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Cerámica, a fuego lento

Las primeras piezas de barro se modelaron a mano con técnicas que aún perduran en las escuelas de cerámica y en los talleres de los artesanos. El ceramista, desde épocas primitivas tomaba la masa de arcilla y con sus manos abría un hueco al centro usando sólo las yemas de sus dedos.

Primera parte

  E l término cerámica proviene del griego keramos -arcilla-, y la palabra alfarería, del árabe alfar; ambos conceptos son aplicables al trabajo alfarero, ya que el primero es todo material de arcilla fisionable a determinada temperatura, sin importar el tipo de

tecnología utilizada; el segundo se aplica al trabajo de barro, indiscriminadamente.

Aunque ningún pueblo puede reclamar la paternidad de esta actividad que ha acompañado al hombre a lo largo de la historia, varios estudiosos de la materia -como el mexicano López Cervantes y el inglés Nelson, entre otros-, coinciden en afirmar que la alfarería surgió en el Cercano Oriente, concretamente en Persia, Egipto y Mesopotamia hacia el año 5000 a .C. La mayoría de las piezas antiguas encontradas tenían un carácter predominantemente práctico, o eran diseñadas con fines utilitarios. En Asia Central y en el cercano Oriente se utilizaban tuberías de drenaje y caños de cerámica desde el año 2500 a .C. Los asirios y babilonios usaban baldosas y ladrillos decorados con figuras pintadas, o modelos barnizados, cientos de años antes de la Era Cristiana. Refiriéndonos al continente Americano, la alfarería Chimú del Perú se ubica entre los años 2000 y 2500 a .C. Al mismo tiempo, en los valles del centro de México, en el horizonte que llamamos preclásico, entre los años 1500 y 2000 a .C., aparecen las graciosas figuritas de Tlatilco y Chupícuaro, esculpidas en un barro de excelente calidad y gran tecnología en su cochura y construcción. Algunos historiadores han sugerido que el descubrimiento de las virtudes de una arcilla horneada se debió a un simple accidente, algo así como si una cesta cubierta de barro, para que fuera más útil  buscando contener semillas y granos, cayese a la hoguera y al quemarse, sólo hubiera quedado la forma dura de la arcilla sancochada. Muchos de los objetos encontrados tienen las “huellas” del decorado de una cesta. Las primeras piezas de barro se modelaron a mano con técnicas que aún perduran en las escuelas de cerámica y en los talleres de los artesanos. El ceramista, desde épocas primitivas tomaba la masa de arcilla y con sus manos abría un hueco al centro usando sólo las yemas de sus dedos, con ellos iba modelando poco a poco la pieza  siguiendo la voz indicativa de la materia húmeda y dúctil. También utilizaba la técnica de churro, que consistía en ir enredando en forma de espiral, rollos de un centímetro aproximadamente, que se unían por medio de agua hasta levantar piezas de formas diversas, tanto ornamentales como utilitarias. 

El invento del torno como herramienta de auxilio, también se fue dando de manera independiente en varias partes del mundo. Los más antiguos datan del año 3,500 a .C.  Las primeras vasijas hechas con arcillas gruesas que se encontraron en Egipto, eran jarros rojos con fondos puntiagudos que se hacían con el fin de fijarlos en la arena del desierto; estos no tenían decoraciones, pero sí un barniz impermeable llamado barniz azul egipcio.

El desarrollo de la alfarería griega es paralelo al apogeo de su comercio y se distinguió por la elaboración de cerámica utilitaria. Las ánforas se utilizaban para transportar los vinos y los granos. Estos recipientes se hacían por secciones en el torno y posteriormente se unían. Su  decoración sufrió muchos cambios en cuanto a estilos debido a la influencia de las diversas culturas con las que comerciaban; sin embargo, la constante en la forma, fue la figura humana, valor estético fundamental en esta civilización. La alfarería romana tenía un carácter más práctico que la griega. Los romanos diseñaron moldes para producir grandes volúmenes de piezas como lámparas, jaulas, y hasta billetes de entrada a los torneos de gladiadores, decoradas con figuras típicas de intereses sociales. Su cerámica estaba orientada hacia la eficiencia y la producción; sin embargo, también dejaron una cerámica exquisita proveniente de la cultura etrusca, que había dominado Italia central durante 100 años: La cerámica bucero, en ella predominaron las copas y vasos de arcilla negra sin pintar, con  formas delicadas e incisiones de gran valor artístico. No obstante la riqueza de las manifestaciones artísticas de las culturas occidentales primitivas, fue al Lejano Oriente a quien le tocó ocupar la cumbre de la alfarería. En la Época de la dinastía china Sung (960-1279), la cerámica llegó a su edad de oro; tanto en el gres como en la porcelana. Su belleza proviene de la forma, el color, la textura y la aplicación de  sus barnices. La dinastía Ming (1368-1644) es también muy admirada, especialmente por la porcelana azul y blanca, así como por las piezas  policromadas con brillantes colores. Para muchos chinos la porcelana era más preciada que el oro o la plata, y de igual valor que el jade. Cuando se referían a dicha técnica, era tanto su respeto que a sus ingredientes les llamaban: huesos y carne, considerando la fabricación de la alfarería un acto divino que contaba con la complacencia de los dioses. La alfarería del Japón y Corea también revestía matices religiosos en la fabricación del Chawan (pequeño tazón) que se utilizaba en la ceremonia del té. Estos tazones eran por lo general asimétricos y se guardaban en cajas forradas con maderas preciosas. Los japoneses no pudieron rivalizar con la porcelana china Ming que admiraban mucho, pero en el siglo XVII se comenzó a fabricar una porcelana de una rara calidad: pasta excepcional, perfección del esmaltado y  concepción fuera de lo común de las decoraciones. Esta porcelana se elaboraba en la provincia del clan “Nabeshima”, es un estilo en sí misma: le mira y no espera más que el diálogo. Este clan de alfareros fabricaba piezas exquisitas hechas de color blanco y azul, aplicando los esmaltes sobre barniz y sometiéndolas a varias cocciones, lo que daba como resultado piezas que se conocieron en el mundo entero. La porcelana blanquísima del Japón del siglo XVII se producía en Arita, pueblo cercano al puerto de Imari, de donde partían a Europa (principalmente a Holanda), piezas de inigualable belleza que se conocen como: Cerámica Imari, valorada en el mundo entero.

texto y fotos: toni Guerra



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