Suplementos
Cerro del Cuatro: Devastación y olvido
Del libro Circe, editado por la Universidad de Guadalajara a través del centro universitario Los Lagos.
La ciudad despertó entre marañas de lluvia,
los niños juegan con barquitos a que nada pasó,
la mujeres recogen pedazos de hogar o lo que el cielo
caído les dejó.
Cuento
Hace tiempo me cansé de perseguir en cada rincón la felicidad. De correr como loco por las calles detrás de su cauda fugaz y prometedora. Decidí esperarla sentado y para ello escogí una banca de la plaza frente a la iglesia. La felicidad llegaría y se posaría a mi lado cuando fuera prudente. Mientras sucedía recapitulé mi vida, justo antes de que el sol y el viento me curtieran la memoria a fuerza de silencio. Envejecí sentado en la plaza y enseguida tomé conciencia de mi ancianidad. Entonces vino Circe. Llegó con la tibia complexión de una tarde de marzo. Traía empalmado en el corazón el veneno de un deseo, y sonreía. Tomó asiento no muy lejos de mí, lo suficiente para mirarla discretamente y adivinar lo del deseo y lo del veneno. Supe que su rostro se le había extraviado a la multitud para siempre. Desde entonces la vi con frecuencia. Su lugar distaba algunos metros del mío, bajo el laurel. A veces venía de mañana y compartíamos desde nuestros lugares el mismo horizonte. O por las tardes extendíamos en el cielo a nuestro fantasma, como quien diseca un negro insecto. Circe siempre jugó a callar y yo desentrañaba de su silencio mi risa y las torpes palabras que en otras condiciones yo le habría dicho. Era muy joven. Su mirada aún era breve como la primera tarde de lluvias. Para diciembre yo había olvidado lo del veneno y lo del deseo ante mi urgencia de no perderla, así, sin haberla tenido realmente. Me puse de pie y pensé en hablar con ella. Quise retenerla como a un fantasma disecado en pleno cielo.
Carraspeé. Antes de que yo pudiera pronunciar la primera palabra, Circe comenzó a envenenarse. Ella no lo supo, pero esa tarde su mirada ligera no inflamó más mi pensamiento. La siguiente noche dejé de descifrarla como si fuera un fascinante símbolo en constante cambio bajo el laurel. Y no lo supo ni lo supe, o tal vez sí, pero tuve que dejar de quererla. Circe se convirtió en una silueta más de la rutina. De cualquier forma, estoy seguro de que Circe no era la felicidad que sigo esperando sentado, sin carraspear y sin mover un dedo.
por: Beatriz Ortiz Wario
los niños juegan con barquitos a que nada pasó,
la mujeres recogen pedazos de hogar o lo que el cielo
caído les dejó.
Cuento
Hace tiempo me cansé de perseguir en cada rincón la felicidad. De correr como loco por las calles detrás de su cauda fugaz y prometedora. Decidí esperarla sentado y para ello escogí una banca de la plaza frente a la iglesia. La felicidad llegaría y se posaría a mi lado cuando fuera prudente. Mientras sucedía recapitulé mi vida, justo antes de que el sol y el viento me curtieran la memoria a fuerza de silencio. Envejecí sentado en la plaza y enseguida tomé conciencia de mi ancianidad. Entonces vino Circe. Llegó con la tibia complexión de una tarde de marzo. Traía empalmado en el corazón el veneno de un deseo, y sonreía. Tomó asiento no muy lejos de mí, lo suficiente para mirarla discretamente y adivinar lo del deseo y lo del veneno. Supe que su rostro se le había extraviado a la multitud para siempre. Desde entonces la vi con frecuencia. Su lugar distaba algunos metros del mío, bajo el laurel. A veces venía de mañana y compartíamos desde nuestros lugares el mismo horizonte. O por las tardes extendíamos en el cielo a nuestro fantasma, como quien diseca un negro insecto. Circe siempre jugó a callar y yo desentrañaba de su silencio mi risa y las torpes palabras que en otras condiciones yo le habría dicho. Era muy joven. Su mirada aún era breve como la primera tarde de lluvias. Para diciembre yo había olvidado lo del veneno y lo del deseo ante mi urgencia de no perderla, así, sin haberla tenido realmente. Me puse de pie y pensé en hablar con ella. Quise retenerla como a un fantasma disecado en pleno cielo.
Carraspeé. Antes de que yo pudiera pronunciar la primera palabra, Circe comenzó a envenenarse. Ella no lo supo, pero esa tarde su mirada ligera no inflamó más mi pensamiento. La siguiente noche dejé de descifrarla como si fuera un fascinante símbolo en constante cambio bajo el laurel. Y no lo supo ni lo supe, o tal vez sí, pero tuve que dejar de quererla. Circe se convirtió en una silueta más de la rutina. De cualquier forma, estoy seguro de que Circe no era la felicidad que sigo esperando sentado, sin carraspear y sin mover un dedo.
por: Beatriz Ortiz Wario