Suplementos
De un frío legalismo a la ley del amor
El Maestro ilumina las mentes para hacer entender y anima las voluntades para llegar al cumplimiento de la ley divina
“Ustedes han oído que se dijo... pero yo les digo...”. Así enseña el Señor Jesucristo, el Maestro, y lo hace con autoridad, no como los fariseos y los escribas.
Éstos se constituyeron en únicos intérpretes de la ley, y la impusieron al pueblo a su manera. Así, la ley era ininteligible y pesada, con muchas añadiduras obra de ellos.
Al precepto de guardar el sábado, ellos legislaron que en ese día sólo se podían dar dos mil pasos, y uno más ya era quebrantar el día del Señor. Así se escandalizaron porque el Señor curó en sábado a un paralítico, y le reclamaron también a Cristo que sus discípulos, al pasar por un trigal, cortaron unas espigas, las restregaron con sus manos y se llevaron unos cuantos granos a la boca ¡y en sábado!, y porque los discípulos comieron sin lavarse las manos. Y muchas tradiciones las hacían leyes.
Ante la fría ejecución de preceptos y muchas veces agregados, ante ese ritualismo sin espíritu, moralismo frío, legalismo sin sentido, el Maestro ilumina las mentes para hacer entender y anima las voluntades para llegar al cumplimiento de la ley divina con una manera nueva, sin angustias, con espíritu, con amor.
El Reino de Cristo es una sociedad de hombres y mujeres y requiere leyes
No existe sociedad sin leyes. La ley tiene un amplio contenido, es el fundamento de la religión, es la regla a seguir.
Es el programa en la Iglesia, de una vida conforme al Decálogo y a la ley escrita y al Sermón de la Montaña, la nueva alianza, la nueva ley. Para el cristiano, las prescripciones legales toman nueva luz: Cristo, en el Reino, en la Iglesia, marca el nuevo camino, que no es el del temor del esclavo, sino el del amor del hijo.
“No crean que he venido a abolir la ley o los profetas, no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud”.
La plenitud de la ley es el amor, y no el ritualismo de los fariseos con un extremado cumplimiento de los actos externos hasta llegar, como algunos llegaron, a mera simulación e hipocresía.
Es libre quien por amor cumple la ley
Los obispos reunidos en oración y estudio en el Conciliio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), muy en claro asentaron el misterio de la libertad del hombre, y por lo mismo la libre voluntad de sujetarse a la ley. La constitución “Gaudium et Spes” (Gozo y Esperanza) dice: “Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión, para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección... El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzos crecientes” (G. S. No. 17).
Cuando un cristiano con plena libertad se propone llevar una vida conforme en su pensamiento y en sus obras con la ley de Dios, se va desenvolviendo en un “libro nuevo” de la vida; va haciendo nueva historia personal; se va convirtiendo en una “nueva creatura” en su libertad, sabiduría, justicia.
Así se han escrito, con letras invisibles para los hombres, las vidas de los grandes convertidos. Un llamamiento y luego la libre respuesta, no siempre instantánea, porque a veces esa respuesta ha sido cuestionada y ha ocasionado tremendas crisis, no de otra manera, como los árboles resisten los vientos huracanados que los sacuden, pero son despojados de hojas y ramas secas.
Dios invita y tiene mil maneras de hacer llamamiento; por eso la admonición: “Hoy si escuchas su voz, no te cierres a ella, no seas sordo”, porque la más grave sordera es la de quien no quiere oír.
Un anuncio por contrastes
Son cuatro las actitudes de los fariseos y escribas, y las mismas ineficaces; más aún, son desechables. Ante esa pobre y falsa visión, Cristo, con su sabiduría divina, contrapone cuatro respuestas para caminar por sendas de perfección. “Sean perfectos como su Padre Celestial es perfecto”.
Algunos han pensado que la santidad es un privilegio de los que visten sotana o hábito de religioso, como San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, el Santo Cura de Ars, o como piden del Papa Juan Pablo II, o como Santa Teresa y ese ejército de monjas santas.
Y no es así: El llamamiento a la santidad es universal: a los médicos, los campesinos, los obreros, las madres de familia, todos; y decir todos es el llamamiento de Cristo a salvarse con Él, por Él y en Él, pues por todos se entregó a la muerte en la cruz. Mas es estrecha y cuesta arriba esta senda. “El Reino de los Cielos padece violencia” y sólo es para los audaces.
A las cuatro actitudes de los escribas y los fariseos, contrapone el Señor cuatro maneras de ir hacia la santidad.
La ley de Cristo es cumplir lo bueno y perfeccionar lo imperfecto
El cumplimiento de la ley debe de partir desde lo íntimo del ser humano; imperfecto es un acto externo, si no corresponde al pensamiento y la intención de quien lo practica.
No es un acto bueno dar una limosna o una sonrisa, cuando por dentro, “por compromiso u otro sentimiento lo inspira”.
La madurez cristiana es armonía entre lo interior y lo exterior, que sea un acto completo; coherencia entre las manifestaciones en el orden de las ideas.
“Han oído ustedes que se dijo a los antiguos ‘no matarás’... Pero yo les digo...”, y luego la nueva ley dice que ni siquiera te atrevas a presentar tu ofrenda al altar, si has insultado a tu hermano.
La perfección de la ley está en el interior: no odiar, no guardar rencor, estar dispuesto a perdonar no una, ni sólo siete veces, sino setenta veces siete; es decir, siempre.
Por segunda vez Cristo dice: “Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio”, y con éste las consecuencias: el divorcio.
La ley se vive con fidelidad desde dentro del ser humano, y en la práctica este es el orden: pensar, querer, actuar. Primero el pensamiento y luego el deseo; si éstos son malos, llevarán a la mala acción. El cristiano ha de pretender estar limpio desde dentro.
Tal vez los judíos eran muy dados a poner a Dios por testigo, a jurar en falso... “Pero yo les digo: No juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén, ni por tu cabeza”.
La solución es esta: “Digan sí cuando es sí, y digan no cuando es no”.
“Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”.
Al cristiano de este siglo XXI, expuesto como está a vivir según códigos, costumbres y modalidades que se oponen al Evangelio, se le exige valentía para decir con Cristo: “Ustedes los del mundo dicen esto... Pero yo les digo...”, y dirán el decir del Señor que es verdad, amor, justicia, santidad.
José R. Ramírez Mercado
Éstos se constituyeron en únicos intérpretes de la ley, y la impusieron al pueblo a su manera. Así, la ley era ininteligible y pesada, con muchas añadiduras obra de ellos.
Al precepto de guardar el sábado, ellos legislaron que en ese día sólo se podían dar dos mil pasos, y uno más ya era quebrantar el día del Señor. Así se escandalizaron porque el Señor curó en sábado a un paralítico, y le reclamaron también a Cristo que sus discípulos, al pasar por un trigal, cortaron unas espigas, las restregaron con sus manos y se llevaron unos cuantos granos a la boca ¡y en sábado!, y porque los discípulos comieron sin lavarse las manos. Y muchas tradiciones las hacían leyes.
Ante la fría ejecución de preceptos y muchas veces agregados, ante ese ritualismo sin espíritu, moralismo frío, legalismo sin sentido, el Maestro ilumina las mentes para hacer entender y anima las voluntades para llegar al cumplimiento de la ley divina con una manera nueva, sin angustias, con espíritu, con amor.
El Reino de Cristo es una sociedad de hombres y mujeres y requiere leyes
No existe sociedad sin leyes. La ley tiene un amplio contenido, es el fundamento de la religión, es la regla a seguir.
Es el programa en la Iglesia, de una vida conforme al Decálogo y a la ley escrita y al Sermón de la Montaña, la nueva alianza, la nueva ley. Para el cristiano, las prescripciones legales toman nueva luz: Cristo, en el Reino, en la Iglesia, marca el nuevo camino, que no es el del temor del esclavo, sino el del amor del hijo.
“No crean que he venido a abolir la ley o los profetas, no he venido a abolir la ley, sino a darle plenitud”.
La plenitud de la ley es el amor, y no el ritualismo de los fariseos con un extremado cumplimiento de los actos externos hasta llegar, como algunos llegaron, a mera simulación e hipocresía.
Es libre quien por amor cumple la ley
Los obispos reunidos en oración y estudio en el Conciliio Ecuménico Vaticano II (1962-1965), muy en claro asentaron el misterio de la libertad del hombre, y por lo mismo la libre voluntad de sujetarse a la ley. La constitución “Gaudium et Spes” (Gozo y Esperanza) dice: “Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión, para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección... El hombre logra esta dignidad cuando, liberado totalmente de la cautividad de las pasiones, tiende a su fin con la libre elección del bien y se procura medios adecuados para ello con eficacia y esfuerzos crecientes” (G. S. No. 17).
Cuando un cristiano con plena libertad se propone llevar una vida conforme en su pensamiento y en sus obras con la ley de Dios, se va desenvolviendo en un “libro nuevo” de la vida; va haciendo nueva historia personal; se va convirtiendo en una “nueva creatura” en su libertad, sabiduría, justicia.
Así se han escrito, con letras invisibles para los hombres, las vidas de los grandes convertidos. Un llamamiento y luego la libre respuesta, no siempre instantánea, porque a veces esa respuesta ha sido cuestionada y ha ocasionado tremendas crisis, no de otra manera, como los árboles resisten los vientos huracanados que los sacuden, pero son despojados de hojas y ramas secas.
Dios invita y tiene mil maneras de hacer llamamiento; por eso la admonición: “Hoy si escuchas su voz, no te cierres a ella, no seas sordo”, porque la más grave sordera es la de quien no quiere oír.
Un anuncio por contrastes
Son cuatro las actitudes de los fariseos y escribas, y las mismas ineficaces; más aún, son desechables. Ante esa pobre y falsa visión, Cristo, con su sabiduría divina, contrapone cuatro respuestas para caminar por sendas de perfección. “Sean perfectos como su Padre Celestial es perfecto”.
Algunos han pensado que la santidad es un privilegio de los que visten sotana o hábito de religioso, como San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, el Santo Cura de Ars, o como piden del Papa Juan Pablo II, o como Santa Teresa y ese ejército de monjas santas.
Y no es así: El llamamiento a la santidad es universal: a los médicos, los campesinos, los obreros, las madres de familia, todos; y decir todos es el llamamiento de Cristo a salvarse con Él, por Él y en Él, pues por todos se entregó a la muerte en la cruz. Mas es estrecha y cuesta arriba esta senda. “El Reino de los Cielos padece violencia” y sólo es para los audaces.
A las cuatro actitudes de los escribas y los fariseos, contrapone el Señor cuatro maneras de ir hacia la santidad.
La ley de Cristo es cumplir lo bueno y perfeccionar lo imperfecto
El cumplimiento de la ley debe de partir desde lo íntimo del ser humano; imperfecto es un acto externo, si no corresponde al pensamiento y la intención de quien lo practica.
No es un acto bueno dar una limosna o una sonrisa, cuando por dentro, “por compromiso u otro sentimiento lo inspira”.
La madurez cristiana es armonía entre lo interior y lo exterior, que sea un acto completo; coherencia entre las manifestaciones en el orden de las ideas.
“Han oído ustedes que se dijo a los antiguos ‘no matarás’... Pero yo les digo...”, y luego la nueva ley dice que ni siquiera te atrevas a presentar tu ofrenda al altar, si has insultado a tu hermano.
La perfección de la ley está en el interior: no odiar, no guardar rencor, estar dispuesto a perdonar no una, ni sólo siete veces, sino setenta veces siete; es decir, siempre.
Por segunda vez Cristo dice: “Pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio”, y con éste las consecuencias: el divorcio.
La ley se vive con fidelidad desde dentro del ser humano, y en la práctica este es el orden: pensar, querer, actuar. Primero el pensamiento y luego el deseo; si éstos son malos, llevarán a la mala acción. El cristiano ha de pretender estar limpio desde dentro.
Tal vez los judíos eran muy dados a poner a Dios por testigo, a jurar en falso... “Pero yo les digo: No juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén, ni por tu cabeza”.
La solución es esta: “Digan sí cuando es sí, y digan no cuando es no”.
“Si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos”.
Al cristiano de este siglo XXI, expuesto como está a vivir según códigos, costumbres y modalidades que se oponen al Evangelio, se le exige valentía para decir con Cristo: “Ustedes los del mundo dicen esto... Pero yo les digo...”, y dirán el decir del Señor que es verdad, amor, justicia, santidad.
José R. Ramírez Mercado