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Crónica

Un domingo iluminado(con luces de neón)

“Me desconozco a mí mismo”, le dije a mi maestra de yoga mientras esperábamos la luz verde. Era domingo por la tarde de un día gris y contra todos mis principios –y mis pronósticos- conducía mi auto hacia uno de los grandes almacenes que se ubican en el cruce de Vallarta y Rafael Sanzio.

Con mucha razón hay quienes consideran que el pasatiempo máximo de los tapatíos es ir a meditar a los centros comerciales. Y a mí, que me tocó crecer entre los ochenteros pasillos de Plaza Patria, Plaza del Sol y Plaza México, la opción de pasar una tarde dominical en el interior de una tienda de autoservicio me resultaba el pretexto perfecto para alcanzar ese bajón anímico que –desde tiempos inmemoriales– antecede a los lunes.

Hubiera preferido un paseo por el parque o ir al cine tal vez, las cosas que uno puede proponer para el séptimo día. Ella, en cambio, pronunció una vocablo extranjero muy alejado de cualquier tradición oriental. Se trataba del nombre de una megatienda. Enseguida comenzó a aplicarse un brillito en los labios frente al espejo retrovisor.

El estacionamiento estaba a reventar, pero no importó. El universo se confabuló para que consiguiéramos un sitio de inmediato (aunque para ello tuviera que meterme en sentido contrario). “Pensé que no lo lograríamos”, dijo mientras yo le ponía el gancho de seguridad al volante, y por alguna extraña razón, ese comentario me hizo sentirme seguro.

La gente se atiborraba en la fuente de sodas para comprarse un hotdog y después mirar aquel paisaje de destellos metálicos que se extendía incluso después de la avenida y aún más allá. Aquello me pareció que cumplía con los requisitos de una postal zen contemporánea.

Ella le mostró su credencial al de la entrada y el empleado hizo una reverencia. Entramos sin ningún problema, lo que confirmó la fluidez que la vida nos otorga de cuando en cuando.

Era la primera vez que ella entraba a esta sucursal en particular, pero eso fue obstáculo para que su intuición nos llevara de inmediato por el pasillo indicado: aquel en el que encontramos un pastel de chocolate sobre el anaquel de los electrodomésticos, algo que mi amiga contempló como si se hubiera topado con una flor de loto reposando delicadamente sobre un espejo de agua.

Después de dar una vuelta de reconocimiento, nos dimos a la tarea de buscar las leches de soya. Encontramos varias. Estudiamos las diferentes listas de ingredientes, las comparamos entre sí y luego nos olvidamos del asunto para siempre.

En un recodo del camino nos encontramos con una señorita que nos ofreció un dedal de un brebaje sabor chocolate. No bien lo habíamos ingerido cuando se abrieron ante nuestros ojos infinitos pasillos refrigerantes, y nos dimos a la irracional búsqueda de la marca específica de crema que le ponen a su batido favorito de helado con incrustaciones de galletas Oreo, pero, misterio, no la encontramos. Llegué a la alucinada conclusión de que ni siquiera un domingo como éste podía ser perfecto.

Al final, mi maestra hizo fila en la caja con un solo producto: una monumental barra de queso menonita, lo que me hizo pensar en un gran emporio chihuahuense con una fachada a cuadros y en ovnis con forma de sombreros rancheros.

Antes, mucho antes de abandonar la tienda, ella comenzó a hacer planes sobre las cosas que compraría en una siguiente visita. Comprobé que las leyes del aquí y el ahora no tienen vigencia en el bodegón de las súper ofertas.

Mientras avanzábamos de regreso al auto, ella hizo una pausa y se quedó pensativa, bajo uno de los reflectores ya encendidos: dijo que necesitaba volver. Y yo al escuchar sus palabras me sentí vacío. Plenamente vacío.

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