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Conversión y valores
Es tiempo de mirar nuestro corazón, bucear en lo más íntimo de nuestro ser y ver qué es lo que pasa en nosotros mismos
Mientras tratamos de seguir el hilo a nuestras reflexiones, en torno a los valores que se forman en el corazón de cada ser humano y se aprenden primeramente en la familia, nos damos cuenta, con sorpresa, de que el 2011 avanza con acelerada rapidez y estamos ya en plena Cuaresma.
Es tiempo de mirar nuestro corazón, bucear en lo más íntimo de nuestro ser y ver qué es lo que pasa en nosotros mismos, para luego salir a “arreglar” el mundo.
Hablamos de valores y nos quedamos en la periferia. La juventud nos cuestiona, o simplemente no nos cree. ¿Por qué?
Tal vez porque no ponemos personalmente el buen ejemplo, cuando hablamos de veracidad, respeto, autenticidad, congruencia, puntualidad, deferencia, honestidad, responsabilidad, gentileza, paciencia, amabilidad, gratitud, religiosidad... y ya no digamos cuando pretendemos de los demás lo que se llama excelencia o santidad.
Un joven a un mayor, un niño a un adulto, o una persona a otra, sea cual sea su edad, puesto o estatus, podría decirle:
¿Cómo quieres respeto, si tú mismo no te respetas?
¿Cómo exiges puntualidad, si tú no eres puntual?
¿Cómo pides obediencia, si tú no obedeces ni a Dios?
¿Cómo demandas autenticidad, si buscas siempre un culpable para tus errores?
¿Cómo pides que cumpla mis deberes, si tú no das muestra de laboriosidad?
¿Cómo quieres veracidad a toda costa, cuando tú mismo mientes?
¿Cómo pregonas valores, si tú no das buen ejemplo?
Creo que con esto podría ser suficiente para elaborar un buen examen de conciencia, que nos haga sumergirnos en el propio corazón y ver en qué punto necesitamos insistir más para lograr una verdadera conversión.
Y en realidad no se trata nada más de los padres a los hijos; también podemos hablar de los hermanos y amigos entre sí, de los maestros y alumnos, de los jefes y los empleados, de los comerciantes y sus clientes, y en resumidas cuentas de todos los que formamos esa red social de personas que interactuamos conjuntamente para formar una sociedad.
No podemos esperar lo que no damos, ni siquiera en deseo, mucho menos en oración, en pedir a Dios para nosotros mismos y para los demás.
La conversión nos invita a volver la mirada hacia Dios y a encaminar nuestros pasos por las sendas que Él nos ha indicado desde siempre y que llevamos inscritas en el corazón, o sea en lo más íntimo de la conciencia.
Desde niñitos sabemos, aunque nos lo haya explicado claramente, que mentir no es bueno, que robares malo, que ofender o golpear a otro es pecado... aunque no lo llamemos con ese nombre.
Pero siempre es bueno repasar el código de ética y moral que conocemos como Los Mandamientos, y también es muy oportuno enseñarlo a los pequeños, porque eso les va a dar seguridad en la vida, sabiendo con claridad qué se debe hacer y qué se debe evitar.
Si analizamos detenidamente estos mandamientos desde una óptica realista y objetiva, nos damos cuenta de que no son imposiciones arbitrarias, sino señalamientos en el camino para encontrar la ruta mejor y evitar los escollos que pueden ser peligrosos.
Si a los delincuentes que tanto molestan a la sociedad se les hubiera instruido a tiempo en el seno de la familia, acerca lo que es voluntad de Dios, serían más felices, porque en vez de drogarse, robar, asaltar, secuestrar y enfrentarse violentamente con otros, irían de la mano con sus semejantes, y en colaboración, todos vivirían mejor y juntos serían capaces de construir un mundo nuevo más justo, más equitativo y amigable.
Elevemos una oración al Padre universal para que todos podamos ser más hermanos y juntos logremos cambiar nuestra mente, nuestros sentimientos yafectos, haciéndolos más conformes a las enseñanzas que Cristo Jesús nos dejó en su Evangelio.
María Belén Sánchez fsp
Es tiempo de mirar nuestro corazón, bucear en lo más íntimo de nuestro ser y ver qué es lo que pasa en nosotros mismos, para luego salir a “arreglar” el mundo.
Hablamos de valores y nos quedamos en la periferia. La juventud nos cuestiona, o simplemente no nos cree. ¿Por qué?
Tal vez porque no ponemos personalmente el buen ejemplo, cuando hablamos de veracidad, respeto, autenticidad, congruencia, puntualidad, deferencia, honestidad, responsabilidad, gentileza, paciencia, amabilidad, gratitud, religiosidad... y ya no digamos cuando pretendemos de los demás lo que se llama excelencia o santidad.
Un joven a un mayor, un niño a un adulto, o una persona a otra, sea cual sea su edad, puesto o estatus, podría decirle:
¿Cómo quieres respeto, si tú mismo no te respetas?
¿Cómo exiges puntualidad, si tú no eres puntual?
¿Cómo pides obediencia, si tú no obedeces ni a Dios?
¿Cómo demandas autenticidad, si buscas siempre un culpable para tus errores?
¿Cómo pides que cumpla mis deberes, si tú no das muestra de laboriosidad?
¿Cómo quieres veracidad a toda costa, cuando tú mismo mientes?
¿Cómo pregonas valores, si tú no das buen ejemplo?
Creo que con esto podría ser suficiente para elaborar un buen examen de conciencia, que nos haga sumergirnos en el propio corazón y ver en qué punto necesitamos insistir más para lograr una verdadera conversión.
Y en realidad no se trata nada más de los padres a los hijos; también podemos hablar de los hermanos y amigos entre sí, de los maestros y alumnos, de los jefes y los empleados, de los comerciantes y sus clientes, y en resumidas cuentas de todos los que formamos esa red social de personas que interactuamos conjuntamente para formar una sociedad.
No podemos esperar lo que no damos, ni siquiera en deseo, mucho menos en oración, en pedir a Dios para nosotros mismos y para los demás.
La conversión nos invita a volver la mirada hacia Dios y a encaminar nuestros pasos por las sendas que Él nos ha indicado desde siempre y que llevamos inscritas en el corazón, o sea en lo más íntimo de la conciencia.
Desde niñitos sabemos, aunque nos lo haya explicado claramente, que mentir no es bueno, que robares malo, que ofender o golpear a otro es pecado... aunque no lo llamemos con ese nombre.
Pero siempre es bueno repasar el código de ética y moral que conocemos como Los Mandamientos, y también es muy oportuno enseñarlo a los pequeños, porque eso les va a dar seguridad en la vida, sabiendo con claridad qué se debe hacer y qué se debe evitar.
Si analizamos detenidamente estos mandamientos desde una óptica realista y objetiva, nos damos cuenta de que no son imposiciones arbitrarias, sino señalamientos en el camino para encontrar la ruta mejor y evitar los escollos que pueden ser peligrosos.
Si a los delincuentes que tanto molestan a la sociedad se les hubiera instruido a tiempo en el seno de la familia, acerca lo que es voluntad de Dios, serían más felices, porque en vez de drogarse, robar, asaltar, secuestrar y enfrentarse violentamente con otros, irían de la mano con sus semejantes, y en colaboración, todos vivirían mejor y juntos serían capaces de construir un mundo nuevo más justo, más equitativo y amigable.
Elevemos una oración al Padre universal para que todos podamos ser más hermanos y juntos logremos cambiar nuestra mente, nuestros sentimientos yafectos, haciéndolos más conformes a las enseñanzas que Cristo Jesús nos dejó en su Evangelio.
María Belén Sánchez fsp