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Diario de un espectador
Esta columna se propone una mínima contribución para el homenaje del maestro de Acaponeta, de Alí Chumacero
Por: Juan Palomar
Navegaciones del jardín. El raro jazmín del fondo prepara su florecimiento. Es difícil darse cuenta, seguirle el paso, atrapar sus movimientos. Escoge lo más húmedo del aire para disparar su minuciosa artillería. Es a veces en la noche que el prodigio sucede: sólo un aroma distante revela su pálida explosión. Si se tiene suerte, se podrá acceder a su blancura, rendirse a su fugaz dominio. Y todo el jardín parece así inclinarse, acatar el prodigio.
Agradecimiento a Alí. Desde lejos, con algún encuentro casi fortuito en el devenir del tiempo, este espectador ha seguido la trayectoria de uno de los mayores, de los más elegantes poetas de nuestra lengua. Por estos días se celebran en la Joseluisa del Fondo sus 90 años. Desde esta columna se propone una mínima contribución para el homenaje del maestro de Acaponeta, de Alí Chumacero, espejo de editores, poeta non. Van algunos fragmentos de su obra con el único ánimo de colaborar a su mejor homenaje: leerlos.
Ahora que mis manos
apenas logran palpar dúctilmente,
como llegando al mar de lo ignorado,
este suave misterio que me nace,
túnica y aire, cálida agonía,
en la arista más honda de la piel,
junto a mí mismo, dentro,
ahí donde no crece ni la noche,
donde la voz no alcanza a pronunciar,
el nombre del misterio.
Cae la rosa, cae
atravesando el agua,
lenta por el cristal de sombra
en que su tallo ahoga;
desciende imperceptible,
clara, ingrávida, pura
y las olas la cubren, la desnudan,
la vuelven a su aroma,
hácenla navegante por la savia,
que de la tierra nace,
y asciende temblorosa,
desborda la ternura de su tacto
en verde prisionero,
y al fin revienta en flor
como el esclavo que de noche sueña,
en una luz que rompa,
los orígenes de su sueño,
como el desnudo ciervo, cuando la fuente brota,
que moja con su vaho la corriente,
destrozando su imagen.
Sólo un aroma erige la blancura
o aurora de tu voz acariciada,
así de alba es la antigua ola
que urdida en sal y caracol asciende
y después en afán queda anegada.
Así también mis labios en silencio
reciben el murmullo de tu piel,
al oír a las alas de tus poros,
convertirse en alientos y gemidos,
y en un suave sudor de flor tranquila.
Entonces ya no labios, sino oídos
ardientes para asirte y contemplarte,
como a estatua bañada por la música
de una tristeza o ángel deslizado
que mordiera tu imagen silenciosa.
Porque el tacto ilumina tu desnudo
que a su trémulo encuentro se ha mudado
en sal, paloma, vuelo, rosa y llama,
y oye cómo por tu piel florece
y madura la sombra de la muerte.
Los cuerpos se recuerdan en el tuyo:
su delicia, su amor o sufrimiento.
Si noche fuera amar, ya tu mirada
en incesante oscuridad me anega.
Pasan las sombras, voces que a mi oído
dijeron lo que ahora resucitas,
y en tus labios los nombres nuevamente
vuelven a ser memoria de otros nombres.
La manufactura más perfecta sobre la tierra. Se trata, nos informan, de dos esferas de silicio cuya fabricación ha estado a cargo de un equipo de técnicos de distintos países. El objetivo es redefinir la medida de peso más conocida en el planeta: el kilogramo.
Con este fin, ninguna precaución ha dejado de tomarse, ningún trabajo se ha escatimado para conseguir la más depurada hechura de la esfera que habrá de ser el arquetipo de todo lo que sobre la tierra tiene un peso. El silicio, con su composición cristalina, asegura la mayor estabilidad molecular. La esfera, cuerpo platónico ideal, preserva mejor sus propias dimensiones.
Irónicamente, el objeto perfecto es doble: y esta geminación abre otras puertas: alguna de las dos esferas se acerca más al objetivo,lo que lleva a pensar en una tercera. Y así sucesivamente. Especie de inerte Golem tecnológico, emparentado con la placa metálica de Kubrik en 2001 Odisea del Espacio, el tótem esférico habrá de sustituir como unidad de medida al actual escantillón reinante. Este último reside cerca de París y fue fabricado en 1889 con una aleación de platino e iridio.
Pero como bien lo dijo Marx: todo lo sólido se disuelve en el aire: el kilo francés pierde irremediablemente su materia. Es así que se busca un sustituto: el prodigioso kilogramo.
Navegaciones del jardín. El raro jazmín del fondo prepara su florecimiento. Es difícil darse cuenta, seguirle el paso, atrapar sus movimientos. Escoge lo más húmedo del aire para disparar su minuciosa artillería. Es a veces en la noche que el prodigio sucede: sólo un aroma distante revela su pálida explosión. Si se tiene suerte, se podrá acceder a su blancura, rendirse a su fugaz dominio. Y todo el jardín parece así inclinarse, acatar el prodigio.
Agradecimiento a Alí. Desde lejos, con algún encuentro casi fortuito en el devenir del tiempo, este espectador ha seguido la trayectoria de uno de los mayores, de los más elegantes poetas de nuestra lengua. Por estos días se celebran en la Joseluisa del Fondo sus 90 años. Desde esta columna se propone una mínima contribución para el homenaje del maestro de Acaponeta, de Alí Chumacero, espejo de editores, poeta non. Van algunos fragmentos de su obra con el único ánimo de colaborar a su mejor homenaje: leerlos.
Ahora que mis manos
apenas logran palpar dúctilmente,
como llegando al mar de lo ignorado,
este suave misterio que me nace,
túnica y aire, cálida agonía,
en la arista más honda de la piel,
junto a mí mismo, dentro,
ahí donde no crece ni la noche,
donde la voz no alcanza a pronunciar,
el nombre del misterio.
Cae la rosa, cae
atravesando el agua,
lenta por el cristal de sombra
en que su tallo ahoga;
desciende imperceptible,
clara, ingrávida, pura
y las olas la cubren, la desnudan,
la vuelven a su aroma,
hácenla navegante por la savia,
que de la tierra nace,
y asciende temblorosa,
desborda la ternura de su tacto
en verde prisionero,
y al fin revienta en flor
como el esclavo que de noche sueña,
en una luz que rompa,
los orígenes de su sueño,
como el desnudo ciervo, cuando la fuente brota,
que moja con su vaho la corriente,
destrozando su imagen.
Sólo un aroma erige la blancura
o aurora de tu voz acariciada,
así de alba es la antigua ola
que urdida en sal y caracol asciende
y después en afán queda anegada.
Así también mis labios en silencio
reciben el murmullo de tu piel,
al oír a las alas de tus poros,
convertirse en alientos y gemidos,
y en un suave sudor de flor tranquila.
Entonces ya no labios, sino oídos
ardientes para asirte y contemplarte,
como a estatua bañada por la música
de una tristeza o ángel deslizado
que mordiera tu imagen silenciosa.
Porque el tacto ilumina tu desnudo
que a su trémulo encuentro se ha mudado
en sal, paloma, vuelo, rosa y llama,
y oye cómo por tu piel florece
y madura la sombra de la muerte.
Los cuerpos se recuerdan en el tuyo:
su delicia, su amor o sufrimiento.
Si noche fuera amar, ya tu mirada
en incesante oscuridad me anega.
Pasan las sombras, voces que a mi oído
dijeron lo que ahora resucitas,
y en tus labios los nombres nuevamente
vuelven a ser memoria de otros nombres.
La manufactura más perfecta sobre la tierra. Se trata, nos informan, de dos esferas de silicio cuya fabricación ha estado a cargo de un equipo de técnicos de distintos países. El objetivo es redefinir la medida de peso más conocida en el planeta: el kilogramo.
Con este fin, ninguna precaución ha dejado de tomarse, ningún trabajo se ha escatimado para conseguir la más depurada hechura de la esfera que habrá de ser el arquetipo de todo lo que sobre la tierra tiene un peso. El silicio, con su composición cristalina, asegura la mayor estabilidad molecular. La esfera, cuerpo platónico ideal, preserva mejor sus propias dimensiones.
Irónicamente, el objeto perfecto es doble: y esta geminación abre otras puertas: alguna de las dos esferas se acerca más al objetivo,lo que lleva a pensar en una tercera. Y así sucesivamente. Especie de inerte Golem tecnológico, emparentado con la placa metálica de Kubrik en 2001 Odisea del Espacio, el tótem esférico habrá de sustituir como unidad de medida al actual escantillón reinante. Este último reside cerca de París y fue fabricado en 1889 con una aleación de platino e iridio.
Pero como bien lo dijo Marx: todo lo sólido se disuelve en el aire: el kilo francés pierde irremediablemente su materia. Es así que se busca un sustituto: el prodigioso kilogramo.