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Diairo de un espectador
Descripción de un brillo azul cobalto
A través de la copa del arrayán brilla la luna con la fría nitidez que el aire puso en el cielo ensombrecido. Dos estrellas o tres alinean sus destellos y la ciudad ronronea, ajena a la maravilla. Pasa el segundo día del mes, queda el fulgor de un pan muy blanco, corren los años.
La infinita precisión de los sueños. Hay una certeza absoluta y se diría congénita que acompaña la comparecencia de ciertos sueños, de ciertas imágenes en el sueño. Es como un hondo reconocimiento de evidencias que sólo bajo la luz del instante en que el ánima las contempla se saben profundamente verdaderas. Es una definitiva revelación de todo lo que fue percibido, entendido, procesado por ignotos caminos, sin darse cabal cuenta. Tantos años después la precisa atmósfera de un cuarto, de una casa, más que revivir, se hace presente bajo la exacta luz que el tiempo ahora devuelve. Intactos están los gestos y expresiones de gentes largamente perdidas; pero además, en alguna parte del equipaje que acompaña a la memoria se despliega el relato de ratos nunca vividos, de circunstancias insospechadas en las que esas mismas gentes mantienen inéditas presencias. Y por alguna misteriosa razón, se conoce que todo eso es verdadero. Con las primeras luces todo aquello, todo ese regreso y esa revelación, se va hundiendo en el agua de lo cotidiano, como una inscripción en una lápida a la que irremisiblemente cubre el caudal de un torrente que no cesa.
Había, por Vallarta, una casa dividida en distintas viviendas y despachos. Se entraba por un patio estrecho y serpenteante, al que acompañaban una o dos escaleras que distribuían los domicilios. Algún árbol había, y una enredadera. El lugar era conocido como Villa Güeva. En uno de sus cuartos un gringo enseñaba a un grupo de noveles estudiantes de arquitectura el difícil arte de proyectar en sueños. Parece que un ciprés enorme custodiaba la entrada. Hace mucho que la casa fue demolida. Queda la imagen de los cuadernos en los que, a horas de la noche, se recogía un dictado que también se esfumaba.
Descripción de un brillo azul cobalto. Así se llama el reciente libro de Jorge Esquinca, presentado el domingo pasado en la Feria del Libro. Es un poema largo, o una sucesión de poemas que se encabalgan, que giran y regresan sobre su transcurso para formar una unidad. Terceto tras terceto avanza el viaje, marchan los pasos que juntan los últimos instantes del padre del poeta, la caminata final de Nerval en la calle de la Vieja Linterna, el itinerario del coche –un Vauxhall azul cobalto- en el que los niños jugaban a ver primero el mar. Atraviesa la obra una tensión sosegada y alta. Hay una elegancia casi displicente que enhebra imágenes memorables, nítidas visiones de lo ido, adivinaciones, testimonios. El juego de presencias y símbolos hace de la lectura un tránsito que no deja de bifurcarse, de volver sobre sí mismo, de acertar a cada vez en el blanco de la página. Hay una diáfana complejidad que se resuelve, siempre, con impecable filo. Y el lector se detiene de golpe en una estrofa:
Dónde hallar a la dos veces perdida
el ajenjo es más verde en sus ojos dijo la voz sin sonido
La poesía de Jorge Esquinca alcanza en esta vez una limpieza y una precisión que están construidas a lo largo de arduos años y de una sucesión de trabajos que han aguzado pacientemente el oficio, que han transfigurado el andamiaje mismo de lo que dice. De esta generación quedarán, quizás, algunas cosas centrales. La descripción de un particular resplandor, la evocación de la muchacha egipcia, la rasgadura del cangrejo en el cuello del padre (“rezaba al salir el sol”), la noche de París con sus ojos verdes, el jinete herido en la montaña: elementos de la improbable permanencia, pan que desde los años mozos el poeta ha compartido con generosidad.
Libros. Centenares de miles de ellos: muros y alteros, tapiques, hileras interminables. La Feria abruma y divierte. Dónde encontrar entre todo esa ingente acumulación el libro preciso, las páginas que entre todas estaban destinadas a ser leídas, las palabras o las imágenes que hacen valer la pena al atarantamiento y la fatiga. La feria -Arreola fue indeleble- condensa e interrumpe la vida, la continúa, la cambia confirmándola. Un vislumbre del fragmento de una estatua etrusca atrapado al hojear un libro entre tantos: quizás eso era todo.
Más de la Feria: Martín Casillas disertando, divertido, con su proverbial entusiasmo en ristre, sobre el placer de la lectura, sobre la necesidad de contagiar a los niños de la frecuentación y la compañía de los libros. Martín, shakespereano de excepción, acomete otra de sus empresas: metódicamente inculca en su nieto adolescente el gusto por leer. Y, al contarlo, hace que los que lo oyen renueven con gusto su propia convicción de buscar la felicidad de las bibliotecas.
Rod Stewart, cuando tenía filo, cuando no hacía mucho que había salido de los Small Faces, canta Handbags and gladrags. (“Canto una canción de dos pesos a tu salud/ bebo una botella llena de aguardiente...”) Ataca las estrofas con la voz desgarrada de siempre: avanza el jinete en la montaña, vuelve la cara que tendría esa muchacha tantos años después, regresa el cuarto traspasado por una luz de oro y una música queda.
La infinita precisión de los sueños. Hay una certeza absoluta y se diría congénita que acompaña la comparecencia de ciertos sueños, de ciertas imágenes en el sueño. Es como un hondo reconocimiento de evidencias que sólo bajo la luz del instante en que el ánima las contempla se saben profundamente verdaderas. Es una definitiva revelación de todo lo que fue percibido, entendido, procesado por ignotos caminos, sin darse cabal cuenta. Tantos años después la precisa atmósfera de un cuarto, de una casa, más que revivir, se hace presente bajo la exacta luz que el tiempo ahora devuelve. Intactos están los gestos y expresiones de gentes largamente perdidas; pero además, en alguna parte del equipaje que acompaña a la memoria se despliega el relato de ratos nunca vividos, de circunstancias insospechadas en las que esas mismas gentes mantienen inéditas presencias. Y por alguna misteriosa razón, se conoce que todo eso es verdadero. Con las primeras luces todo aquello, todo ese regreso y esa revelación, se va hundiendo en el agua de lo cotidiano, como una inscripción en una lápida a la que irremisiblemente cubre el caudal de un torrente que no cesa.
Había, por Vallarta, una casa dividida en distintas viviendas y despachos. Se entraba por un patio estrecho y serpenteante, al que acompañaban una o dos escaleras que distribuían los domicilios. Algún árbol había, y una enredadera. El lugar era conocido como Villa Güeva. En uno de sus cuartos un gringo enseñaba a un grupo de noveles estudiantes de arquitectura el difícil arte de proyectar en sueños. Parece que un ciprés enorme custodiaba la entrada. Hace mucho que la casa fue demolida. Queda la imagen de los cuadernos en los que, a horas de la noche, se recogía un dictado que también se esfumaba.
Descripción de un brillo azul cobalto. Así se llama el reciente libro de Jorge Esquinca, presentado el domingo pasado en la Feria del Libro. Es un poema largo, o una sucesión de poemas que se encabalgan, que giran y regresan sobre su transcurso para formar una unidad. Terceto tras terceto avanza el viaje, marchan los pasos que juntan los últimos instantes del padre del poeta, la caminata final de Nerval en la calle de la Vieja Linterna, el itinerario del coche –un Vauxhall azul cobalto- en el que los niños jugaban a ver primero el mar. Atraviesa la obra una tensión sosegada y alta. Hay una elegancia casi displicente que enhebra imágenes memorables, nítidas visiones de lo ido, adivinaciones, testimonios. El juego de presencias y símbolos hace de la lectura un tránsito que no deja de bifurcarse, de volver sobre sí mismo, de acertar a cada vez en el blanco de la página. Hay una diáfana complejidad que se resuelve, siempre, con impecable filo. Y el lector se detiene de golpe en una estrofa:
Dónde hallar a la dos veces perdida
el ajenjo es más verde en sus ojos dijo la voz sin sonido
La poesía de Jorge Esquinca alcanza en esta vez una limpieza y una precisión que están construidas a lo largo de arduos años y de una sucesión de trabajos que han aguzado pacientemente el oficio, que han transfigurado el andamiaje mismo de lo que dice. De esta generación quedarán, quizás, algunas cosas centrales. La descripción de un particular resplandor, la evocación de la muchacha egipcia, la rasgadura del cangrejo en el cuello del padre (“rezaba al salir el sol”), la noche de París con sus ojos verdes, el jinete herido en la montaña: elementos de la improbable permanencia, pan que desde los años mozos el poeta ha compartido con generosidad.
Libros. Centenares de miles de ellos: muros y alteros, tapiques, hileras interminables. La Feria abruma y divierte. Dónde encontrar entre todo esa ingente acumulación el libro preciso, las páginas que entre todas estaban destinadas a ser leídas, las palabras o las imágenes que hacen valer la pena al atarantamiento y la fatiga. La feria -Arreola fue indeleble- condensa e interrumpe la vida, la continúa, la cambia confirmándola. Un vislumbre del fragmento de una estatua etrusca atrapado al hojear un libro entre tantos: quizás eso era todo.
Más de la Feria: Martín Casillas disertando, divertido, con su proverbial entusiasmo en ristre, sobre el placer de la lectura, sobre la necesidad de contagiar a los niños de la frecuentación y la compañía de los libros. Martín, shakespereano de excepción, acomete otra de sus empresas: metódicamente inculca en su nieto adolescente el gusto por leer. Y, al contarlo, hace que los que lo oyen renueven con gusto su propia convicción de buscar la felicidad de las bibliotecas.
Rod Stewart, cuando tenía filo, cuando no hacía mucho que había salido de los Small Faces, canta Handbags and gladrags. (“Canto una canción de dos pesos a tu salud/ bebo una botella llena de aguardiente...”) Ataca las estrofas con la voz desgarrada de siempre: avanza el jinete en la montaña, vuelve la cara que tendría esa muchacha tantos años después, regresa el cuarto traspasado por una luz de oro y una música queda.