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De viajes y aventuras
Holbox, una pequeña isla en el Norte de Quintana Roo
El aterrizar en Cancún (que en idioma maya quiere decir Nido de Víboras), aquel tranquilo pueblito de pescadores con deliciosas playas de arena blanca y aguas de azul cambiante, que ahora ha sido convertido en un extraño paraíso de lujo y plástico, nos hizo salir -en zumba o más rápido si esto fuera posible- a buscar lo que de verdad sentíamos que era interesante de nuestro México Maya.
“Bien sé de que huyo, pero ignoro lo que busco” dijo Montaigne mientras meditaba en su castillo en el Perigord francés allá por los años del 1500. Así nos pasaba a nosotros mientras viajábamos por la Península de Yucatán, huyendo del progreso y el turismo, tratando de meternos en el mundo maya actual y en los remanentes de la cultura de sus ancestros.
Holbox (Hoyo negro en maya) nos llamó la atención. Holbox (pronúnciese Jol-bosh) es una pequeña península allá en la puntita Suroriental de la república mexicana, en el extremo Norte del Estado de Quintana Roo, que presume de ser isla tan solo porque la barra de arena que la forma, se ve interrumpida intermitentemente por canales y rías que unen el mar con la plácida laguna de Yallahú que baña los planos territorios calizos del continente.
Un par de horas manejando nos llevaron al pequeño puerto de Chiquilá. Una hora más en el ferry de la localidad y quince minutos en uno de los carritos-taxi eléctricos de la isla, nos dejaron en el encantador Hotel Xaloc, de pequeñas cabañas y palapas a la orilla del mar.
Aunque el mar no es tan, tan azul como en el Caribe cerrado de más al Este, recorrer paso a paso la inmensa playa de impecable arena blanca es una de las delicias de la isla. Sin embargo, es una tristeza que gente insensata, egoísta y prepotente, haya construido sobre la playa y sobre el mismo mar, un presuntuoso hotel llamado Las Nubes que interrumpe el tranquilo caminar de la gente por la delicada playa, teniéndose que meter por desagradables lotes baldíos para poder continuar el delicioso paseo.
Llegar caminando, ya sea sobre la blanca arena o chapoteando las cristalinas olitas hasta Punta Mosquitos, es una experiencia serena y más que revitalizante. Pelícanos, gaviotas, y correlimos parecieran ser los actores secundarios y nada despreciables, que con su presencia nos invitan a disfrutar de un maravilloso escenario entre las arenas bajas de la punta, en donde se pueden ver muy cercanos a decenas de flamingos rosados, que desde lo alto de sus esbeltas patas, hunden sus curveados picos en la arena, haciendo una coreografía que pudiera ser propia del mejor ballet.
Millares de conchas diferentes aparecían a cada instante en el caminar sobre la arena. Algas de colores y texturas diferentes se secaban bajo el brillante sol, cuando el caparazón intacto de un extraño Mesh, apareció frente a nosotros sobre una blanca duna abandonado por el mar.
Aunque la cámara no dejaba de tomar nota de aquel prehistórico animal, tuvimos la suerte conservarlo, cuidarlo durante el viaje y hacerlo llegar a salvo a casa, donde cual valioso tesoro aún lo conservamos.
Mesh le llaman en algunas partes del Golfo de México a este prehistórico cangrejo rey, bayoneta, cazuelita, o herradura, que aunque más emparentado con las arañas que con los cangrejos, vive en las orillas de algunas playas tropicales, y que pese a su imponente apariencia es tan solo un delicado espécimen de merostomata, llamado Límulus Poliphemus.
Los hoteles en la isla son todos de pequeñas cabañitas respetuosas del entorno; unas con un poco más lujos y sofisticaciones, y otros un poco más jipiosos; pero todos (excepto…) son muy adecuados al carácter isleño. Hamacas, palapas, chancletas, relojes lentos, arena blanca hasta en las calles del pueblo, calma y parsimonia son la sintonía del calorcito caribeño de Holbox.
Las señoras van de compras al mercado montadas en silenciosas motonetas. Hacer un alto en el camino al encontrarse con comadres parlanchinas no es nada despreciable para eso del agobio de la caló y el desembuche de las últimas del día. Los ninios corren libremente por las calles entre nativos y turistas despistados, mientras el alcalde se ocupa de hacer construcciones de concreto (?) en la plaza.
Un recorrido en lancha -que tomará la mañana entera- les hará comprender el entorno de la isla, para luego dedicarse al dolce far niente, disfrutando tan solo el placer de estar ahí, que es el verdadero tesoro de la isla.
Montaigne, otra vez Montaigne, fue quien dijo: “La prueba más clara de la sabiduría es la alegría continua en nuestras vidas”. Este pareciera ser el lema de la isla de Holbox.
“Bien sé de que huyo, pero ignoro lo que busco” dijo Montaigne mientras meditaba en su castillo en el Perigord francés allá por los años del 1500. Así nos pasaba a nosotros mientras viajábamos por la Península de Yucatán, huyendo del progreso y el turismo, tratando de meternos en el mundo maya actual y en los remanentes de la cultura de sus ancestros.
Holbox (Hoyo negro en maya) nos llamó la atención. Holbox (pronúnciese Jol-bosh) es una pequeña península allá en la puntita Suroriental de la república mexicana, en el extremo Norte del Estado de Quintana Roo, que presume de ser isla tan solo porque la barra de arena que la forma, se ve interrumpida intermitentemente por canales y rías que unen el mar con la plácida laguna de Yallahú que baña los planos territorios calizos del continente.
Un par de horas manejando nos llevaron al pequeño puerto de Chiquilá. Una hora más en el ferry de la localidad y quince minutos en uno de los carritos-taxi eléctricos de la isla, nos dejaron en el encantador Hotel Xaloc, de pequeñas cabañas y palapas a la orilla del mar.
Aunque el mar no es tan, tan azul como en el Caribe cerrado de más al Este, recorrer paso a paso la inmensa playa de impecable arena blanca es una de las delicias de la isla. Sin embargo, es una tristeza que gente insensata, egoísta y prepotente, haya construido sobre la playa y sobre el mismo mar, un presuntuoso hotel llamado Las Nubes que interrumpe el tranquilo caminar de la gente por la delicada playa, teniéndose que meter por desagradables lotes baldíos para poder continuar el delicioso paseo.
Llegar caminando, ya sea sobre la blanca arena o chapoteando las cristalinas olitas hasta Punta Mosquitos, es una experiencia serena y más que revitalizante. Pelícanos, gaviotas, y correlimos parecieran ser los actores secundarios y nada despreciables, que con su presencia nos invitan a disfrutar de un maravilloso escenario entre las arenas bajas de la punta, en donde se pueden ver muy cercanos a decenas de flamingos rosados, que desde lo alto de sus esbeltas patas, hunden sus curveados picos en la arena, haciendo una coreografía que pudiera ser propia del mejor ballet.
Millares de conchas diferentes aparecían a cada instante en el caminar sobre la arena. Algas de colores y texturas diferentes se secaban bajo el brillante sol, cuando el caparazón intacto de un extraño Mesh, apareció frente a nosotros sobre una blanca duna abandonado por el mar.
Aunque la cámara no dejaba de tomar nota de aquel prehistórico animal, tuvimos la suerte conservarlo, cuidarlo durante el viaje y hacerlo llegar a salvo a casa, donde cual valioso tesoro aún lo conservamos.
Mesh le llaman en algunas partes del Golfo de México a este prehistórico cangrejo rey, bayoneta, cazuelita, o herradura, que aunque más emparentado con las arañas que con los cangrejos, vive en las orillas de algunas playas tropicales, y que pese a su imponente apariencia es tan solo un delicado espécimen de merostomata, llamado Límulus Poliphemus.
Los hoteles en la isla son todos de pequeñas cabañitas respetuosas del entorno; unas con un poco más lujos y sofisticaciones, y otros un poco más jipiosos; pero todos (excepto…) son muy adecuados al carácter isleño. Hamacas, palapas, chancletas, relojes lentos, arena blanca hasta en las calles del pueblo, calma y parsimonia son la sintonía del calorcito caribeño de Holbox.
Las señoras van de compras al mercado montadas en silenciosas motonetas. Hacer un alto en el camino al encontrarse con comadres parlanchinas no es nada despreciable para eso del agobio de la caló y el desembuche de las últimas del día. Los ninios corren libremente por las calles entre nativos y turistas despistados, mientras el alcalde se ocupa de hacer construcciones de concreto (?) en la plaza.
Un recorrido en lancha -que tomará la mañana entera- les hará comprender el entorno de la isla, para luego dedicarse al dolce far niente, disfrutando tan solo el placer de estar ahí, que es el verdadero tesoro de la isla.
Montaigne, otra vez Montaigne, fue quien dijo: “La prueba más clara de la sabiduría es la alegría continua en nuestras vidas”. Este pareciera ser el lema de la isla de Holbox.