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Deshumanización
¿Qué le está pasando a la sociedad de un país que se precia de ser civilizado, moderno, pacífico y, sobre todo, cristiano, el cual es cotidiana víctima de antivalores que van en contra de esos atributos?
Dos noticias originadas la semana que acaba de concluir, me causaron especial impacto y me hicieron reflexionar. En medio del cada vez mayor número de hechos de violencia, que día a día la prensa nos informa detalladamente y que de verdad estremecen, inquietan y nos invitan a redoblar nuestra oración por la paz y la concordia en nuestro país, nos enterábamos, por un lado, de la muerte violenta de dos niñas inocentes en la conocida Colonia del Fresno de esta ciudad, a causa de un tiroteo con el que pretendían “ajusticiar”, según dichos informes, a un narcomenudista; y por otro, los resultados de una encuesta de percepción que revelaba que cada día crece más la desconfianza de los ciudadanos en cuanto a la seguridad en sus localidades.
Mi reflexión me impulsaba a hacerme --como seguramente lo han hecho muchos de los amables lectores-- la clásica pregunta: ¿Qué nos está pasando? Si, ¿qué le está pasando a la sociedad de un país que se precia de ser civilizado, moderno, pacífico y, sobre todo, cristiano, el cual es cotidiana víctima de antivalores que van en contra de esos atributos?
Empecé a encontrar respuestas de todo tipo, basadas en diferentes visiones de diferentes aspectos de ser y quehacer del ser humano --psicológicas, culturales, sociales, etc.--, y caí en cuenta de que el origen en el fundamento de todas ellas está en una deshumanización grave, producto --se reconozca o no-- de una acelerada y preocupante descristianización.
Afirma el Concilio Vaticano II que, en sí, todo lo humano es cristiano: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir Cristo Nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.
El que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El hijo de Dios en su encarnación se ha unido, en cierto modo, a todo hombre (...) (Cfr. Gaudium et Spes 22).
Así pues, cuando se desconoce, se ignora, se rechaza o se relativiza a Cristo y a su Palabra, doctrina y enseñanza, como consecuencia se caerá en la deshumanización, la cual lleva a la barbarie, al salvajismo, a perder todo sentimiento noble, en aras a la obtención cada vez mayor de bienes, de poder, de fama y de placer.
Al manifestar, como lo afirma el texto asentado arriba, “plenamente el hombre al propio hombre” (ib), descubriéndole la sublimidad de su vocación, reafirmamos que el modelo por antonomasia de ser y de conducir del hombre es Cristo Jesús.
Así lo atestigua la Sagrada Escritura, tanto en sus hechos como en las mismas enseñanzas. De los mismos tomamos tan sólo uno como ejemplo.
San Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, da una definición sucinta y profunda de la actividad de Jesús en su vida pública, afirmando: “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó su vida haciendo el bien y liberando a todos los que habían caído en poder del demonio (...)” (10, 34, 38).
El texto evangélico de este domingo nos recuerda cómo Juan el Bautista definió a Jesús como el Cordero de Dios, lo cual nos lleva a otra pista que reafirma nuestras conclusiones. Veamos cómo el profeta Isaías describe a ese Cordero: “Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero”.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx
Mi reflexión me impulsaba a hacerme --como seguramente lo han hecho muchos de los amables lectores-- la clásica pregunta: ¿Qué nos está pasando? Si, ¿qué le está pasando a la sociedad de un país que se precia de ser civilizado, moderno, pacífico y, sobre todo, cristiano, el cual es cotidiana víctima de antivalores que van en contra de esos atributos?
Empecé a encontrar respuestas de todo tipo, basadas en diferentes visiones de diferentes aspectos de ser y quehacer del ser humano --psicológicas, culturales, sociales, etc.--, y caí en cuenta de que el origen en el fundamento de todas ellas está en una deshumanización grave, producto --se reconozca o no-- de una acelerada y preocupante descristianización.
Afirma el Concilio Vaticano II que, en sí, todo lo humano es cristiano: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir Cristo Nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona.
El que es imagen de Dios invisible (Col 1, 15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El hijo de Dios en su encarnación se ha unido, en cierto modo, a todo hombre (...) (Cfr. Gaudium et Spes 22).
Así pues, cuando se desconoce, se ignora, se rechaza o se relativiza a Cristo y a su Palabra, doctrina y enseñanza, como consecuencia se caerá en la deshumanización, la cual lleva a la barbarie, al salvajismo, a perder todo sentimiento noble, en aras a la obtención cada vez mayor de bienes, de poder, de fama y de placer.
Al manifestar, como lo afirma el texto asentado arriba, “plenamente el hombre al propio hombre” (ib), descubriéndole la sublimidad de su vocación, reafirmamos que el modelo por antonomasia de ser y de conducir del hombre es Cristo Jesús.
Así lo atestigua la Sagrada Escritura, tanto en sus hechos como en las mismas enseñanzas. De los mismos tomamos tan sólo uno como ejemplo.
San Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, da una definición sucinta y profunda de la actividad de Jesús en su vida pública, afirmando: “Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó su vida haciendo el bien y liberando a todos los que habían caído en poder del demonio (...)” (10, 34, 38).
El texto evangélico de este domingo nos recuerda cómo Juan el Bautista definió a Jesús como el Cordero de Dios, lo cual nos lleva a otra pista que reafirma nuestras conclusiones. Veamos cómo el profeta Isaías describe a ese Cordero: “Al ser maltratado, se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero”.
Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj@yahoo.com.mx