Cerámica, a fuego lento
Las primeras piezas de barro se modelaron a mano con técnicas que aún perduran en las escuelas de cerámica y en los talleres de los artesanos. El ceramista, desde épocas primitivas tomaba la masa de arcilla y con sus manos abría un hueco al centro usando sólo las yemas de sus dedos.
Primera parte
Aunque ningún pueblo puede reclamar la paternidad de esta actividad que ha acompañado al hombre a lo largo de la historia, varios estudiosos de la materia -como el mexicano López Cervantes y el inglés Nelson, entre otros-, coinciden en afirmar que la alfarería surgió en el Cercano Oriente, concretamente en Persia, Egipto y Mesopotamia hacia el año
El desarrollo de la alfarería griega es paralelo al apogeo de su comercio y se distinguió por la elaboración de cerámica utilitaria. Las ánforas se utilizaban para transportar los vinos y los granos. Estos recipientes se hacían por secciones en el torno y posteriormente se unían. Su decoración sufrió muchos cambios en cuanto a estilos debido a la influencia de las diversas culturas con las que comerciaban; sin embargo, la constante en la forma, fue la figura humana, valor estético fundamental en esta civilización. La alfarería romana tenía un carácter más práctico que la griega. Los romanos diseñaron moldes para producir grandes volúmenes de piezas como lámparas, jaulas, y hasta billetes de entrada a los torneos de gladiadores, decoradas con figuras típicas de intereses sociales. Su cerámica estaba orientada hacia la eficiencia y la producción; sin embargo, también dejaron una cerámica exquisita proveniente de la cultura etrusca, que había dominado Italia central durante 100 años: La cerámica bucero, en ella predominaron las copas y vasos de arcilla negra sin pintar, con formas delicadas e incisiones de gran valor artístico. No obstante la riqueza de las manifestaciones artísticas de las culturas occidentales primitivas, fue al Lejano Oriente a quien le tocó ocupar la cumbre de la alfarería. En la Época de la dinastía china Sung (960-1279), la cerámica llegó a su edad de oro; tanto en el gres como en la porcelana. Su belleza proviene de la forma, el color, la textura y la aplicación de sus barnices. La dinastía Ming (1368-1644) es también muy admirada, especialmente por la porcelana azul y blanca, así como por las piezas policromadas con brillantes colores. Para muchos chinos la porcelana era más preciada que el oro o la plata, y de igual valor que el jade. Cuando se referían a dicha técnica, era tanto su respeto que a sus ingredientes les llamaban: huesos y carne, considerando la fabricación de la alfarería un acto divino que contaba con la complacencia de los dioses. La alfarería del Japón y Corea también revestía matices religiosos en la fabricación del Chawan (pequeño tazón) que se utilizaba en la ceremonia del té. Estos tazones eran por lo general asimétricos y se guardaban en cajas forradas con maderas preciosas. Los japoneses no pudieron rivalizar con la porcelana china Ming que admiraban mucho, pero en el siglo XVII se comenzó a fabricar una porcelana de una rara calidad: pasta excepcional, perfección del esmaltado y concepción fuera de lo común de las decoraciones. Esta porcelana se elaboraba en la provincia del clan “Nabeshima”, es un estilo en sí misma: le mira y no espera más que el diálogo. Este clan de alfareros fabricaba piezas exquisitas hechas de color blanco y azul, aplicando los esmaltes sobre barniz y sometiéndolas a varias cocciones, lo que daba como resultado piezas que se conocieron en el mundo entero. La porcelana blanquísima del Japón del siglo XVII se producía en Arita, pueblo cercano al puerto de Imari, de donde partían a Europa (principalmente a Holanda), piezas de inigualable belleza que se conocen como: Cerámica Imari, valorada en el mundo entero.