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De viajes y aventuras

Aterrizando en el Mundo Maya

Dada la cantidad de información que estamos recibiendo los terrícolas de la actualidad, y a la velocidad con que esto sucede, resulta un poco difícil meternos en los resquicios de una antigua civilización que existió muy cerca de nosotros y que impresionantemente sigue viva -a su modo- con el correr de los años.

Bien recordamos que en nuestros intentos por cultivarnos, recibimos impresionantes imágenes del Mundo Maya, con extraños personajes de prominente nariz aguileña, ojos rasgados y raras vestimentas en actitudes misteriosas que hacen pensar en ritos demoníacos. Historias de juegos de pelota donde los que ganaban eran decapitados y ofrecidos a dioses de narices ganchudas e impresionantes fauces. Extrañas figuras labradas en las rocas calizas de las fachadas de sorprendentes edificios piramidales construidos hace un montón de años, pero… (aquí los peros son muy válidos) ahí están sus maravillosos vestigios, y ahí también continúa la vida actual de una raza auténtica que se niega a desaparecer. Pasarlos por alto sería una verdadera tontería.

Reduzcamos la velocidad avara que padecemos; recordemos aquella imagen de Richard Bach en su libro “Juan Salvador Gaviota”, cuando la vieja y experta gaviota le dijo a sus sorprendidos pupilos al verla ya parada ahí, en el lugar a donde todos velozmente se dirigían: “¿Velocidad…? Velocidad… es estar ahí” - les dijo-. A esa velocidad, propongo que recorramos nuestro maravilloso mundo.
Un rápido vuelo nos hizo aterrizar en el agobiante y ajeno Cancún.

Gran ciudad más bien gringa y parecida a cualquier Miami o Las Vegas.

Un gran hotel de casi mil cuartos, repleto de spring brakers a medio vestir, donde por fortuna no hubo un cuarto disponible, nos hizo recurrir a un tranquilo hotelito en el centro de la ciudad, de donde casi al amanecer salimos rumbo a tierras más mexicanas y más mayas, que era lo que queríamos encontrar.

Holbox, allá junto a Cabo Catoche, final de la Península de Yucatán y extremo Oriental de nuestro México nos guiñó el ojo, y la consideramos un buen principio para reducir velocidad.

Holbox es una pequeña península que -dado que una pequeña ría comunica la bahía interior con el Caribe repleto de arrecifes de coral- ostenta el eufemístico nombre de Isla de Holbox (pronúnciese Holbosh).

La paz y tranquilidad de sus playas blancas; lo casi desconocido de sus lugares; los pequeños, que digo hoteles sino bungalitos a la orilla del mar; el hecho de no haber automóviles en la isla; el poder bucear con tiburones-ballena y el ver flamingos rosados y aves de todas las especies en las cercanías, nos convencieron de que -huyendo de la civilización- tomáramos un taxi que en un poco más de hora y media nos depositaría en el costeño pueblo de Chiqiuilá, para abordar un ferry que nos llevaría, cruzando la tranquila bahía, a la ansiada Holbox.

Viejas con grandes bultos. Chiquillos pululando alrededor. Maleteros sudorosos y prisudos aventando las maletas a las bodegas de la embarcación. Idiomas diferentes, que en voces apresuradas se mezclaban con el maya de la concurrencia. El olor a mar y el aire húmedo y marino del ambiente nos hicieron sentir que ese era el destino correcto de nuestro viaje.

Al lado de una enorme foto de un tiburón-ballena, el impecable ferry catamarán, con orgullo ostentaba el nombre de “Nueve Hermanos” que son los propietarios del servicio de transportación a la isla.

Ya entrada la noche, la embarcación surcaba las pequeñas olas caribeñas en un corto recorrido de 45 minutos. Corto tiempo que se fue como agua, amenizado con las pláticas de espantos, aparecidos y broncas de la isla, que a todo volumen y con “vocerrón” de locutor, nos platicaba el simpático y jovial muchachón -que parecía jugador de futbol americano- capitán de la nave e hijo de uno de los nueve hermanos.

Un suave golpe y unas voces desde tierra interrumpieron nuestra conversación. El capitán, con sus enormes manos sudorosas y sus efusivas despedidas y parabienes, llevó nuestras mochilas como si de plumas se tratara, hasta uno de los taxis (motocicletas eléctricas y silenciosas) que sería quien nos llevara por las callecitas de arena blanca hasta las rústicas y bien acondicionadas cabañitas del Hotel Xaloc a la orilla de la playa.

Nuestra felicidad no podía ser mayor: palapas, cabañas, silencio, olor a mar, cortesía, gente sin prisas, un ronco (ron con coca) en la mano, y un modesto tente en pié nos hicieron sentir que ya habíamos llegado a Holbox; Una isla -que no península- perdida en el extremo más al Oriente de nuestro México desconocido, excelente punto de partida para empezar a explorar el inquietante mundo de los mayas.

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