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Capicua

Parece que la lluvia por fin se aleja de Guadalajara

Parece que la lluvia por fin se aleja de Guadalajara, casi es un hecho, a no ser que la fuerza de algún nuevo huracán nos alcance de un revés. Tan refrescante y necesaria que es la lluvia; sin embargo, en esta ciudad cada año que pasa las tormentas se traducen en inundación, embotellamiento, peligro vial y peatonal, descompostura de autos, pérdidas materiales, sin mencionar las llegadas tarde y los eventos a cancelar. Tan verdes que se ponen los jardines y limpios los aires, pero eso ya no basta para compensar el caos. Los daños cada vez son mucho mayores que los beneficios. Gran parte se debe a la insuficiente capacidad de tuberías y drenajes, rebasada desde hace años. Pero la culpa también es de todos nosotros –peatones y automovilistas- que hemos hecho de calles y banquetas nuestros depósitos predilectos de basura desechable, y eso por supuesto acaba por obstruir rejillas, alcantarillas y bocas de tormenta.  

¿Dónde están los basureros? El ciudadano común camina cuadras y cuadras, en muchas zonas habitacionales y comerciales, y no se vislumbra ni uno (y si acaso existe, no se distingue debido al desbordamiento de desperdicios que lo disfraza). ¿Qué pasa con nuestro Ayuntamiento? ¿Qué acaso no es parte de sus labores colocar botes y mantenerlos limpios? Se nos está respingando la nariz como chanchos, nos hemos vuelto no sólo insensibles al cochinero, sino además pésimos en matemáticas: “Al cabo es nomás un envase, nadie lo va a notar, qué tanto es tantito...”. Hemos olvidado multiplicar ese desecho que arrojamos furtivamente (y que podría reciclarse con facilidad) por dos, por cuatro, por ocho, por 16 personas que hacen lo mismo... cada día, cada semana y al mismo tiempo. Lindo panorama. 

La semana pasada, a consecuencia de un bache severo (otro asunto por arreglar donde el Ayuntamiento también va lento), me quedé sin coche un par de días. Caminé bastante, anduve en bici y para trayectos mayores, tuve que tomar un taxi. Debe ser pesado ser taxista, no cabe duda. Tienen fama de tener mal carácter, andar demasiado rápido y ser atrabancados. Mi experiencia fue totalmente distinta: el carro estaba limpísimo y no olía a vainillino sabroso, el chofer iba a buena velocidad, no se pasó ningún alto ni le recordó su progenitora a ningún conductor. Aunque ciertos taxistas sólo hablan al inicio y al final - para preguntarte a dónde vas y para decirte cuánto es –, con Don Mauricio platiqué largo y tendido, desde política y fútbol, pasando por el clima y sus estragos, hasta terminar con recomendaciones de puestos de tacos y ahogadas. Y lo mejor de todo: iba escuchando música clásica, eso sí nunca me había tocado. Insisto: debe ser pesado estar casi todo el día sentado, mirando la vida a través de un rectángulo, inmerso en un tráfico más bien insoportable, las piernas cansadas de acelerar y frenar sin cesar... Debe ser interesante conocer tantos rumbos y gente tan diversa, pero también debe ser peligroso, en ciertos barrios y a altas horas de la noche, ya que nunca saben quien se sube ni con qué intenciones. Así como ha habido asaltos por parte de taxistas, también ellos han de temer ser asaltados. En fin, depende de qué lado se mire y la suerte con qué se corra. 
 
Hablando de trabajos un tanto riesgosos, está el de los músicos freelancers que aguardan pacientemente, cada madrugada, a que aparezca un trasnochado con el corazón enardecido, unas copas de más, varios billetes en la cartera y deseos de quedar bien con la novia (o de ser perdonado por algún plantón). “¿Cuánto la hora? Tanto... ¿Y por canción? Tanto... Ni usted ni yo... Sale, pues... Síganme... o trépense al coche”. Y allá van los jilgueros a alegrar almas ajenas. El trío más peculiar que he visto se ubica en la glorieta de Las Jícamas, en la acera sur oriente, enfrente del hotel. El primer integrante llega temprano (las diez pasadas). Acomoda con cuidado su guitarra, se sienta en la banca y enciende un cigarro. Mientras llegan los otros dos, limpia sus lentes, saca la baraja y la separa en tres tantos. Caballero de unos 60 años, luce impecable con su traje café y su sombrero de ala corta. La música es el eje de su vida, la noche es la más grata compañera. Han llegado sus colegas; uno sirve el café hirviendo del termo, el otro se frota las manos y acomoda su bufanda. Hay que cuidar la voz del sereno. El azar dicta el ritmo del trabajo, así que hay tiempo para una partida. 

¿No sería divertido que las mujeres lleváramos gallo a algún pretendiente? Digo, nomás para ver cómo reacciona... ¿Se asomaría por el balcón y nos aventaría un beso al aire? ¿O saldría su mamá a regañarlo?  
 Existe otro personaje habitual en la aventura nocturna citadina. No es un trabajo lo que hace, ni siquiera es una actividad aceptada por la gran mayoría de la sociedad; sin embargo, sucede todas las noches, a veces en los lugares más increíbles y difíciles de alcanzar. El chiste es no ser visto, escurrirse entre las sombras y correr veloz si acaso las luces policíacas lo descubren in fraganti. Tiene sus propios códigos y caligrafía. Aunque no parezca, lo escrito tiene sentido (para quienes lo descifran, claro). Su irreverente diversión –aunque para ellos pueda ser una misión - es romper reglas, transgredir, desafiar, vulnerar lo ajeno y lo privado. Incluso para algunos es toda una labor artística. Sea para firmar el territorio, sea un reclamo público para exigir (¿exigir qué?) o una mera travesura de adolescentes, el graffittero mira la barda y se paladea, spray en mano, para dejar su huella, esa que por prohibida se disfruta más.  
Y para contrastar la negrura de la noche, espero que hayan gozado la semana anterior la hermosísima luna de octubre, la más bella del año.  

por:  laura zohn       foto: alfredo garcía

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