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Contra las buenas intenciones

Alguna vez tuve la debilidad de escribir una escena en la que el empleado de una oficina le prende fuego al automóvil de su jefe

GUADALAJARA, JALISCO.- “Escribir no es mostrarse, sino ocultarse y mutar. El confesionario es cosa de beatas y curas. La literatura es la forma extrema de la mentira: es reveladora, pero en ningún caso exhibicionista.

Alguna vez tuve la debilidad de escribir una escena en la que el empleado de una oficina le prende fuego al automóvil de su jefe. Cuando el libro en que se consigna aquello apareció, debí enfrentarme a una reiterada pregunta: “¿Lo hiciste? ¿Quemaste el auto de tu jefe?”.

Al diablo las conjugaciones, los puntos y comas, las tardes en que, con histeria digna de un almirante ante un desembarco, se pondera si hay que prolongar la vida de una frase con un punto y coma o decapitarla con un punto y seguido. Me vi de pronto fuera de las plácidas aguas del estilo y la estética, boqueando como guachinango algunas ordinarieces sobre el sistema capitalista, la justicia laboral, el trabajo como valor absoluto o relativo y la oficina moderna como el microcosmos en el que se reflejan las facetas más tenebrosas de la vida planetaria.

Llegó el momento en que mi propio jefe —porque soy, ay de mí, un mero empleado que escribe en ratos de ocio— me convocó a su oficina e hizo que su asistente me trajera una tacita de café. Me preocupé. Tuve que preocuparme.

—Felicidades por el libro. Ahora, explícame este asunto del auto del jefe que se quema.

De nada valió que citara a Nabokov y su repugnancia por ser identificado con el ilustrado paidófilo, Humbert Humbert; de nada que se desentrañara exegéticamente, como un estudioso del Antiguo Testamento, la frase maldita de Flaubert (“Madame Bovary soy yo”) y dejara asentado que se trataba de un asunto de estrategia discursiva en la prosa de largo aliento y no de que Flaubert se anduviera acostando con todos los caballeretes de la campiña francesa y nos los quisiera contar mediante la improvisación de una noveleta. Todo fue inútil. Tuve que dar garantías no sólo de lealtad y agradecimiento, sino comprometerme a jamás emprender averiguaciones sobre la marca del vehículo de mi jefe o el sitio preciso en que sería estacionado de ese día en adelante.

¿Qué lleva a la gente a sospechar que se escribe en lugar de contratar una hora en el diván de un psicoanalista? Yo lo sé y lo enuncio así: es tal la necesidad de espiar la vida ajena que se da por sentado que toda rendija que se abre en la personalidad común y corriente de un cualquiera (escribir un libro, por ejemplo) conduce directamente a la contemplación de los secretos que atesoran sus riñones, glándulas y apéndice, por no citar los de su pasado, presente y porvenir. Abrimos los libros como los romanos abrían las entrañas de los pájaros y hacemos deducciones mánticas en lugar de leer.”

Antonio Ortuño en: Contra Las buenas intenciones, Hans Ulrich Gumbrecht y Antonio Ortuño. Colección Versus. Tumbona Ediciones. México. 2008. 39 págs.
Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976) es autor de la novela Recursos Humanos, finalista del Premio Herralde de la editorial Anagrama. Hans Ulrico Gumbrecht (Würzburg, 1948) es ensayista y profesor alemán. Vive en Estados Unidos. Es autor de Elogio de la belleza atlética.

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