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De nuevo la Inquisición
El proceso inquisitorial que Hidalgo tenía abierto desde 1801, recibió nuevas denuncias contra el clérigo
GUADALAJARA, JALISCO.- El proceso inquisitorial que Hidalgo tenía abierto desde 1801, recibió nuevas denuncias contra el clérigo; una de ellas fue la que interpuso una mujer de nombre Manuela Herrera, casada, de 41 años, quien confesó haber “vivido en amasiato con Hidalgo y que en pláticas le oyó algunas preposiciones heréticas como la de que Jesucristo no fue Dios...sino un hombre... y que no había infiernos ni diablos...”. Hacia el mes de marzo de 1809, fray Miguel Bringas también lo denunció por poseer varios “libros prohibidos”, entre los cuales estaba uno que llamaba “vieja ilusa” a sor María de Agreda; Hidalgo no tenía licencia para leerlos, mucho menos para predicarlos.
El tribunal inquisitorial le ordenó que se deshiciera de esos libros y que “retirara de su casa a sus dos hijas”; el cura se negó y alegó que las tenía al cuidado de sus medias hermanas. El proceso pareció revivir con mayor fuerza y es probable que Hidalgo viera ya su causa perdida. ¿Qué hacer? Una opción podría ser sumarse a la insurrección que se avecinaba.
Entre la Inquisición y la Insurrección
Hacia finales de 1809, Ignacio Allende y Mariano Abasolo realizaron varias visitas a Dolores para entrevistarse con el subdelegado y otros personajes, entre ellos Hidalgo, para proponerles su plan independentista. Éste, como autoridad religiosa del pueblo, fue considerado en el plan aunque parecía renuente porque no le convencía la cantidad ni la calidad de gente con la que se contaba, a pesar de que aunque “estaba persuadido de que la independencia sería útil al reino, nunca pensó en entrar en proyecto alguno”, puesto que “los autores de semejantes empresas no gozaban del fruto de ellas...”.
A principios de 1810 fueron Allende, Aldama, Domínguez y otros, quienes ya tenían claro e iniciado el plan, y seguramente fue hasta entrado este año que Hidalgo decidió definitivamente sumarse con todo a la causa, tal vez porque la Inquisición ya estaba cerca de él y porque finalmente fue convencido del beneficio de aquélla. Hidalgo no planeó la insurrección, fue invitado a ella. Las localidades de Dolores, San Miguel, Querétaro, Guanajuato y otras, se abarrotaron de espías tanto realistas como insurgentes; fue necesario el soborno, la coerción y la extorsión. Resultaba realmente difícil saber en quién se podía confiar para incluirlo en el plan insurgente. Entre los meses previos y posteriores al conflicto armado debe existir una sorprendente historia política caracterizada por el espionaje, fidelidades y traiciones, robo, arrebatos, insubordinaciones, complots, confusiones, profanación y demás, propias de la emoción que nos ofrece una película de la que el final es totalmente impredecible.
El mismo Hidalgo, una vez decidido, inició una serie de acciones secretas (como leer sobre “conspiraciones” y “artillería”) y otras disfrazadas, como la confección de “cañones” dizque para “dar mayor solemnidad a las fiestas religiosas”. También tuvo que sobornar a distintos oficiales del gobierno, como al “tambor mayor del regimiento de Guanajuato”, Juan Garrido, a quien ofreció 70 pesos “para seducir a la tropa”. El soborno no tuvo éxito, más bien produjo todo lo contrario: el mismo Garrido, Mariano Galván, el capitán Joaquín Arias, entre otros de los “principales conjurados”, fueron quienes denunciaron el movimiento ante las autoridades locales y virreinales, ante la sospecha de que su plan estaba descubierto y condenado al fracaso, y como un desesperado intento por ponerse a salvo. El tipo de independencia que se planeaba dista mucho de la que podríamos imaginar hoy en día.
El tribunal inquisitorial le ordenó que se deshiciera de esos libros y que “retirara de su casa a sus dos hijas”; el cura se negó y alegó que las tenía al cuidado de sus medias hermanas. El proceso pareció revivir con mayor fuerza y es probable que Hidalgo viera ya su causa perdida. ¿Qué hacer? Una opción podría ser sumarse a la insurrección que se avecinaba.
Entre la Inquisición y la Insurrección
Hacia finales de 1809, Ignacio Allende y Mariano Abasolo realizaron varias visitas a Dolores para entrevistarse con el subdelegado y otros personajes, entre ellos Hidalgo, para proponerles su plan independentista. Éste, como autoridad religiosa del pueblo, fue considerado en el plan aunque parecía renuente porque no le convencía la cantidad ni la calidad de gente con la que se contaba, a pesar de que aunque “estaba persuadido de que la independencia sería útil al reino, nunca pensó en entrar en proyecto alguno”, puesto que “los autores de semejantes empresas no gozaban del fruto de ellas...”.
A principios de 1810 fueron Allende, Aldama, Domínguez y otros, quienes ya tenían claro e iniciado el plan, y seguramente fue hasta entrado este año que Hidalgo decidió definitivamente sumarse con todo a la causa, tal vez porque la Inquisición ya estaba cerca de él y porque finalmente fue convencido del beneficio de aquélla. Hidalgo no planeó la insurrección, fue invitado a ella. Las localidades de Dolores, San Miguel, Querétaro, Guanajuato y otras, se abarrotaron de espías tanto realistas como insurgentes; fue necesario el soborno, la coerción y la extorsión. Resultaba realmente difícil saber en quién se podía confiar para incluirlo en el plan insurgente. Entre los meses previos y posteriores al conflicto armado debe existir una sorprendente historia política caracterizada por el espionaje, fidelidades y traiciones, robo, arrebatos, insubordinaciones, complots, confusiones, profanación y demás, propias de la emoción que nos ofrece una película de la que el final es totalmente impredecible.
El mismo Hidalgo, una vez decidido, inició una serie de acciones secretas (como leer sobre “conspiraciones” y “artillería”) y otras disfrazadas, como la confección de “cañones” dizque para “dar mayor solemnidad a las fiestas religiosas”. También tuvo que sobornar a distintos oficiales del gobierno, como al “tambor mayor del regimiento de Guanajuato”, Juan Garrido, a quien ofreció 70 pesos “para seducir a la tropa”. El soborno no tuvo éxito, más bien produjo todo lo contrario: el mismo Garrido, Mariano Galván, el capitán Joaquín Arias, entre otros de los “principales conjurados”, fueron quienes denunciaron el movimiento ante las autoridades locales y virreinales, ante la sospecha de que su plan estaba descubierto y condenado al fracaso, y como un desesperado intento por ponerse a salvo. El tipo de independencia que se planeaba dista mucho de la que podríamos imaginar hoy en día.