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Cuento corto

Una ciudad in-real

Puede ser una ciudad como cualquier otra en el mundo, llámese San Francisco, La Habana, Barcelona, París, Londres, Uruapan o Lagos de Moreno...
Desperté de un sueño profundo y como todos los sueños profundos siempre tarda uno en llegar a la superficie de la conciencia, tardé minutos en llegar a ella, con el humor y la energía a tope, tomé el baño diario, me afeité mi barba rala, desodorante y colonia, sin faltar la ropa que está de moda -es necesario vestir al último grito de la moda en una ciudad como la nuestra-, abordé mi coche para llevar a mi hijo de nueve años a la escuela, y al ir saliendo de la cochera de casa, en una zona bonita, como en cualquier ciudad bonita, cuando algo me inquietó, un cláxon que emitió cinco sonidos clásicos para recordarme que aún tengo progenitora, por supuesto la emisión del sonido venía de una gran camioneta, conducida por una gran señora con peinado de salón muy bien planchado, cigarrillo a los dedos y un celular en la misma mano, claro que los sonidos fueron con la intención de advertencia para no cruzarme en su camino, y evitar un trágico accidente, esa amabilidad sólo se da en ciudades como la nuestra; continué mi camino con destino a la escuela de mi hijo, al llegar a la siguiente calle la luz del semáforo me marcaba alto, o sea luz roja, atrás de mí una señora que probablemente era hermana gemela de la que antes me hiciera severa advertencia, emitía la tonada en su camionetota para que me pasara el alto, pues a mi corto pensar ella llevaba algo de prisa, no violé la ley, pero sí fui violado por una perorata que la dama me refirió, que no sabía si taparle los oídos a mi hijo o taparme la cara de vergüenza de ver a tan linda dama proferir adjetivos que cualquier carretonero hubiera deseado tener en su repertorio.

Pasado ese pequeño evento, aceleré la máquina de mi cochecito y ¡va que va! Caí en un pequeño agujero, hoyo o como aquí le llamamos bache, no era muy grande sólo alcanzaba a cubrir media llanta así que por la premura del tiempo, no le di mucha importancia y continuamos en nuestra ruta, una calle después ¡va que va! de nuevo una sacudida me hizo detener el cochecito, no era nada, bueno casi nada, un tope muy bien camuflado había sido el causante de ese pequeño movimiento, el cochecito sólo goteaba algo de aceite por el golpe que dimos al pasarlo, cerré los ojos un segundo para no llegar a enojarme, cuando -me imagino que era la otra hermana de las anteriores- y que me receta cinco nuevos claxonazos para que me hiciera a un lado y no interrumpir su camino, se lo agradecí en el corazón, mi hijo me vió a los ojos y un sonrisa acabó por completo con el inicio de un mal momento, continuamos nuestra ruta más tranquilos, antes de llegar a la escuela de mi hijo, ¡va que va! nuevamente una sacudida algo violenta, pero la resistió mi cochecito, me orillé a la orilla para no obstruir la circulación y evitar un recordatorio materno nuevamente, al bajar de mi coche con agrado vi que no era ni un bache, ni un tope, era un ex bache rellenado con una masa deforme que parecía una papa gigante, con la alegría a flor de piel abordé mi cochecito rumbo a la escuela de mi hijo que por cierto estaba casi al límite del tiempo para entrar, al llegar a su escuela había un congestionamiento que por un segundo creí que había un accidente gravísimo, puse reversa a mi vehículo y lo estacioné en un pequeño espacio y caminamos para llegar al colegio ¡y va que va! Eran muchas damas que bajan a sus hijos de sendos vehículos en segunda, tercera y hasta cuarta fila, a unos niños les echaban la bendición a otros casi les rezaban el rosario para que tuvieran un buen día y adquirieran una buena educación para ser unos grandes hombres del futuro para vivir en una gran ciudad como esta en la que vivimos, dejé a mi hijo justo a tiempo.

Antes de las dos de la tarde de ese día, regresé al mismo lugar por mi hijo, claro me había estacionado algunas cuadras antes para evitar obstruir los cochesotes que llegaban a recoger a los compañeritos de mi hijo, caminamos hasta donde había dejado el mío, abordamos y antes de iniciar el viaje de regreso a casa, mi hijo me preguntó con una sonrisa muy dulce en sus labios: “Papi ¿qué vas a escoger, bache, tope o chipote?”.

Lo miré a la cara, y en eso suena el timbre del teléfono y me despierta, di un salto gigantesco para contestar, era mi señora que había salido temprano a correr a Los Colomos y recordarme que debía llevar a mi hijo a la escuela. Menuda pesadilla la que estaba soñando, lo bueno que en esta ciudad no pasan esas cosas que estaba soñando.

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