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Descubriendo el hilo negro
Muchos otros autores han ganado fama y dinero como exponentes del género de autoayuda
En el artículo anterior se mencionaron algunos ejemplos de la llamada literatura de autoayuda, lo cual no representa un estudio exhaustivo del tema. Muchos otros autores han ganado fama y dinero como exponentes de tal género literario como Paulo Coelho --cuyo lenguaje recuerda a Rabindranath Tagore-- y Daniel Goleman. Lo que he de aclarar es que de ninguna manera he condenado o satanizado esta literatura sino, simplemente, hago mención de que podemos afirmar que se cumple el dicho: “No hay nada nuevo bajo el sol”. Lo que hemos también de entender es que todo este tipo de literatura ha de encontrarse dentro de algún marco ideológico que le dé sentido. ¿Hay algo en el fondo de esta literatura que alimenta el espíritu de millones de lectores en el mundo?
Lo que más llama la atención del lector atento es, como vislumbramos en el artículo anterior, la apropiación de postulados de la fe cristiana para, en algunos casos, mezclarlos con otros elementos de origen seudocientífico o esotérico. El mensaje así transmitido es un patético remedo del Evangelio que invita al hombre a perfeccionarse a sí mismo desconociendo su abismal impotencia por alcanzarlo por sí solo. Toda persona que parte de esa falacia fundamental no necesita de un Cristo crucificado que ha derramado su sangre en expiación por sus pecados. La creencia en la perfección intrínseca del hombre desdeña la obra redentora de Cristo en la cruz, pues la juzga innecesaria e inútil y niega la realidad de las palabras “Yo soy la vid y ustedes son las ramas” que nos enseñan que sólo unidos a Cristo podemos dar fruto y lejos de Jesús nada podemos hacer (Cfr. Jn 15, 5-6).
Por otro lado, mientras que san Pablo proclama solemnemente que todos
somos pecadores (Cfr. Rom 3, 21-25), la literatura de autoayuda dice al hombre: “Tú puedes evolucionar infinitamente, en ti están los recursos para llegar a ser un dios. ”Este mensaje tiene un peligro pues podría llevar a entender que es razonable zafarse de las restricciones que el evangelio y su moral han establecido, para conformar una moral a la medida del hombre (la vieja máxima de Protágoras revivida: “El hombre es la medida de todas las cosas”) en que todo es permitido, y en que nadie pide cuentas de los actos. Luego, surge nuevamente la pregunta: ¿por qué tanto éxito de tales libros si sus propuestas no tienen novedad? Me parece que porque todo está puesto en un lenguaje llano, entendible para todos. Pero entonces, cuidémonos porque también está escrito: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos” (Mt 11, 25). El que tenga oídos para oír que oiga.
Finalmente, es también de llamar la atención que la idea general que subyace en la autoayuda se resume en la llamada Regla de Oro. Leí una vez a un teólogo (no he encontrado la referencia) a quien conminaron a explicar, en cinco minutos, el cristianismo, a lo que dijo que simplemente se reduce a la Regla de Oro: “Así pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes” (Mt 7, 12), y todo lo demás son detalles. Por ejemplo, no adulterar, no matar, no hurtar, no mentir, no codiciar. Como no quisiéramos que otros practiquen tales cosas contra nosotros no debemos practicarlas contra nadie. Y a esto podemos agregar muchas otras cosas como no calumniar, no juzgar (Mat 7, 1-5), no burlarse de defectos, no estacionarse en la entrada del vecino, no adelantarse en la fila, etc.
Concluyendo, no descubramos el hilo negro ni nos dejemos llevar por falsos profetas. Mi esposa afirma que si de la Biblia sólo tomamos a los Evangelios y los estudiamos con atención y sencillez de corazón, podremos encontrar todas las respuestas al cómo vivir, cómo actuar y cómo pensar para alcanzar una vida plena y satisfactoria. Es un simple asunto de conveniencia; la felicidad no consiste en estar libre de problemas, que siempre nos vaya bien y siempre estemos riendo. La felicidad es una consecuencia de amar como enseñan los Evangelios: amar es dar (Jn 3, 16) y es darse (Jn 15, 13). Y recordemos siempre que “a todo puedo hacerle frente, pues Cristo es quien me sostiene” (Fil 4, 13). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx
Lo que más llama la atención del lector atento es, como vislumbramos en el artículo anterior, la apropiación de postulados de la fe cristiana para, en algunos casos, mezclarlos con otros elementos de origen seudocientífico o esotérico. El mensaje así transmitido es un patético remedo del Evangelio que invita al hombre a perfeccionarse a sí mismo desconociendo su abismal impotencia por alcanzarlo por sí solo. Toda persona que parte de esa falacia fundamental no necesita de un Cristo crucificado que ha derramado su sangre en expiación por sus pecados. La creencia en la perfección intrínseca del hombre desdeña la obra redentora de Cristo en la cruz, pues la juzga innecesaria e inútil y niega la realidad de las palabras “Yo soy la vid y ustedes son las ramas” que nos enseñan que sólo unidos a Cristo podemos dar fruto y lejos de Jesús nada podemos hacer (Cfr. Jn 15, 5-6).
Por otro lado, mientras que san Pablo proclama solemnemente que todos
somos pecadores (Cfr. Rom 3, 21-25), la literatura de autoayuda dice al hombre: “Tú puedes evolucionar infinitamente, en ti están los recursos para llegar a ser un dios. ”Este mensaje tiene un peligro pues podría llevar a entender que es razonable zafarse de las restricciones que el evangelio y su moral han establecido, para conformar una moral a la medida del hombre (la vieja máxima de Protágoras revivida: “El hombre es la medida de todas las cosas”) en que todo es permitido, y en que nadie pide cuentas de los actos. Luego, surge nuevamente la pregunta: ¿por qué tanto éxito de tales libros si sus propuestas no tienen novedad? Me parece que porque todo está puesto en un lenguaje llano, entendible para todos. Pero entonces, cuidémonos porque también está escrito: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos” (Mt 11, 25). El que tenga oídos para oír que oiga.
Finalmente, es también de llamar la atención que la idea general que subyace en la autoayuda se resume en la llamada Regla de Oro. Leí una vez a un teólogo (no he encontrado la referencia) a quien conminaron a explicar, en cinco minutos, el cristianismo, a lo que dijo que simplemente se reduce a la Regla de Oro: “Así pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes” (Mt 7, 12), y todo lo demás son detalles. Por ejemplo, no adulterar, no matar, no hurtar, no mentir, no codiciar. Como no quisiéramos que otros practiquen tales cosas contra nosotros no debemos practicarlas contra nadie. Y a esto podemos agregar muchas otras cosas como no calumniar, no juzgar (Mat 7, 1-5), no burlarse de defectos, no estacionarse en la entrada del vecino, no adelantarse en la fila, etc.
Concluyendo, no descubramos el hilo negro ni nos dejemos llevar por falsos profetas. Mi esposa afirma que si de la Biblia sólo tomamos a los Evangelios y los estudiamos con atención y sencillez de corazón, podremos encontrar todas las respuestas al cómo vivir, cómo actuar y cómo pensar para alcanzar una vida plena y satisfactoria. Es un simple asunto de conveniencia; la felicidad no consiste en estar libre de problemas, que siempre nos vaya bien y siempre estemos riendo. La felicidad es una consecuencia de amar como enseñan los Evangelios: amar es dar (Jn 3, 16) y es darse (Jn 15, 13). Y recordemos siempre que “a todo puedo hacerle frente, pues Cristo es quien me sostiene” (Fil 4, 13). Que el Señor nos bendiga y nos guarde.
Antonio Lara Barragán Gómez OFS
Escuela de Ingeniería Industrial
Universidad Panamericana
Campus Guadalajara
alara@up.edu.mx