Suplementos
Conociendo a san Pablo desde su vida
Cuando los hermanos de la comunidad tuvieron la certeza de que un hermano había conducido a Pablo hasta el barco que lo llevaría hasta Atenas, regresaron a Berea
16 de agosto
Un nuevo horizonte
Cuando los hermanos de la comunidad tuvieron la certeza de que un hermano había conducido a Pablo hasta el barco que lo llevaría hasta Atenas, regresaron a Berea.
— ¿Se fue Pablo?
— Sí, iba contento, creo que le ilusionó predicar en Atenas, la ciudad de los sabios…
— ¿Y qué te dijo?
— Que Silas y Timoteo vayan allá lo más pronto posible…
— Está bien.
En Atenas
Por las calles de la hermosa ciudad, Pablo pasea como un forastero admirando la belleza de aquella ciudad incomparable…
Le llaman la atención los hermosos altares dedicados a dioses y diosas tradicionalmente invocados en Grecia, los mismos que en Roma son venerados con las mismas características, pero con otros nombres.
Cansado al fin de tanta confusión que se aglomera en sus pensamientos, le pregunta al primero que encuentra:
— Amigo, ¿dónde hay una Sinagoga?
— ¿No eres tú romano?
— Sí, pero…
— Vente conmigo, vamos al Ágora, allí encontraremos alguien que te oriente.
Se fueron caminando hacia la plaza pública, donde se reunían los atenienses a charlar de todo y a enterarse de las últimas novedades.
A su paso seguía viendo los distintos altares dedicados a los ídolos. De pronto algo le llamó fuertemente la atención:
— Espera, espera… aquí hay un altar con la inscripción “Al Dios desconocido”.
— Ciertamente, los atenienses somos muy religiosos y no queremos hacer menos a ninguno de los dioses que existen… Y por si acaso, también el Dios que no conocemos tiene su altar aquí.
— Pues bien, déjame decirte que ese Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo vengo a anunciarles.
Llegaron al Ágora y los amigos rodearon al ateniense…
—¿Qué hay de nuevo? ¿Con quien vienes ahora?
—Un hombre recién llegado a Atenas… Predicador de dioses extranjeros. Se llama Pablo… es un judío de Tarso…
—¿Judío, dices?
— Es romano… habla muy bien….
La invitación
En el Ágora asiste una gran cantidad de personas: unas se agrupan exponiendo sus teorías o relatando sucesos recientes; otros pasan de grupo en grupo; algunos más se detienen a escuchar lo que Pablo decía, y aunque les parecía interesante, no lo tomaban demasiado en serio.
Por la parte norte llega Dionisio, un hombre que pertenece al grupo de los sabios de Atenas. Tranquilo y sereno se acerca a un grupo y dice:
— ¿Dónde está el nuevo predicador?
Un muchacho le contesta amigablemente:
— Yo lo he visto… venga, es él, venga a verlo, conózcalo, está hablando….
Dionisio escucha atentamente su discurso.
--Yo les hablo de una sabiduría misteriosa y escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, porque nosotros no hablamos con palabras de sabiduría humana, sino las que nos ha enseñado el Espíritu…
Cuando Pablo termina, Dionisio se acerca a él y le dice:
— ¿Por qué no vas al Areópago?
— ¿A la tribuna de los sabios?
— Allí las cosas son más serias, y podrás exponer tus ideas con mayor precisión y ante un público más atento y más culto.
Pablo en el Areópago
Los atenienses pasean conversando cuando llega Pablo el invitado.
— ¿Quién es él?
— Un predicador que anuncia nuevas divinidades, me han dicho que habla mucho de Jesús y de Resurrección.
— ¿Lo has oído tú?
— Han de ser dos nuevos dioses… aunque verdaderamente yo no sé qué se pueda rescatar de toda esa palabrería que dicen sus discursos charlatanes.
— ¿Pero dices que anuncia un nuevo Dios? Vamos a oírle…
— Si quieres....
El discurso de Pablo
Cuando llegan, Pablo está iniciando su discurso:
— Atenienses, yo me doy cuenta de que ustedes son profundamente religiosos, pues en cada calle y en cada esquina de esta ciudad se levanta un altar. Pero hay un Dios que ustedes no conocen…
— ¿Cuál es ese nuevo Dios?
— Es el Dios que ha hecho el mundo y todo lo que contiene, es Aquél que, siendo Señor de cielo y tierra, no habita en templos hechos por las manos del hombre.
— ¿Cómo es eso?
— Él no tiene necesidad de nadie, pero da vida a todos y alienta todas las cosas… De un sólo hombre hizo nacer toda la raza humana, para que habitara toda la faz de la tierra. Él determinó el tiempo y el lugar donde cada pueblo había habitar, y los dejó libres para que por sí mismos le buscaran.
— ¿Buscarle? ¿En dónde?
— Dios no ésta lejos de ninguno de nosotros, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos; o como algún poeta ha dicho: somos estirpe del mismo Dios.
Se oyen murmullos de aprobación, y hasta algunos se atreven a exclamar:
¡Bravo, bravo!
— Por tanto, si nosotros somos de estirpe divina, no podemos creer que es Dios ninguna de esas imágenes de oro, de plata o de piedra tallada…
— ¿Qué dice?
— Han pasado ya los tiempos de la ignorancia...
— ¿De que ignorancia habla?
— Porqué Él ha fijado ya un día en el que juzgará al mundo con justicia por medio de Jesús, un hombre que ha resucitado de entre los muertos.
— Éste delira... resucitado…
— Se oyen murmullos y risas, y volviéndose a Pablo le dicen:
—¿Sabes? Te escucharemos otro día…
Y se alejan comentando:
— Resurrección… ¡resucitado! ¿es posible eso?
— Vámonos, pero yo no estoy arrepentido por haberle escuchado.
— Bah, si es un charlatán…
La decepción de Pablo
Pablo se quedó con un mal sabor de boca…
Recordaba otros sitios en los cuales había predicado… en todas partes habían escuchado el evangelio con avidez; y si había habido problemas, fue tan sólo por la envidia de los judíos…
Mentalmente repasaba los sitios donde había predicado: Antioquía, Iconio, Listra, Derbe, Filipos, Tesalónica, Berea...
Hombres estudiosos, conocedores de la Ley, gente sencilla y mujeres importantes… jóvenes y personas mayores, niños… gente de toda clase y condición habían recibido el Mensaje de Jesús con alegría, con sencillez de corazón y sin mayores problemas.
En cambio para estos atenienses, que presumían de poseer ciencia y una cultura de mucha tradición; para estos la verdadera sabiduría de la palabra de Dios les parecía paja, que ellos no podían aceptar ni habían querido recibir.
En silencio, Pablo rumiaba la tristeza de su corazón, se sentía solo, Silas y Timoteo no habían llegado todavía y le parecía que no vendrían nunca…
En esos momentos recordaba las palabras del Señor: “Le mostraré cuánto deberá padecer…”.
Y pensaba: “Es verdad, pero la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres; la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres; la sabiduría que yo predico no es de este mundo, es de Dios...”.
Los primeros cristianos de Grecia
— Pablo, espera…
— Tú… Dionisio, el del Areópago…
— Sí, te he buscado por toda la ciudad.
— Después de la experiencia de aquel día…
— Precisamente... tus palabras son palabras de vida
Y viendo a otros que acompañaban a Dionisio, Pablo preguntó:
—Y tú, ¿quién eres? ¿y ustedes?
—Yo soy Damaris, una mujer ateniense…
— Nosotros somos griegos, pero vivimos aquí...
— Queremos conocer bien a Jesús, de quien has hablado.
— Bendito sea Dios que los ha iluminado, les hablaré de él.
—Nosotros estamos dispuestos a seguir sus enseñanzas y a darle toda nuestra fe…
— Serán ustedes la primicia de una Iglesia, en esta ciudad que cree poseer la verdadera sabiduría y sin embargo vive en la ignorancia...
— Tienes razón, la sabiduría que me enorgullecía hasta ayer, me parece paja hoy que he escuchado tus palabras.
— Yo quiero consagrarme totalmente a Jesús resucitado que juzgará al mundo.
— Yo quiero darle toda mi vida y mi amor.
— Nosotros también; instrúyenos, Pablo, te lo suplicamos…
— Ven a mi casa, Pablo, allá tendremos más calma para escuchar tus palabras.
En la tranquila residencia de Dionisio, Pablo tuvo la oportunidad de sentar las bases para una Iglesia nueva que nacía como una semilla pequeñita, pero que podía llegar a ser grande como el árbol de mostaza del que hablaba el Señor Jesús.
Pablo habla del Señor Jesús
—Nunca dejaré de orar por ustedes, para pedir a Dios que lleguen al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, y para que siempre procedan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, dando frutos de toda obra buena.
— ¿Cómo podremos hacerlo?
— Creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con toda fuerza según el poder de su gloria, para ser constantes y pacientes en todo; dando con alegría gracias al Padre que les hizo capaces de participar en la herencia de los santos en la luz.
— Pablo, háblanos de Cristo, por favor…
— Cristo es la Imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, todo fue creado por Él y para Él, Él existe con anterioridad a todo. Por eso Dios quiso librarnos del poder de las tinieblas y trasladarnos al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados.
— Cristo el Hijo de Dios…
— Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien reconciliar por Él y para Él todas las cosas, los seres de la tierra y de los cielos.
— ¿Aunque nosotros no pertenecemos al pueblo judío?
— Ustedes en otro tiempo eran extraños, pero ahora los ha reconciliado por medio de la muerte en su cuerpo místico, para presentarlos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él…
— ¿Cuál es la condición?
— Con tal de que permanezcan sólidamente cimentados en la fe, firmes en la esperanza del Evangelio que ha sido proclamado a todas las criaturas bajo el cielo…
— ¡Qué afortunados somos al recibir tanta gracia!
— Tú, Dionisio, serás el encargado de guiar esta comunidad.
— ¿Por qué no te quedas, Pablo?
— Debo irme, es mi misión… Si llegan Silas y Timoteo, díganles que me fui a Corinto…
(Continuará...)
Un nuevo horizonte
Cuando los hermanos de la comunidad tuvieron la certeza de que un hermano había conducido a Pablo hasta el barco que lo llevaría hasta Atenas, regresaron a Berea.
— ¿Se fue Pablo?
— Sí, iba contento, creo que le ilusionó predicar en Atenas, la ciudad de los sabios…
— ¿Y qué te dijo?
— Que Silas y Timoteo vayan allá lo más pronto posible…
— Está bien.
En Atenas
Por las calles de la hermosa ciudad, Pablo pasea como un forastero admirando la belleza de aquella ciudad incomparable…
Le llaman la atención los hermosos altares dedicados a dioses y diosas tradicionalmente invocados en Grecia, los mismos que en Roma son venerados con las mismas características, pero con otros nombres.
Cansado al fin de tanta confusión que se aglomera en sus pensamientos, le pregunta al primero que encuentra:
— Amigo, ¿dónde hay una Sinagoga?
— ¿No eres tú romano?
— Sí, pero…
— Vente conmigo, vamos al Ágora, allí encontraremos alguien que te oriente.
Se fueron caminando hacia la plaza pública, donde se reunían los atenienses a charlar de todo y a enterarse de las últimas novedades.
A su paso seguía viendo los distintos altares dedicados a los ídolos. De pronto algo le llamó fuertemente la atención:
— Espera, espera… aquí hay un altar con la inscripción “Al Dios desconocido”.
— Ciertamente, los atenienses somos muy religiosos y no queremos hacer menos a ninguno de los dioses que existen… Y por si acaso, también el Dios que no conocemos tiene su altar aquí.
— Pues bien, déjame decirte que ese Dios que ustedes adoran sin conocerlo, es el Dios que yo vengo a anunciarles.
Llegaron al Ágora y los amigos rodearon al ateniense…
—¿Qué hay de nuevo? ¿Con quien vienes ahora?
—Un hombre recién llegado a Atenas… Predicador de dioses extranjeros. Se llama Pablo… es un judío de Tarso…
—¿Judío, dices?
— Es romano… habla muy bien….
La invitación
En el Ágora asiste una gran cantidad de personas: unas se agrupan exponiendo sus teorías o relatando sucesos recientes; otros pasan de grupo en grupo; algunos más se detienen a escuchar lo que Pablo decía, y aunque les parecía interesante, no lo tomaban demasiado en serio.
Por la parte norte llega Dionisio, un hombre que pertenece al grupo de los sabios de Atenas. Tranquilo y sereno se acerca a un grupo y dice:
— ¿Dónde está el nuevo predicador?
Un muchacho le contesta amigablemente:
— Yo lo he visto… venga, es él, venga a verlo, conózcalo, está hablando….
Dionisio escucha atentamente su discurso.
--Yo les hablo de una sabiduría misteriosa y escondida, destinada por Dios desde antes de los siglos para gloria nuestra, porque nosotros no hablamos con palabras de sabiduría humana, sino las que nos ha enseñado el Espíritu…
Cuando Pablo termina, Dionisio se acerca a él y le dice:
— ¿Por qué no vas al Areópago?
— ¿A la tribuna de los sabios?
— Allí las cosas son más serias, y podrás exponer tus ideas con mayor precisión y ante un público más atento y más culto.
Pablo en el Areópago
Los atenienses pasean conversando cuando llega Pablo el invitado.
— ¿Quién es él?
— Un predicador que anuncia nuevas divinidades, me han dicho que habla mucho de Jesús y de Resurrección.
— ¿Lo has oído tú?
— Han de ser dos nuevos dioses… aunque verdaderamente yo no sé qué se pueda rescatar de toda esa palabrería que dicen sus discursos charlatanes.
— ¿Pero dices que anuncia un nuevo Dios? Vamos a oírle…
— Si quieres....
El discurso de Pablo
Cuando llegan, Pablo está iniciando su discurso:
— Atenienses, yo me doy cuenta de que ustedes son profundamente religiosos, pues en cada calle y en cada esquina de esta ciudad se levanta un altar. Pero hay un Dios que ustedes no conocen…
— ¿Cuál es ese nuevo Dios?
— Es el Dios que ha hecho el mundo y todo lo que contiene, es Aquél que, siendo Señor de cielo y tierra, no habita en templos hechos por las manos del hombre.
— ¿Cómo es eso?
— Él no tiene necesidad de nadie, pero da vida a todos y alienta todas las cosas… De un sólo hombre hizo nacer toda la raza humana, para que habitara toda la faz de la tierra. Él determinó el tiempo y el lugar donde cada pueblo había habitar, y los dejó libres para que por sí mismos le buscaran.
— ¿Buscarle? ¿En dónde?
— Dios no ésta lejos de ninguno de nosotros, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos; o como algún poeta ha dicho: somos estirpe del mismo Dios.
Se oyen murmullos de aprobación, y hasta algunos se atreven a exclamar:
¡Bravo, bravo!
— Por tanto, si nosotros somos de estirpe divina, no podemos creer que es Dios ninguna de esas imágenes de oro, de plata o de piedra tallada…
— ¿Qué dice?
— Han pasado ya los tiempos de la ignorancia...
— ¿De que ignorancia habla?
— Porqué Él ha fijado ya un día en el que juzgará al mundo con justicia por medio de Jesús, un hombre que ha resucitado de entre los muertos.
— Éste delira... resucitado…
— Se oyen murmullos y risas, y volviéndose a Pablo le dicen:
—¿Sabes? Te escucharemos otro día…
Y se alejan comentando:
— Resurrección… ¡resucitado! ¿es posible eso?
— Vámonos, pero yo no estoy arrepentido por haberle escuchado.
— Bah, si es un charlatán…
La decepción de Pablo
Pablo se quedó con un mal sabor de boca…
Recordaba otros sitios en los cuales había predicado… en todas partes habían escuchado el evangelio con avidez; y si había habido problemas, fue tan sólo por la envidia de los judíos…
Mentalmente repasaba los sitios donde había predicado: Antioquía, Iconio, Listra, Derbe, Filipos, Tesalónica, Berea...
Hombres estudiosos, conocedores de la Ley, gente sencilla y mujeres importantes… jóvenes y personas mayores, niños… gente de toda clase y condición habían recibido el Mensaje de Jesús con alegría, con sencillez de corazón y sin mayores problemas.
En cambio para estos atenienses, que presumían de poseer ciencia y una cultura de mucha tradición; para estos la verdadera sabiduría de la palabra de Dios les parecía paja, que ellos no podían aceptar ni habían querido recibir.
En silencio, Pablo rumiaba la tristeza de su corazón, se sentía solo, Silas y Timoteo no habían llegado todavía y le parecía que no vendrían nunca…
En esos momentos recordaba las palabras del Señor: “Le mostraré cuánto deberá padecer…”.
Y pensaba: “Es verdad, pero la necedad de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres; la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza de los hombres; la sabiduría que yo predico no es de este mundo, es de Dios...”.
Los primeros cristianos de Grecia
— Pablo, espera…
— Tú… Dionisio, el del Areópago…
— Sí, te he buscado por toda la ciudad.
— Después de la experiencia de aquel día…
— Precisamente... tus palabras son palabras de vida
Y viendo a otros que acompañaban a Dionisio, Pablo preguntó:
—Y tú, ¿quién eres? ¿y ustedes?
—Yo soy Damaris, una mujer ateniense…
— Nosotros somos griegos, pero vivimos aquí...
— Queremos conocer bien a Jesús, de quien has hablado.
— Bendito sea Dios que los ha iluminado, les hablaré de él.
—Nosotros estamos dispuestos a seguir sus enseñanzas y a darle toda nuestra fe…
— Serán ustedes la primicia de una Iglesia, en esta ciudad que cree poseer la verdadera sabiduría y sin embargo vive en la ignorancia...
— Tienes razón, la sabiduría que me enorgullecía hasta ayer, me parece paja hoy que he escuchado tus palabras.
— Yo quiero consagrarme totalmente a Jesús resucitado que juzgará al mundo.
— Yo quiero darle toda mi vida y mi amor.
— Nosotros también; instrúyenos, Pablo, te lo suplicamos…
— Ven a mi casa, Pablo, allá tendremos más calma para escuchar tus palabras.
En la tranquila residencia de Dionisio, Pablo tuvo la oportunidad de sentar las bases para una Iglesia nueva que nacía como una semilla pequeñita, pero que podía llegar a ser grande como el árbol de mostaza del que hablaba el Señor Jesús.
Pablo habla del Señor Jesús
—Nunca dejaré de orar por ustedes, para pedir a Dios que lleguen al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, y para que siempre procedan de una manera digna del Señor, agradándole en todo, dando frutos de toda obra buena.
— ¿Cómo podremos hacerlo?
— Creciendo en el conocimiento de Dios; fortalecidos con toda fuerza según el poder de su gloria, para ser constantes y pacientes en todo; dando con alegría gracias al Padre que les hizo capaces de participar en la herencia de los santos en la luz.
— Pablo, háblanos de Cristo, por favor…
— Cristo es la Imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, todo fue creado por Él y para Él, Él existe con anterioridad a todo. Por eso Dios quiso librarnos del poder de las tinieblas y trasladarnos al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados.
— Cristo el Hijo de Dios…
— Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien reconciliar por Él y para Él todas las cosas, los seres de la tierra y de los cielos.
— ¿Aunque nosotros no pertenecemos al pueblo judío?
— Ustedes en otro tiempo eran extraños, pero ahora los ha reconciliado por medio de la muerte en su cuerpo místico, para presentarlos santos, inmaculados e irreprensibles delante de Él…
— ¿Cuál es la condición?
— Con tal de que permanezcan sólidamente cimentados en la fe, firmes en la esperanza del Evangelio que ha sido proclamado a todas las criaturas bajo el cielo…
— ¡Qué afortunados somos al recibir tanta gracia!
— Tú, Dionisio, serás el encargado de guiar esta comunidad.
— ¿Por qué no te quedas, Pablo?
— Debo irme, es mi misión… Si llegan Silas y Timoteo, díganles que me fui a Corinto…
(Continuará...)