Suplementos
De recuerdos y porvenir
Dentro de una habitación luminosa y donde reina el silencio, Toni Guerra resguarda el pasado, al tiempo que dibuja su futuro
GUADALAJARA, JALISCO (31/JUL/2010).- En un espacio bañado por la cálida luz del día y adornado por los colores y personajes del pasado que reposan en las paredes, caballetes y rincones de la habitación, se encuentra el taller de una mujer que se encamina al reencuentro con la artista del pasado y del presente, para forjar los días venideros.
Apasionada incansable, alegre y llena de amor por la vida, Toni Guerra cuenta con una trayectoria artística de más 30 años, cuando por un llamado de la vida se adentró en la escuela de artes plásticas.
Rodeada de escritores y pintores, creció en un ambiente que le auguraba un camino entre las artes, aunque a decir de Toni, no de las plásticas, y es que a sus veintitantos consideraba que ése era un mundo de “señoras”.
“Vengo de una familia de artistas, desde pequeña viví entre libros y cuadros. Mi mamá hacía muy bien las dos cosas y yo comí ‘sopita de letras’ desde que estaba en su vientre. Mi hermana repetía el mismo perfil de mi madre, pero yo tenía inquietudes más bien de orden sociológico y me inclinaba a estudiar filosofía o antropología”.
Con sinceridad, confiesa que no siempre sintió esa pasión desbordada que emerge cuando está en su taller a punto de iniciar, o ya sumergida, en una obra.
“Alguna vez acompañé a mi hermana a una clase de pintura y su maestro me dijo ‘aquí no te pongas de mirona Toni, toma un lápiz’, yo le hice caso y él me dijo que analizara si mi verdadera pasión no estaba ahí”.
Inducida por la recomendación, Toni acudió a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara y “al pisar la escuela comencé a llorar a mares, supe que ya no quería alejarme de ese mundo, sentí que pertenecía a ese lugar y así nació este amor”.
Espacios compartidos
En la actualidad, Toni, con sentimientos encontrados, se siente feliz de todo lo que ha podido compartir con sus alumnos, de ser esa especie de guía que los impulsa para que emerja de sí el talento reprimido. Sin embargo, también considera que explotando a la maestra abandonó un poco a la artista, ahora ansía más que ninguna cosa pasar más tiempo con ella, con sus ideas, sus lápices y, especialmente su espacio, su taller.
En el sitio compartido con sus alumnos, los colores, texturas, dimensiones y formas dan lugar a un pequeño y acogedor taller de cerámica que se deja ver entre los árboles. Materiales, recipientes, una mesa amplia y con manchas que confirman el trabajo que se desempeña en ella, es lo que se necesita para que surja el artista de un creativo destinado a serlo.
A tan sólo unos pasos se percibe otro pequeño sector, esta vez dedicado a la pintura, lo que se hace evidente desde el momento en que las sillas se notan tocadas por los pinceles.
Ahí, es donde se conecta con los estudiantes, donde comparten la libertad y el deseo de expresarse, pero el verdadero espacio donde ella deja de lado a la mujer y la maestra, se encuentra al final de un camino que afirma que ahí vive una artista.
Luego de un recorrido donde las obras a través de los años se dejan ver como si estuvieran frescas -porque brillan y capturan las miradas nuevas-, cruzando un par de puertas, pasando junto a la sala de exposiciones, atravesando la cocina y serpenteando por la escalinata de caracol, sin una puerta que lo aleje del entorno, está el lugar más apreciado por Toni, el taller donde ha concebido las obras que trazan el camino para llegar a él.
“Cuando al fin vuelvo a mi taller, estoy sola porque no puedo conectarme si hay alguien a mi alrededor. Soy muy ritualista, mis rituales tienen mucho qué ver con el acomodo físico del lugar, ya que moví papeles, limpié, saqué punta, acomodé cajones, significa que viene el proceso creativo. Luego preparo mi lienzo, lo veo y puedo salir del taller, bajo al jardín, subo nuevamente y por fin me siento. Una vez que eso sucede, es muy complicado que me despegue de los lápices”, con los que trabaja ahora primordialmente.
Una vez conectada, se encierra en “la burbuja” que sólo en ocasiones le pide la armonía de unas cuantas notas musicales, compañeras poco calladas pero respetuosas de su trabajo.
Otros acompañantes, mucho más silenciosos, son los pequeños botes con pinturas de colores que, aunque por ahora no las utiliza para crear, siguen presentes; los pinceles de todos tamaños y gruesos, sus cuadros, algunos dibujos, dos mesas, un par de sillas y muchas ventanas que dejan pasar la luz, cada objeto es la esencia de uno de los lugares favoritos en la casa y la vida de Toni Guerra.
EN LA WEB
www.toniguerra.com.mx
EL INFORMADOR/ ALEJANDRA JIMÉNEZ
Apasionada incansable, alegre y llena de amor por la vida, Toni Guerra cuenta con una trayectoria artística de más 30 años, cuando por un llamado de la vida se adentró en la escuela de artes plásticas.
Rodeada de escritores y pintores, creció en un ambiente que le auguraba un camino entre las artes, aunque a decir de Toni, no de las plásticas, y es que a sus veintitantos consideraba que ése era un mundo de “señoras”.
“Vengo de una familia de artistas, desde pequeña viví entre libros y cuadros. Mi mamá hacía muy bien las dos cosas y yo comí ‘sopita de letras’ desde que estaba en su vientre. Mi hermana repetía el mismo perfil de mi madre, pero yo tenía inquietudes más bien de orden sociológico y me inclinaba a estudiar filosofía o antropología”.
Con sinceridad, confiesa que no siempre sintió esa pasión desbordada que emerge cuando está en su taller a punto de iniciar, o ya sumergida, en una obra.
“Alguna vez acompañé a mi hermana a una clase de pintura y su maestro me dijo ‘aquí no te pongas de mirona Toni, toma un lápiz’, yo le hice caso y él me dijo que analizara si mi verdadera pasión no estaba ahí”.
Inducida por la recomendación, Toni acudió a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara y “al pisar la escuela comencé a llorar a mares, supe que ya no quería alejarme de ese mundo, sentí que pertenecía a ese lugar y así nació este amor”.
Espacios compartidos
En la actualidad, Toni, con sentimientos encontrados, se siente feliz de todo lo que ha podido compartir con sus alumnos, de ser esa especie de guía que los impulsa para que emerja de sí el talento reprimido. Sin embargo, también considera que explotando a la maestra abandonó un poco a la artista, ahora ansía más que ninguna cosa pasar más tiempo con ella, con sus ideas, sus lápices y, especialmente su espacio, su taller.
En el sitio compartido con sus alumnos, los colores, texturas, dimensiones y formas dan lugar a un pequeño y acogedor taller de cerámica que se deja ver entre los árboles. Materiales, recipientes, una mesa amplia y con manchas que confirman el trabajo que se desempeña en ella, es lo que se necesita para que surja el artista de un creativo destinado a serlo.
A tan sólo unos pasos se percibe otro pequeño sector, esta vez dedicado a la pintura, lo que se hace evidente desde el momento en que las sillas se notan tocadas por los pinceles.
Ahí, es donde se conecta con los estudiantes, donde comparten la libertad y el deseo de expresarse, pero el verdadero espacio donde ella deja de lado a la mujer y la maestra, se encuentra al final de un camino que afirma que ahí vive una artista.
Luego de un recorrido donde las obras a través de los años se dejan ver como si estuvieran frescas -porque brillan y capturan las miradas nuevas-, cruzando un par de puertas, pasando junto a la sala de exposiciones, atravesando la cocina y serpenteando por la escalinata de caracol, sin una puerta que lo aleje del entorno, está el lugar más apreciado por Toni, el taller donde ha concebido las obras que trazan el camino para llegar a él.
“Cuando al fin vuelvo a mi taller, estoy sola porque no puedo conectarme si hay alguien a mi alrededor. Soy muy ritualista, mis rituales tienen mucho qué ver con el acomodo físico del lugar, ya que moví papeles, limpié, saqué punta, acomodé cajones, significa que viene el proceso creativo. Luego preparo mi lienzo, lo veo y puedo salir del taller, bajo al jardín, subo nuevamente y por fin me siento. Una vez que eso sucede, es muy complicado que me despegue de los lápices”, con los que trabaja ahora primordialmente.
Una vez conectada, se encierra en “la burbuja” que sólo en ocasiones le pide la armonía de unas cuantas notas musicales, compañeras poco calladas pero respetuosas de su trabajo.
Otros acompañantes, mucho más silenciosos, son los pequeños botes con pinturas de colores que, aunque por ahora no las utiliza para crear, siguen presentes; los pinceles de todos tamaños y gruesos, sus cuadros, algunos dibujos, dos mesas, un par de sillas y muchas ventanas que dejan pasar la luz, cada objeto es la esencia de uno de los lugares favoritos en la casa y la vida de Toni Guerra.
EN LA WEB
www.toniguerra.com.mx
EL INFORMADOR/ ALEJANDRA JIMÉNEZ