San Agustín.
El sentido común dice que primero urge resolver los problemas presentes, inmediatos, materiales, y luego --aunque no estén del todo resueltos-- tener un poco de paz interior para elevar el vuelo.
Las muchas claudicaciones y mediocridades ante las exigencias de la vida del cristiano, proceden de una mala jerarquización de las aspiraciones del hombre: ha de buscar respuesta a las cotidianas necesidades; comida, agua, vestido, casa, salud, estudio, necesidad, pero también buscar alimento para el alma.
Dios está cerca de cada uno de los hombres y hacia él dirige la mirada y extiende la mano el hambriento que es víctima de muchas hambres: soledad, humillación, enfermedades o ignorancia, o esas situaciones de opresión y racismo con las que se va más allá de la pobreza, hasta la miseria.
Entonces el que ha comido no ha de permanecer indiferente, si frente a él hay alguien que tiene una o varias hambres.
Desarrollo y promoción
Desde la última década del siglo XIX, el Papa León XIII lanzó el grito en defensa de los menos favorecidos. Su encíclica “Rerum Novarun” fue profunda y valiente defensa de los trabajadores, de los oprimidos.
Ochenta años después el Papa Paulo VI, con la misma bandera, insistió con la encíclica “Populorum Progressio” planteando esta dirección:
Mejor organización de la sociedad.
Mejor organización de los bienes que pertenecen a todos los hombres.
Mejor esfuerzo para alcanzar una nivelación en la distribución de los bienes debidos al esfuerzo de todos.
Una más correcta concepción cristiana del concepto mismo de la propiedad.
El hambre, la desnudez, la enfermedad, el peligro, son voces, son llamamientos al cristiano para penetrar más profundamente en el designio misericordioso de Dios; son un requerimiento permanente para imitar a Cristo y dar de comer a los hambrientos de este tiempo.
La doctrina social de la Iglesia no es solamente para dar una moneda a un pedigüeño, mientras espera la luz verde del semáforo. Es, ante todo, justicia; alguien tal vez injusto en su vida y sus negocios, pretende silenciar la conciencia regalando unas cuantas monedas.
No un gesto de mera compasión, sino de estricta justicia, es saber partir y compartir.
El milagro de la multiplicación de los panes y los peces ha de ser permanente en la Iglesia y todos, clérigos y laicos, deben ser --como lo fueron los apóstoles en aquella tarde-- los distribuidores, las manos de Cristo en bien de los muchos atormentados por múltiples hambres en este siglo.
José R. Ramírez Mercado
Santiago en el capítulo catorce y Juan en el sexto, admirados narran lo que sus ojos vieron, y hasta tomaron parte, al ser repartidores de peces y panes entre los hambrientos.
Aconteció este milagro lejos de los pueblos y cuando ya la tarde iba a la mitad.
Los discípulos le dijeron al Maestro: “Este lugar es despoblado y se está haciendo tarde; dile a esa gente que se vaya a las aldeas a comprar qué comer”.
El Señor miró a los niños, a los ancianos, a las mujeres que lo seguían, y su mirada llegó más allá de los rostros; sintió y vivió lo que ellos sentían y estaban viviendo.
Para nutrir sus mentes, sus almas, habían acudido a buscarlo hasta encontrarlo, para escuchar su palabra. Mas también eran cuerpos, no solamente seres espirituales, y era necesario alimentar también al cuerpo.
Jesús les contestó: “No tienen necesidad de irse...
... denles ustedes de comer”
Y con cinco panes y dos pescados, milagrosamente Jesús dio de comer a todos, que eran unos cinco mil hombres, más mujeres niños.
Quede hasta aquí el relato evangélico, porque el mensaje no está sujeto al tiempo, y haciendo girar la rueda de los días, los años y los siglos, aquí, en este día, Cristo está diciendo lo mismo a los cristianos de ahora: “Denles ustedes de comer”.
¿Quiénes y a quiénes? A cada uno nos dice: “Comparte tu pan con el hambriento”. Los obispos, todos, reunidos en el Concilio Vaticano II (1962-1965), hicieron un análisis profundo y el fruto de esos estudios fue la “Constitución Pastoral de la Iglesia en el mundo actual”, conocido con las dos primeras palabras en latín: “gaudium et spes”, que significan gozo y esperanza.
En la exposición preliminar se asienta: “Jamás el género humano tuvo a su disposición tantas riquezas, tantas posibilidades, tanto poder económico. Y, sin embargo, una gran parte de la humanidad sufre hambre y miseria, y son muchedumbre los que no saben leer ni escribir. Nunca ha tenido el hombre un sentido tan agudo de su libertad, y entretanto surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica”.
El hombre es ignorancia, es opresión, es subdesarrollo
La situación actual, con mirada global --como ya se ve todo en este tiempo--, es angustiosa porque alcanza a conmover hasta los poderes humanos más estables; engendra violencia y dependencia de toda índole, con un saldo anual de muertes superior al de algunas guerras.
El cristiano ha de comprender que la fe no ha de ser un privilegio para vivirlo a solas, aislado. La Iglesia es el cuerpo de Cristo y cada uno de los bautizados es parte de ese cuerpo, y ha de ponerse atento y en servicio a la atención de las necesidades de los demás. Porque si mal entiende el sentido del compromiso cristiano, hará de su cristianismo un falso estilo de rezandero, de reducir su cristianismo a algo extraño, alejado de todos cuantos están cerca o retirado.Y todos son prójimos. Y el cristianismo, que es amor, se ha de manifestar en dos direcciones: la vertical, que es el amor a Dios, y la horizontal, que es amor al prójimo. Amar a Dios a quien no se ve, sí; pero amar también a Dios en la persona del prójimo, ese a quien no solamente ven, sino hasta lo soportan.
No hay que hablarles del cielo cuando tengan el estómago vacío
Esta frase es tan antigua, como que hace siglos la dijo un genio, San Agustín.
El sentido común dice que primero urge resolver los problemas presentes, inmediatos, materiales, y luego --aunque no estén del todo resueltos-- tener un poco de paz interior para elevar el vuelo.
Las muchas claudicaciones y mediocridades ante las exigencias de la vida del cristiano, proceden de una mala jerarquización de las aspiraciones del hombre: ha de buscar respuesta a las cotidianas necesidades; comida, agua, vestido, casa, salud, estudio, necesidad, pero también buscar alimento para el alma.
Dios está cerca de cada uno de los hombres y hacia él dirige la mirada y extiende la mano el hambriento que es víctima de muchas hambres: soledad, humillación, enfermedades o ignorancia, o esas situaciones de opresión y racismo con las que se va más allá de la pobreza, hasta la miseria.
Entonces el que ha comido no ha de permanecer indiferente, si frente a él hay alguien que tiene una o varias hambres.
Desarrollo y promoción
Desde la última década del siglo XIX, el Papa León XIII lanzó el grito en defensa de los menos favorecidos. Su encíclica “Rerum Novarun” fue profunda y valiente defensa de los trabajadores, de los oprimidos.
Ochenta años después el Papa Paulo VI, con la misma bandera, insistió con la encíclica “Populorum Progressio” planteando esta dirección:
Mejor organización de la sociedad.
Mejor organización de los bienes que pertenecen a todos los hombres.
Mejor esfuerzo para alcanzar una nivelación en la distribución de los bienes debidos al esfuerzo de todos.
Una más correcta concepción cristiana del concepto mismo de la propiedad.
El hambre, la desnudez, la enfermedad, el peligro, son voces, son llamamientos al cristiano para penetrar más profundamente en el designio misericordioso de Dios; son un requerimiento permanente para imitar a Cristo y dar de comer a los hambrientos de este tiempo.
La doctrina social de la Iglesia no es solamente para dar una moneda a un pedigüeño, mientras espera la luz verde del semáforo. Es, ante todo, justicia; alguien tal vez injusto en su vida y sus negocios, pretende silenciar la conciencia regalando unas cuantas monedas.
No un gesto de mera compasión, sino de estricta justicia, es saber partir y compartir.
El milagro de la multiplicación de los panes y los peces ha de ser permanente en la Iglesia y todos, clérigos y laicos, deben ser --como lo fueron los apóstoles en aquella tarde-- los distribuidores, las manos de Cristo en bien de los muchos atormentados por múltiples hambres en este siglo.
José R. Ramírez Mercado