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Diario de un espectador

Son lugares de excepción. No se parecen a ningún otro ámbito

El temporal sigue llenando los aljibes del verano. Es esta la estación más propicia al vuelo, cavila el que pasa, mientras las ramas de la bugambilia insisten en decir adiós. Cada surco en el aire una despedida. Mejor tal vez la tenaz indiferencia de los pájaros que ignoran las barreras que las bardas significan, los linderos que, necios, se insiste en acentuar. Por eso el alegre asalto de las plantas hace tolerable la vista de tantas tapias y alambradas erigidas por el miedo. Pero hay otros muros, hechos para el silencio y el recogimiento, para la soledad y la penumbra, la sombra y la resolana: se reconocen luego por su talante sereno, decisivo.


Otra de aeropuertos. Los patios de los aeropuertos –las llamadas “plataformas”- son lugares de excepción. No se parecen a ningún otro ámbito. Su escala es portentosa, derivada de la tranquila majestad de los aviones a que dan abrigo. Y de su simple tamaño. Ya sea con una congregación de aeroplanos inmóviles sobre su superficie o desiertas, estas plataformas revisten casi siempre un aura de mito, de sitio legendario. La ilusión de un prometeo cotidiano y sin embargo heroico en su acarreo puntual pervade las sombras que allí se alargan. La bienvenida caminata que algunos aeródromos proponen a quien llega es casi siempre una experiencia deslumbrante. Rodear, bien simplemente, uno de esos grandes pájaros inmóviles es motivo de un pasmo que mucho tiene de antiguo. Todo en ellos es recogimiento, reposo, y a la vez impulso y vértigo. El descongraciado aeropuerto de Guadalajara tiene una sola vista impecable: la que da hacia el sur, al campo abierto, a los cerros del fondo, al cielo inmenso. La pista establece su segura horizontalidad, mientras presiente las trayectorias que pronto tocarán su superficie. Luego sigue una barrera de verdura, en donde destacan algunos gigantes. Después un cerrito de punta simétrica y picuda que el querido Jorge de la Peña Lomelín aseguraba que alguna vez fue una pirámide india. Y más allá el grandioso cerro Viejo. Tal imagen fue pintada, hace ya años, con cuidada composición, por Willy Aldrete. Todo esto puede verse, descanso para los ojos, desde las fatigosas salas de espera de la aviación. (Sucede ahora, y esperemos que por corto tiempo, que una compañía de cerveza se atrevió a poner un anuncio majadero y bajuno en el límite del aeropuerto. Esperemos alguien haga cumplir las normas y que poco dure.)


Camino de México, la noche cae con suave premeditación sobre el avión que se levanta. Al poco volar aparece en la ventana un vasto frente de tormenta. Del lado visible del horizonte se suceden las inmensas nubes, que parecieran reflejarse en un espejo de feria: son mucho más altas que anchas y son de una negrura casi granítica. El piloto escoge con cuidado su trayectoria, vira hacia el norte y esquiva como puede el temporal. La muralla imponente de las nubes comienza sus fuegos. Como a una señal, los rayos se disparan en todas direcciones y crean, a cada instante, una escenografía distinta para la tormenta que desamarra su furia. Las luces revelan entonces una vastedad absolutamente increíble, una hondura que encierra al mismo ojo del vértigo. El espectáculo dura apenas unos minutos pero su presencia es ya una de esas constantes que habrán de acompañar por siempre los pasos de quien lo vio.


Milagro del árbol. Fue preparado durante milenios sin fondo. Del final de la savia que ahora prospera en un patio ignoto se abrió paso para florecer por estos años. De todo el innumerable juego de las probabilidades los dados fueron tirados a esto: esta silueta, esta imagen. Ahora circula en los periódicos, que con un dejo de sorna reproducen la fotografía. Creen que el “supuesto milagro” se cifra en la cándida ignorancia de la gente que ahora hace procesión para reverenciar un simple accidente en la corteza de un joven árbol. La imagen de la Virgen es contundente, indeleble, irrefutable. Se abre allí para quien quiera mirarla. El milagro no está allí, no sólo allí. Está en estas páginas grasientas en donde ahora un hombre recuerda con sorpresa cosas que pensó a jamás olvidadas; está en la discreta iluminación que llega y que dice que el milagro está, siempre, esperando quien lo mire. Es así que en un patio de Honduras se apareció la Virgen, y nada puede el fácil desdén de los sabihondos contra la evidencia que contempla una humilde congregación de vecinos que alumbran sus veladoras, que ven como se transfiguran sus vidas mientras el árbol crece gozoso.


Vuelta de un madero. Una vez se desbarató la casa. Ido su dueño, nada quedaba por hacer. O más bien todo. Trasladar los libros, repartir los muebles, regalar la ropa, tirar tiliches y cosas inservibles. Vino la casa dividida. De la chimenea apagada un señor que ya no está levantó la cubierta, le buscó mejor destino. Un tablón de honrado pino, apenas barnizado. Años pasaron y lluvias. Vueltas de la vida, regresos del tiempo: la casa dividida volvió por difícil ventura a reunirse. Allí seguía la extinta chimenea, huérfana del tablón que le daba remate y gracia. Cavilaciones sin cuento sobre el destino del madero se siguieron. Verlo y no verlo era la sustancia de los días. Hasta que unas vísperas felices hicieron evidente su presencia tan aparente que, como en un cuento de Chesterton, cegaba. Y entonces vuelve el madero, intacto como los recuerdos que convoca, a su lugar. El cuarto ahora, todo él, respira un mejor aire. Y la chimenea espera el invierno para renovar sus fuegos.

por: juan Palomar

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