Suplementos
De viajes y aventuras
Un hotelito con ‘‘toque francés’’ en El Tuito
La idea en esta ocasión era hacer un recorrido por las incipientes brechas que van entre rancherías y poblados, serranías, oteros y playas que están en lo que es el “codito” Sur de la Bahía de Banderas, que es de donde -dato curioso- arranca la cadena montañosa que cruza toda la República, llamada Eje Neovolcánico Transversal, que viene a rematar en el enorme Citlaltépetl (5 mil 743 mts) y el Cofre de Perote en el Estado de Veracruz.
A un poco más de tres cuartos de hora de Puerto Vallarta hacia el Sur, llegamos al pequeño pueblo de El Tuito, que ahora está estrenando una ostentosa -y fuera de lugar para un pueblito costeño- entrada de carretera cual Autobahn de Alemania, que tristemente viene a rematar al pie de una callecita llena de hoyancos frente a un viejo paredón, en donde las únicas indicaciones para llegar a la -antes bonita y típica, y ahora deshojada y maltrecha- plaza, son las que algún parroquiano te pueda dar.
Híjole, palabra que no me gusta meterme en estas cosas, pero francamente hierve la sangre de ver que gente megalómana y presuntuosa, por lucirse, hacen este tipo de cosas olvidándose de las necesidades primordiales de la población. Si bien sabemos que nadie puede ser “todologo”, bueno sería pagar asesoría a gente bien intencionada y experta en la materia, en lugar de gastar los dinerales en monumentos propios. ¡No se vale!
Pero bueno; siguiendo con el relato, llegamos a la famosa plaza con nuestra amiga Consuelo, quien para nuestro consuelo, en su bonito restaurante nos preparó unos taquitos de no sé qué, que nos supieron a gloria de no sé dónde. Más tarde, al ir saliendo del pueblo para emprender nuestra excursión por las brechitas que van rumbo a Yelapa (con su gran bajada media tortuosa) y a Chimo; dos playitas encantadoras a las que se llega fácilmente por mar, y con serias dificultades -sobre todo en tiempo de aguas- por tierra, un pequeño letrerito en el umbral de una casa de techo de teja, con una pequeña flecha indicaba: “Al Hotel Jardín del Tuito”. La tentación fue mucha; y como dijo Óscar Wilde: “Lo único que no puedo resistir son las tentaciones”, pos`ay vamos a investigar.
Un pequeño arco con su portón amarillo fue la primera imagen. Al hacer tocar la campana que colgaba al lado, Laurence, una hermosa francesita, nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja invitándonos a pasar. Alain su esposo, grandote, canoso y fuerte, con manotas de beisbolero, nos abría las puertas de su casa estrechándonos calurosamente como si hubiéramos sido amigos desde la infancia.
Y realmente nos sentimos como en casa desde aquel momento mientras alegremente nos enseñaban su “Hotelito”, que más bien es un “bread and breakfast” al que le habían -de todo corazón- dado un cierto toque parisino. Cierto. Ellos -a su modo- quisieron darnos un poco de su París amado en un pueblo tan remoto como El Tuito de Jalisco.
Sus personas y su hospitalidad nos hicieron -para nuestra complacencia- olvidar todo el demás programa.
Fue una verdadera dicha encontrar a dos personas, encantadoras y aventureras, que deciden renunciar a todo lo vivido para, apreciando lo auténticamente mexicano, para establecerse entre nosotros y compartir con ellos el sincretismo de dos culturas tan ajenas y a la vez tan afines.
Su mezcla con el pueblo ha sido sorprendente y envidiable. Aprenden español. Patrocinan a Los Gallos, el equipo de futbol local. Conviven con la gente del pueblo. Su hijita Romy de 12 años va a la escuela de ahí mismo. Hacen ropa más que típica inspirada en las costumbres mexicanas. Patrocinan la escultura de barro prehispánica - buenísima- de Luis Solorio, artista de la localidad.
Enseñan la bonhomía de sus personas y la liberación de complejos malinchistas que bastante nos aquejan. En fin, baste decir que con ellos aprendimos algo… de arte, algo de gastronomía, de vinos por supuesto, de artesanías mexicanas, y por sabido se calla, del arte del buen vivir.
Dos personas hermosas que habiendo venido de estrangia, nos “hicieron el día” en un pequeño pueblito en la costa de Jalisco.
Mucho hay que aprender de personas quizá desconocidas en el lugar menos esperado: Alain. Laurence y un hotelito en El Tuito nos hicieron recapacitar que, “El que no va, no ve”.
deviajesyaventuras@informador.com.mx
A un poco más de tres cuartos de hora de Puerto Vallarta hacia el Sur, llegamos al pequeño pueblo de El Tuito, que ahora está estrenando una ostentosa -y fuera de lugar para un pueblito costeño- entrada de carretera cual Autobahn de Alemania, que tristemente viene a rematar al pie de una callecita llena de hoyancos frente a un viejo paredón, en donde las únicas indicaciones para llegar a la -antes bonita y típica, y ahora deshojada y maltrecha- plaza, son las que algún parroquiano te pueda dar.
Híjole, palabra que no me gusta meterme en estas cosas, pero francamente hierve la sangre de ver que gente megalómana y presuntuosa, por lucirse, hacen este tipo de cosas olvidándose de las necesidades primordiales de la población. Si bien sabemos que nadie puede ser “todologo”, bueno sería pagar asesoría a gente bien intencionada y experta en la materia, en lugar de gastar los dinerales en monumentos propios. ¡No se vale!
Pero bueno; siguiendo con el relato, llegamos a la famosa plaza con nuestra amiga Consuelo, quien para nuestro consuelo, en su bonito restaurante nos preparó unos taquitos de no sé qué, que nos supieron a gloria de no sé dónde. Más tarde, al ir saliendo del pueblo para emprender nuestra excursión por las brechitas que van rumbo a Yelapa (con su gran bajada media tortuosa) y a Chimo; dos playitas encantadoras a las que se llega fácilmente por mar, y con serias dificultades -sobre todo en tiempo de aguas- por tierra, un pequeño letrerito en el umbral de una casa de techo de teja, con una pequeña flecha indicaba: “Al Hotel Jardín del Tuito”. La tentación fue mucha; y como dijo Óscar Wilde: “Lo único que no puedo resistir son las tentaciones”, pos`ay vamos a investigar.
Un pequeño arco con su portón amarillo fue la primera imagen. Al hacer tocar la campana que colgaba al lado, Laurence, una hermosa francesita, nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja invitándonos a pasar. Alain su esposo, grandote, canoso y fuerte, con manotas de beisbolero, nos abría las puertas de su casa estrechándonos calurosamente como si hubiéramos sido amigos desde la infancia.
Y realmente nos sentimos como en casa desde aquel momento mientras alegremente nos enseñaban su “Hotelito”, que más bien es un “bread and breakfast” al que le habían -de todo corazón- dado un cierto toque parisino. Cierto. Ellos -a su modo- quisieron darnos un poco de su París amado en un pueblo tan remoto como El Tuito de Jalisco.
Sus personas y su hospitalidad nos hicieron -para nuestra complacencia- olvidar todo el demás programa.
Fue una verdadera dicha encontrar a dos personas, encantadoras y aventureras, que deciden renunciar a todo lo vivido para, apreciando lo auténticamente mexicano, para establecerse entre nosotros y compartir con ellos el sincretismo de dos culturas tan ajenas y a la vez tan afines.
Su mezcla con el pueblo ha sido sorprendente y envidiable. Aprenden español. Patrocinan a Los Gallos, el equipo de futbol local. Conviven con la gente del pueblo. Su hijita Romy de 12 años va a la escuela de ahí mismo. Hacen ropa más que típica inspirada en las costumbres mexicanas. Patrocinan la escultura de barro prehispánica - buenísima- de Luis Solorio, artista de la localidad.
Enseñan la bonhomía de sus personas y la liberación de complejos malinchistas que bastante nos aquejan. En fin, baste decir que con ellos aprendimos algo… de arte, algo de gastronomía, de vinos por supuesto, de artesanías mexicanas, y por sabido se calla, del arte del buen vivir.
Dos personas hermosas que habiendo venido de estrangia, nos “hicieron el día” en un pequeño pueblito en la costa de Jalisco.
Mucho hay que aprender de personas quizá desconocidas en el lugar menos esperado: Alain. Laurence y un hotelito en El Tuito nos hicieron recapacitar que, “El que no va, no ve”.
deviajesyaventuras@informador.com.mx