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Casa de Citas
La hija de la amante
La hija de la amante
“Conocí a mis padres en un coche aparcado a la vuelta de la esquina del hospital. Ellos estaban estacionados en una calle del centro de Washington, en medio de una tormenta de nieve, a la espera de que me entregaran. Llevaban ropa para vestirme, para disfrazarme, para empezar a adueñarse de mí. Aquella recogida secreta y la entrega fueron realizadas por una amiga vestida adrede con andrajos: la finalidad del disfraz era no llamar la atención, no facilitar información; éste es otro de los detalles que no conocí hasta que tuve más de veinte años. Mis padres se quedaron sentados en el coche, inquietos, mientras la vecina entraba en el hospital para recogerme. Era una misión secreta, algo podía fallar. Ella –la madre- podía cambiar de opinión. Esperaban sentados y entonces la vecina apareció caminando con un bulto en los brazos. Me entregó a mi madre y mis padres me llevaron a casa: misión cumplida.
Sólo tengo en mi cabeza la versión de la película casera. Un coche grande, anticuado, de 1961. Centro de Washington. Nieve. Nerviosismo. Emoción.
Dice la historia que mi hermano, Jon, tan orgulloso, tan emocionado por la llegada del bebé a casa, salió al camino de entrada con una pancarta que él y mi abuela habían confeccionado: «Bienvenida a casa, hermanita». Mi llegada siempre fue descrita como si se tratara de un momento mágico, como si un hada hubiera agitado una varita y declarado que la familia estaba curada y me hubiera dejado allí como un símbolo, un talismán para arreglarlo todo, para acabar con la congoja de unos padres.
Me llevaron a lo largo del pasillo y me tendieron en la cama grande del dormitorio de mis padres. Los vecinos, las tías y los tíos, todos vinieron a verme; un regalo, el bebé más hermoso que habían visto nunca. Tenía el pelo negro y espeso, erguido como un cohete espacial, y mis ojos eran de un azul brillante.
—Tenías la mejillas preciosas y rosadas; te devoramos con los ojos. Eras perfecta.
Pensar en las diferencias por adelantado: si hubiera sido un niño no adoptado, los miembros de la familia habrían visitado el hospital. Me habrían visto con mi madre o me habrían visitado en la nursery y me habrían reconocido en la hilera de cunitas expuestas, como en una rueda de sospechosos en comisaría.
Pero aquí todo empieza con una llamada telefónica: Su paquete ha llegado y está envuelto en cintas rosas”.
A.M. Homes. La hija de la amante. Anagrama. España. 2008. 212 págs.
La autora ha sido denominada por The New York Times Book Review como la “mejor retratista de la depravación contemporánea”. Es profesora en la Universidad de Columbia.
La chica de las medias
“Los demás habían entrado al departamento pero la chica y Andrés permanecían junto al rostro azul y el cuerpo descoyuntado y mal colocado, que para fortuna de los dos, la ropa ocultaba. Andrés se hincó junto a la monja y buscó la otra mano. Si había sangre la propia ropa y la tierra del jardín la habían absorbido. La otra mano parecía salir del cuerpo que aplastaba el brazo; estaba cerrada. Se asomaba la esquina de un papel. Andrés la abrió con dificultad y extrajo la nota. La iba a leer allí, junto a la muerta y la chica de las piernas de pie a su lado, pero los llamaron. Entonces vio que el rostro de la chica permanecía fijo en la ventana abierta y dudó si lo habría visto tomar la nota. Andrés se guardó la nota en el pantalón.
Mientras esperaban a la policía se sirvieron el resto del cava pues el alcohol había huido de sus venas y lo necesitaban. Cuando llegaron las autoridades, les preguntaron muchas cosas: que quién la había visto, que si la conocían, que si era extraña, que si habían visto algún papel. Luego subieron al departamento de la monja y se escuchó cómo derribaban la puerta.”
Mónica Lavín. La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert. Punto de lectura. 2008. México.122 págs.
La autora nació en la ciudad de México en 1955. Es autora de seis libros de cuentos. Ha escrito varias novelas, como Café cortado y Hotel Limbo. Es profesora en la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores.
“Conocí a mis padres en un coche aparcado a la vuelta de la esquina del hospital. Ellos estaban estacionados en una calle del centro de Washington, en medio de una tormenta de nieve, a la espera de que me entregaran. Llevaban ropa para vestirme, para disfrazarme, para empezar a adueñarse de mí. Aquella recogida secreta y la entrega fueron realizadas por una amiga vestida adrede con andrajos: la finalidad del disfraz era no llamar la atención, no facilitar información; éste es otro de los detalles que no conocí hasta que tuve más de veinte años. Mis padres se quedaron sentados en el coche, inquietos, mientras la vecina entraba en el hospital para recogerme. Era una misión secreta, algo podía fallar. Ella –la madre- podía cambiar de opinión. Esperaban sentados y entonces la vecina apareció caminando con un bulto en los brazos. Me entregó a mi madre y mis padres me llevaron a casa: misión cumplida.
Sólo tengo en mi cabeza la versión de la película casera. Un coche grande, anticuado, de 1961. Centro de Washington. Nieve. Nerviosismo. Emoción.
Dice la historia que mi hermano, Jon, tan orgulloso, tan emocionado por la llegada del bebé a casa, salió al camino de entrada con una pancarta que él y mi abuela habían confeccionado: «Bienvenida a casa, hermanita». Mi llegada siempre fue descrita como si se tratara de un momento mágico, como si un hada hubiera agitado una varita y declarado que la familia estaba curada y me hubiera dejado allí como un símbolo, un talismán para arreglarlo todo, para acabar con la congoja de unos padres.
Me llevaron a lo largo del pasillo y me tendieron en la cama grande del dormitorio de mis padres. Los vecinos, las tías y los tíos, todos vinieron a verme; un regalo, el bebé más hermoso que habían visto nunca. Tenía el pelo negro y espeso, erguido como un cohete espacial, y mis ojos eran de un azul brillante.
—Tenías la mejillas preciosas y rosadas; te devoramos con los ojos. Eras perfecta.
Pensar en las diferencias por adelantado: si hubiera sido un niño no adoptado, los miembros de la familia habrían visitado el hospital. Me habrían visto con mi madre o me habrían visitado en la nursery y me habrían reconocido en la hilera de cunitas expuestas, como en una rueda de sospechosos en comisaría.
Pero aquí todo empieza con una llamada telefónica: Su paquete ha llegado y está envuelto en cintas rosas”.
A.M. Homes. La hija de la amante. Anagrama. España. 2008. 212 págs.
La autora ha sido denominada por The New York Times Book Review como la “mejor retratista de la depravación contemporánea”. Es profesora en la Universidad de Columbia.
La chica de las medias
“Los demás habían entrado al departamento pero la chica y Andrés permanecían junto al rostro azul y el cuerpo descoyuntado y mal colocado, que para fortuna de los dos, la ropa ocultaba. Andrés se hincó junto a la monja y buscó la otra mano. Si había sangre la propia ropa y la tierra del jardín la habían absorbido. La otra mano parecía salir del cuerpo que aplastaba el brazo; estaba cerrada. Se asomaba la esquina de un papel. Andrés la abrió con dificultad y extrajo la nota. La iba a leer allí, junto a la muerta y la chica de las piernas de pie a su lado, pero los llamaron. Entonces vio que el rostro de la chica permanecía fijo en la ventana abierta y dudó si lo habría visto tomar la nota. Andrés se guardó la nota en el pantalón.
Mientras esperaban a la policía se sirvieron el resto del cava pues el alcohol había huido de sus venas y lo necesitaban. Cuando llegaron las autoridades, les preguntaron muchas cosas: que quién la había visto, que si la conocían, que si era extraña, que si habían visto algún papel. Luego subieron al departamento de la monja y se escuchó cómo derribaban la puerta.”
Mónica Lavín. La corredora de Cuemanco y el aficionado a Schubert. Punto de lectura. 2008. México.122 págs.
La autora nació en la ciudad de México en 1955. Es autora de seis libros de cuentos. Ha escrito varias novelas, como Café cortado y Hotel Limbo. Es profesora en la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Creadores.