Suplementos
Cumbres de Monterrey
El horizonte regio despliega ante la vista de los visitantes una de las maravillas naturales de mayor belleza con las que cuenta nuestro país
GUADALAJARA, JALISCO (23/AGO/2015).- Qué podré decir de las cumbres de Monterrey sin hablar de esas gentes entronas y broncas que he tenido la suerte de encontrar por esas tierras. De sus personas amables y sinceras. Del agobiante y húmedo calorón del verano, y su miserable y helado chipi chipi del invierno. De sus calles lodosas y resbalosas con las primeras gotas invernales.
De aquellas típicas y jocosas carcanchitas que por tan solo un peso (pues: cinco o diez, ya no me acuerdo) nos llevaban de la Plaza Zaragoza hasta el entonces incipiente Tec de Monterrey. De la impresionante Universidad y de algunos de sus letrados egresados. De sus impresionantes edificios que han brotado como hongos en los lugares más inusitados. De sus estupendas carreteras y pasos a desnivel que “facilitan” el ir y venir por la ciudad. Del Río de Santa Catarina; a veces tan reseco que da pena ajena verlo, y a veces tempestuoso con olas y remolinos arrasando todo lo que encuentra. Del bellísimo cerro de Las Mitras con sus cicatrices provocadas por intereses pasajeros, fácilmente reparables con cohetones inteligentemente acomodados, ayudados por las erosiones naturales. Del emblemático cerro de La Silla con su par de picos —uno más difícil de escalar que el otro— asfixiado por las ingentes viviendas que trepan por sus faldas perturbando su belleza.
De Monterrey, no pos… casi no tengo de que hablar. Sólo darle las gracias por los años que ahí pasé dizque estudiando; donde tuve la suerte de traer a mi vida, compañera, amistades inapreciables, parentela y todo lo que ya les dije. Pero no; por lo demás ya casi ni me acuerdo.
De lo que si todavía me acuerdo, es de las serranías de allá del Sur. ¡Ah que bonitas…! Me acuerdo bien de aquella vez que nos metimos por el pueblo de Santa Catarina, y la emprendimos por el pedregal del cañón que le llaman La Huasteca, y que está en el mero desierto, entre paredes de piedra que se elevan más y más mientras más se adentra uno. Bueno, con decirles que al llegar a una de las altísimas paredes planas y verticales… notamos que estaríamos casi pared con pared con Chipinque y con Olinalá que están del otro lado, a medias de la sierra de La Eme.
Más delante, adentrándonos por el cañón, cada vez más desértico y más seco, nos causó azoro ver que estaban construyendo… ¡el bordo de una presa! ¿Una presa? ¿En el desierto? ¿Sin agua? No pos sí; sólo a estos norteños se les ocurre eso… pensamos.
Una sorpresa tras otra
Al oír las explicaciones de los técnicos que estaban en la construcción, entendimos que esto no era el bordo de una presa, si no que era una “cortina rompe picos” que serviría para amainar “los picos” de las avalanchas de agua que suceden cuando caen las grandes tormentas que suelen asolar a Monterrey (como el huracán “Gilberto” en 1988).
La sorna se convirtió en azoro y admiración por la previsión que tienen estas gentes ante los males eventuales. De hecho, a la fecha la “Cortina Rompepicos” ha salvado ya a la ciudad de varios de los desastres de antaño.
Las brechas que queríamos recorrer se veían cada vez más desérticas y desoladas; pero la inquietud -que desde siempre ha sido nuestro sino- nos llamaba a seguir adelante entre huisaches y pedregales donde las montañas se veían cada vez más escarpadas (y más bellas).
El agobio que sentíamos al pasar entre sus paredes nos provocaba un curioso sentimiento de misterio novelesco, temor, y admiración por la belleza que nos envolvía estrechándonos cada vez más.
Un callejón angosto nos llevo hasta lugares inaccesibles entre dos paredes imposibles de franquear. Seguimos a pié. Las rocas se presentaban extrañamente cada vez más lisas. Sus curvas perfiladas no se veían como formas naturales del desierto. Horas después, analizando… caímos en cuenta que estas formaciones habían sido talladas en millones de años, por las aguas de los mares donde estuvieron sumergidas.
Nuestro azoro culminó al ver que un poco más delante, en una planicie arenosa, con una altísima y formación rocosa escultural enfrente, existía nada menos que un pequeño templete. Un lugar de ofrendas y oración que era visitado frecuentemente por los wixaritari (huicholes) (las ofrendas que ahí encontramos eran recientes).
El lugar no podía ser más hermoso e inspirador. Dimos gracias a los dioses por el prodigio de estar ahí. Depositamos nuestras ofrendas en el pequeño altar… y con cuidado y respeto nos fuimos alejando poco a poco de aquel bellísimo y prístino lugar, que ilusionamos que —intacto y así de bello— pudiera ser disfrutado por alguien más.
Nuestro amigo Jorge Monroy —con maestría y talento— supo interpretar en su pintura toda la belleza y la pureza que merecen estas serranías. Gracias Yorch.
De aquellas típicas y jocosas carcanchitas que por tan solo un peso (pues: cinco o diez, ya no me acuerdo) nos llevaban de la Plaza Zaragoza hasta el entonces incipiente Tec de Monterrey. De la impresionante Universidad y de algunos de sus letrados egresados. De sus impresionantes edificios que han brotado como hongos en los lugares más inusitados. De sus estupendas carreteras y pasos a desnivel que “facilitan” el ir y venir por la ciudad. Del Río de Santa Catarina; a veces tan reseco que da pena ajena verlo, y a veces tempestuoso con olas y remolinos arrasando todo lo que encuentra. Del bellísimo cerro de Las Mitras con sus cicatrices provocadas por intereses pasajeros, fácilmente reparables con cohetones inteligentemente acomodados, ayudados por las erosiones naturales. Del emblemático cerro de La Silla con su par de picos —uno más difícil de escalar que el otro— asfixiado por las ingentes viviendas que trepan por sus faldas perturbando su belleza.
De Monterrey, no pos… casi no tengo de que hablar. Sólo darle las gracias por los años que ahí pasé dizque estudiando; donde tuve la suerte de traer a mi vida, compañera, amistades inapreciables, parentela y todo lo que ya les dije. Pero no; por lo demás ya casi ni me acuerdo.
De lo que si todavía me acuerdo, es de las serranías de allá del Sur. ¡Ah que bonitas…! Me acuerdo bien de aquella vez que nos metimos por el pueblo de Santa Catarina, y la emprendimos por el pedregal del cañón que le llaman La Huasteca, y que está en el mero desierto, entre paredes de piedra que se elevan más y más mientras más se adentra uno. Bueno, con decirles que al llegar a una de las altísimas paredes planas y verticales… notamos que estaríamos casi pared con pared con Chipinque y con Olinalá que están del otro lado, a medias de la sierra de La Eme.
Más delante, adentrándonos por el cañón, cada vez más desértico y más seco, nos causó azoro ver que estaban construyendo… ¡el bordo de una presa! ¿Una presa? ¿En el desierto? ¿Sin agua? No pos sí; sólo a estos norteños se les ocurre eso… pensamos.
Una sorpresa tras otra
Al oír las explicaciones de los técnicos que estaban en la construcción, entendimos que esto no era el bordo de una presa, si no que era una “cortina rompe picos” que serviría para amainar “los picos” de las avalanchas de agua que suceden cuando caen las grandes tormentas que suelen asolar a Monterrey (como el huracán “Gilberto” en 1988).
La sorna se convirtió en azoro y admiración por la previsión que tienen estas gentes ante los males eventuales. De hecho, a la fecha la “Cortina Rompepicos” ha salvado ya a la ciudad de varios de los desastres de antaño.
Las brechas que queríamos recorrer se veían cada vez más desérticas y desoladas; pero la inquietud -que desde siempre ha sido nuestro sino- nos llamaba a seguir adelante entre huisaches y pedregales donde las montañas se veían cada vez más escarpadas (y más bellas).
El agobio que sentíamos al pasar entre sus paredes nos provocaba un curioso sentimiento de misterio novelesco, temor, y admiración por la belleza que nos envolvía estrechándonos cada vez más.
Un callejón angosto nos llevo hasta lugares inaccesibles entre dos paredes imposibles de franquear. Seguimos a pié. Las rocas se presentaban extrañamente cada vez más lisas. Sus curvas perfiladas no se veían como formas naturales del desierto. Horas después, analizando… caímos en cuenta que estas formaciones habían sido talladas en millones de años, por las aguas de los mares donde estuvieron sumergidas.
Nuestro azoro culminó al ver que un poco más delante, en una planicie arenosa, con una altísima y formación rocosa escultural enfrente, existía nada menos que un pequeño templete. Un lugar de ofrendas y oración que era visitado frecuentemente por los wixaritari (huicholes) (las ofrendas que ahí encontramos eran recientes).
El lugar no podía ser más hermoso e inspirador. Dimos gracias a los dioses por el prodigio de estar ahí. Depositamos nuestras ofrendas en el pequeño altar… y con cuidado y respeto nos fuimos alejando poco a poco de aquel bellísimo y prístino lugar, que ilusionamos que —intacto y así de bello— pudiera ser disfrutado por alguien más.
Nuestro amigo Jorge Monroy —con maestría y talento— supo interpretar en su pintura toda la belleza y la pureza que merecen estas serranías. Gracias Yorch.