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Crónica

Recién me había subido a un taxi en una mañana sabatina

Por: Gerardo lammers

Recién me había subido a un taxi en una mañana sabatina. Era uno de esos días en que si se miraba al cielo, no se sabía si haría un calor endemoniado, llovería a cántaros, o ambas cosas.
Mi cabeza estaba confusa, me encontraba cansado. No tenía ganas de pensar. Nos enfilábamos por el túnel de la Minerva y la perspectiva de un tránsito fluido hasta la Clínica 14, mi destino en los límites de Tlaquepaque, se antojaba imposible.
El taxista preguntó:
—¿Y usted qué hace?
—...
Por alguna razón mis conversaciones con taxistas suelen llevarme a los mismos lugares de siempre y ésta vez no estaba de humor para hablar de políticos ni de baches. Al final me ganó la amabilidad y abrí la boca:
—Trabajo en una revista de vinos.
Se hizo un ligero silencio.
Le estábamos dando la vuelta a la glorieta de las jícamas.
—¿Pero vinos de cuáles? ¿ron, tequila?
Oscuros nubarrones aparecían en la conversación.
—No, no, vinos de uva —dije, sintiéndome poseedor de una sofisticación que no venía al caso.
—Ah, ¿y para usted cuáles son los buenos?
—Pues...
Mi cabeza estaba confusa, me encontraba cansado.
—Bueno, lo que pasa es que así como hay buenos vinos mexicanos...
El taxista escuchaba con atención, o al menos lo aparentaba. Antes, cuando le pregunté si iba a usar el taxímetro, sospechosamente lo echó a andar, diciendo que a él le gustaba que sus clientes “se sintieran a gusto”. Me dio la impresión de que lo activó con la delicadeza de quien activa una bomba. De seguro el taxímetro está “arreglado”, pensé.
Proseguí:
—... así como hay buenos vinos mexicanos, hay buenos vinos españoles... chilenos... franceses... italianos... sudafricanos...
Iba a pronunciar “neozelandeses”, cuando el taxista frenó y puso las intermitentes ante la posibilidad de una carambola.
Eso no fue impedimento para que la conversación vitivinícola continuara con la misma fluidez que la del tráfico. Ahora las nubes le habían hecho un espacio al sol y se anunciaba un mediodía bochornoso, tropical yo diría.  
Para cuando nos encontrábamos en plena montaña rusa de Lázaro Cárdenas, le estaba explicando el concepto de terroir  y el por qué en el Valle de Guadalupe, debido a la cercanía con el mar y la mineralidad de la tierra, los vinos saben saladitos.
El taxista asentía.
—Así que de lo que se trata —, seguí ya con menos desgano, pero haciéndome bolas—, es que cada región del mundo produzca vinos que expresen, lo más fielmente posible, el sabor de esa región en particular.
—Ajá —, dijo el taxista.
—Por lo que en teoría no se puede afirmar que un cabernet sauvignon de Chile, digamos, sea mejor que uno de México.
Y como si fuera un gimnasta olímpico terminando mi ejercicio en las barras, preparé una correcta salida:
—No es que sean mejores ni peores unos vinos de otros: simplemente son diferentes.
El taxista asintió unos momentos, mirándome de reojo.
—O sea que es como con los cocos—, dijo.
Y también el taxista preparó la suya:
—Los de Lázaro Cárdenas son más dulces y los de Manzanillo, más desabridos. Pero los dos saben buenos.
Estábamos arribando a Río Nilo, en su cruce con Revolución. Ante nosotros se presentaba, como un extraño templo repleto de fieles, la clínica del IMSS. Incluso me pareció ver un chango columpiándose entre la maleza. No puse objeción a la cantidad marcada por el taxímetro.
Hacía calor y, la verdad, se antojaba un agua de coco.

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