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Diario de un especatdor

De la fiesta del de Ítaca queda una conversación en la que se hacía el elogio de Jaime López, de su evidente parentesco con Tom Waits, de sus letras privilegiadas.

Por juan Palomar

Las nubes forman una bóveda baja que ilumina tenuemente la ciudad y devuelve, transfiguradas, sus propias luces. El tráfago callejero amaina y algunos relámpagos anuncian el paso lejano de una tormenta desbalagada. El jardín se instala en el verano recién estrenado. La lama de la celosía despertó de su anual letargo y ofrece el lujo de su piel renovada. Las granadas maduran, y su verde anuncia, de algún misterioso modo, la llamarada que guardan. El temporal va dejando a su paso estropicios varios, huellas de líquida y porfiada violencia. Y también va dejando un surco en la memoria, un despertar más claro, un aviso ilegible y diáfano.

Otro jardín, los mismos niños. O es al revés. Hay un único recinto, ciertamente con árboles y rincones umbríos, que es el escenario sobre el que por generaciones se renuevan los signos que celebran los años en ascenso. Cambian quizá los nombres, varían también las fechas, pero en el fondo el ritual es uno y se repite. Los niños de ese día guardarán la memoria de un jolgorio febril, una marea de pájaros, ciertos gestos cumplidos entre gritos y cantos. En un rincón sombreado, una vez pasado el primer embate de las infantiles huestes, un mago de levita y sombrero raído aparece colores de un cuaderno en blanco. Ulises mismo, aquí sentado, aplaude el prodigio. Su barco espera sobre un mar de a mentiras que se estira bajo el sol del altiplano. Los tripulantes confunden alegres puertos y sirenas, y una muchacha de pelo rojo sonríe levemente y apacienta la tarde que discurre mansa y jubilosa. El de los pies ligeros extiende su efímero reinado, empuña su breve espada, y encara, resuelto y valeroso, los vastos años que se extienden ante él.

Según alguna traducción de El cuervo, el célebre poema de Edgar Allan Poe, el pájaro funesto repetía incansable ¿para qué? (Y, más bien, es la memoria que juega sus espejos y cambia el “nunca más” por otros ecos, otros poemas.) En el original, era “nevermore” lo que repetía el ave. En estas soleadas tardes son más bien los zanates quienes buscan en la hierba su instantánea ración del día. Más suave tal vez el meridiano, más artera la luz, más cansino aquí el ritmo en estos pájaros de legendaria viveza. Pero puede decirse, al oír su reclamo, que entre un vuelo y otro, al girar la cabeza y reconocer por un instante el paraje antes visitado, hacen una pregunta definitiva: ¿cuántas veces? Limitado, se sabe, el número de los días. Las veces que un recuerdo ilumina la frente de quien camina en la lluvia. Las veces que otra cara hace volver atrás los años y confirma el presente. La visión de una capilla soleada cara al sur. El venturoso estrépito de una banda que habla de una piedra que rueda. El oleaje que sube por la rompiente mientras el viento arrecia. Cuántas veces el muro dorado de Aranzazú, los alcatraces amarillos contra el cielo azul, la torre de Saint Germain en la noche, el mirador de Santa Cruz al mediodía, el jardín de la laguna muy temprano, las risas de los viernes y la biblioteca paterna al caer la tarde. Dada está la medida, tasados los pasos. Mientras, el que pasa saca una provisional suma: total parcial, total general. ¿Cuántas veces?

Vecindad instantánea. En la entresombra de la noche primera las azoteas adquieren un prestigio inesperado. Las siluetas prosaicas del día adquieren otros trasuntos. Los pretiles se suceden y delimitan patios de honduras que desconocen. Nunca fueron así sus límites, jamás nadie los pobló del delirio que adivina unos pasos. Es así que, tras la calle, en las alturas penumbrosas, unos pocos elementos componen una escena intemporal e indeleble. El vano de una puerta que recorta la luz de un foco macilento tras de una cortina luída; cuatro macetas que insisten en reverdecer, otros cuartos que se adivinan en lo oscuro, una televisión que emite su enfermizo resplandor en una ventana descarapelada; la escalera que desemboca en el patio mínimo, inevitables tambos de gas, ropa tendida que una mujer recoge, una historia incompleta que espera su desenlace. Un patio de vecindad navega en la noche.

De la fiesta del de Ítaca queda una conversación en la que se hacía el elogio de Jaime López, de su evidente parentesco con Tom Waits, de sus letras privilegiadas. Del disco que hizo junto con José Manuel Aguilera es esta letra:

Para atravesarnos
Rara vez en la ciudad se ve el cielo,
el infierno nunca lo necesita,
pero el día en que caíste en mi vida
un relámpago partió el pavimento;
arrastraba aquel olor de oficina
y encerraba en la recámara al muerto,
mi ventana no era más que hoyo negro
y ese rayo atravesó las cortinas.
Rara vez en la ciudad se ve el cielo
y al andar con la mirada en el piso
fuiste tú la que rompió aquel hechizo
desde el nudo subterráneo del metro,
esa luz artificial, ese brillo,
ese cuerpo en que me hundí beso a beso,
un hotel al fondo del universo
fue el rincón en que encontré el paraíso.
Y llovió y hasta vi el arcoiris
en tu sombra que vino a elevarme,
alma y alma se vieron volar
más allá de la ciudad.
Para atravesarnos...
Rara vez en la ciudad se ve el cielo,
¿para qué si arriba sólo hay vecinos?
¿para qué si pueden ser enemigos?
¿para qué si está cayéndose el techo?
Pero siempre habrá un castillo perdido
en lo más contaminado del viento
y contigo yo bendigo el encierro
en un cuarto de color conocido.
Para atravesarnos...
Cuarto largo,
donde el amor se alarga
y es tan dulce que amarga;
sobre el cuerpo del deseo deseamos
ya jamás salir de aquí.
Para atravesarnos
más allá de la ciudad...

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