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Cómo entenderse en China

Ni unos ni otros

En un restaurante de moda en Beijing, los comensales de una mesa, con sus acreditaciones olímpicas colgadas del cuello, comienzan a estresarse. "¿La cuenta? ¿La factura? ¿Pagar? ¿Dinero?", preguntan en inglés, mientras la mesera abre los ojos sin comprender nada.

"Maidan. Es la palabra mágica que hay que retener, maidan", interviene una turista que ha ido en auxilio de los comensales, y que sin duda aprendió esa palabra la víspera. En Beijing, donde poca gente habla otra lengua que no sea el mandarín, más vale observar, ser paciente y a veces hacer prueba de un poco de imaginación.

Lincoln Johnson, de 43 años, acaba de llegar y no ha cenado. Demasiado complicado. "Estaba cansado y habría querido una comida para llevar. ¿Pero cómo explicar eso? He renunciado. He comprado patatas fritas y me he ido a la cama", confía el londinense.

"Se nos había dicho que en Beijing, habían hecho esfuerzos para aprender un inglés básico en el momento de los Juegos. Estamos lejos de eso", afirma su compatriota Lesley Wills, en la plaza Tiananmen.

"Felizmente, mi marido es un antiguo boy-scout y nos puede orientar un poco", afirma una francesa, con un abanico chino en la mano.

Para estos franceses, que han viajado para ver a su hijo, a su yerno y a su ahijado "que están en el mismo barco" en competición de remo, Beijing es un terreno de juegos para disfrutar.

"El otro día, cenamos en un lugar donde el menú era enteramente en chino. Pedimos a la camarera que decidiera por nosotros, pero no quiso.

Entonces elegimos al azar. Nos trajo cosas que no se podían comer. No llegamos a saber qué era", afirma Hubert Pelé, uno de los franceses.

En cuanto a transportes, el metro es fácil, el autobús un poco menos y en los taxis, innumerables, basta con mostrar una dirección escrita en chino.

Para encontrar una dirección, la cosa se complica más. "No sé decir nada en chino y ellos no entienden nada en inglés, entonces agito los brazos hacia una dirección para ver si es la correcta y ellos asienten o no. Eso funciona muy bien", explica el padre de un deportista holandés en competición.

Una de las contrariedades más a menudo citadas son las indicaciones inventadas para no reconocer que no se sabe la respuesta o no entienden.
"Todo el mundo quiere ayudar y a menudo nos envían en la mala dirección", constata la británica Irene Jones.

Pero la única verdadera dificultad, finalmente, es buscar entradas para las pruebas olímpicas.

"Todavía no lo hemos conseguido", afirma Fabricio Marmoraci, de 22 años, acompañado de su padre con indumentaria con los colores de Brasil. "La confusión reina. Hemos pasado mucho tiempo al teléfono y en los transportes, para nada", añade Jones.

Lenelle Suharta, una estadounidense de 65 años, tuvo suerte: su hotel alberga a un grupo de aficionados británicos de remo. Con su entrada en el bolsillo, tiene que irse, los la Juegos esperan.

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