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Confiar en Dios es sabiduría

“Miren las aves del cielo; miren como crecen los lirios del campo”

     El evangelio de este domingo es una lección de optimismo. El Señor Jesús ha escogido un escenario fresco y grato. Es la primavera florida y la campiña ostenta sus galas de fiesta, y en las ramas de los árboles brincan y cantan inquietos pajarillos.

     La multitud espera. Todos sentados en el césped, miran al Maestro, y Él ahora los alienta con un mensaje de confianza en el Padre bondadoso, creador y conservador tanto de lo inmensamente grande, como de esas flores silvestres y esas pequeñas aves canoras.

     Jesús conoce mejor que nadie el alma humana; sabe de las dolencias y preocupaciones de los hombres. Los ve angustiados porque eso de ganar el pan de cada día con el sudor de su rostro es agobiador, y quiere hacer más ligera esa carga.

     También pretende dar luz a esas mentes oscurecidas por su excesivo afán de ir siempre tras las cosas de la tierra, y se han olvidado de levantar su mirada y vivir la verdad de que todo lo terreno es por mientras --es decir, pasajero--, y  así aceptarlo. Los bienes materiales no han de ser el fin, sino medios por mientras se es caminante, y se han de dejar cuando termine la jornada de la vida.

“Miren las aves del cielo; miren como crecen los lirios del campo”

     Al invitar a los oyentes a mirar las aves, a contemplar las flores, no es conducirlos a la despreocupación, al incumplimiento, a la pereza. El mensaje tiene otro sentido más profundo. Es prevenir o liberar, si ya han caído en esa agustia desmesurada, en ese febril activismo, por ir siempre, a todas horas y con todos los recursos --aún los indebidos-- en pos de alcanzar los bienes materiales.

     En el siglo actual todo está en ofertas, la publicidad está siempre ofreciendo y creando necesidades y con ellas los correspondientes satisfactores. Así te llaman país de primer mundo, cuando todos consumen mucho porque se han creado mayor número de necesidades y se las han podido satisfacer.

     El hombre ha de luchar: si ha recibido un talento --moneda de tiempos de Cristo--, dos o cinco, no será para dejarlos en el seno de la tierra, sino para hacerlos producir trabajando.

     Mas no vivir solamente para esos afanes, sino saber confiar en el Padre providente que viste los lirios del campo y alimenta las aves del cielo, que no siembran, ni cosechan, ni tienen graneros.

     Dios no se olvida de nosotros, y nos cuida de la misma forma que una madre no se olvida del hijo de sus entrañas.

Dios es Padre, y como es padre, ama y provee

     Cristo vino a mostrar el rostro del Padre. Cuanto tiene el hombre, del Padre lo ha recibido.

     Hace cien años los que ahora pueblan este planeta todavía no habían llegado. Llegaron porque Dios los sacó de la nada, a la existencia. Les dio la vida y un corazón que empezó a latir, luego les dio ojos, oídos, inteligencia, voluntad, y después la capacidad de caminar. Mas no terminó allí la obra del Padre creador. Así como alimenta a los seres que pueblan los mares, a los que vuelan en los aires y a las fieras de los bosques, con más grande amor cuida y alimenta a los hombres.

     El pan de cada día, ese que el hombre lleva a su boca, es regalo del padre providente. Por Él la tierra produce fruto, las praderas se cubren de animales y el hombre dispone de ellos para su bien, porque es el rey de todo lo creado. Los bienes de este mundo son para todos, y todos tienen derecho a sentarse en el banquete de la vida.   

No se angustien

     La angustia se manifiesta siempre ante un peligro cercano. En nuestro país, en este siglo XXI, en este año 2011, la población vive en continua angustia por la inseguridad, muchos por carecer de trabajo y otros porque les falta lo necesario para hacer la vida.

     El evangelio de este domingo es una luz no para responder a la angustia ontológica, la angustia del ser y del no ser, muy traída y llevada por los filósofos existencialistas ateos.

     Aquí es una angustia menor: ¿qué comeremos’, ¿qué beberemos?, ¿cómo cubriremos nuestro cuerpo? Y la respuesta es mirarlo a Él, escucharlo a Él, y sus palabras son de consuelo, ya que muestra el rostro de Dios de donde procede todo bien, y al mismo tiempo para poner manos a la obra.

     El padre del monaquismo occidental, San Benito, en la “regla” de vida para sus monjes deja esta norma: ora et labora --reza y trabaja--.     

     San Ignacio de Loyola así se expresó: “Ora como si todo dependiera de la oración, y trabaja como si todo dependiera de la acción, pero sin angustias y con una misión más amplia, más alta, no clavados los ojos en las cosas materiales”.

Primacía del Reino de Dios

     Buscar también los bienes espirituales. En el capítulo sexto del evangelio según San Juan, hay dos partes distintas: la multiplicación de los panes, cuando con sólo cinco panes y dos peces, la multitud que seguía a Jesús para escucharlo comió hasta saciarse. Días después buscaron a Jesús y Él les dijo: “No busquen solamente el pan que alimenta el cuerpo, busquen el pan que alimenta el alma”, y les anunció que Él mismo era “el pan bajado del cielo”, y quien lo comiera viviría eternamente.

     Nadie debe angustiarse, pues, sólo por el pan para el cuerpo. Buscar el Reino de Dios es buscar el amor, la justicia, la paz, y no perder pisada en el verdadero sentido de ir siempre hacia Dios, día tras día.

     El principal valor en el tiempo es el ser humano, es la persona con clara vocación para la vida eterna, y está por encima del trabajo y del capital.

Nadie puede servir a dos amos

     Servir es estar a la disposición de un dueño. Si los dueños son dos y tienen voluntades distintas o contrarias, entonces el servidor le quedará mal a alguno de los dos. Podrá complacer a uno y el otro se disgustará.

     No es una maldición a las riquezas. Los bienes de este mundo son necesarios.

     Cristo condena el vicio, la inversión del orden natural; no el uso de los bienes, sino el abuso de los bienes; no el hecho de dominar la tierra, sino ser dominado, esclavizado, por los bienes terrenos.

     El hombre por su naturaleza ha nacido libre, y él solo se esclaviza cuando se entrega a servir no a Dios, sino al dinero. Las riquezas son para el hombre y no el hombre para las riquezas.

     Todo lo puede tener el hombre, para su dominio y su uso. Pero si se invierte el orden, no es el hombre, sino el dinero, el amo y señor; y el hombre, endurecido y ciego, va por la vida en condición de esclavo de la riqueza.  

José R. Ramírez Mercado

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