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Bailar por fe

La danza que estremece a las avenidas Alcalde y Ávila Camacho cada 12 de octubre asumió un sentido diferente hace 450 años

Termina la Misa de Gallo a las seis de la mañana en la Catedral Metropolitana de Guadalajara y el sonido de un tambor se hace escuchar. Es el día en que la Virgen de Zapopan regresa a su Santuario y un millón 800 mil devotos la acompañan este año en su camino de ocho kilómetros. Huele a incienso y copal. Se escuchan plegarias, aplausos, rezos y hasta gritos entre lágrimas. Comienza el viaje y retumba el suelo. Los sonidos de los cascabeles y las láminas de las que se conforman las botas de los danzantes originan una armonía que hace cuatro siglos llamaba a la guerra y que hoy invita a tener fe. Organizados escrupulosamente por delante y detrás del carro que lleva la imagen de “La Generala” están formados 16 mil 649 danzantes: niños, jóvenes, ancianos y adultos comienzan a zapatear lenta y enérgicamente. Cuando dan las 7:25 de la mañana el crepúsculo matutino los sorprende y el baile se intensifica. El Sol se une a ellos provocándoles sudor y sed, mas no suficiente como para detenerse.

Miran al cielo y luego al piso, levantan una pierna, giran extendiendo los brazos, saltan, hacen una reverencia, se levantan y vuelven a comenzar. Siguen el sonido del tambor. Algunos comenzaron a practicar desde el primero de agosto pasado, otros, los de bailes más complejos, lo hacen un día al mes durante todo el año. A primera vista parecen sones que se repiten pero en realidad son oraciones, promesas y agradecimientos en respuesta a una petición hecha a Dios cuya intermediaria, la Virgen de Zapopan, ha cumplido. María del Socorro Hernández de 65 años de edad y con 55 danzándole a “La Patrona” responde con los ojos vidriosos: “Esta es mi manera de agradecerle todos los milagros obtenidos (...) a veces no son sólo mandas por lo que lo hacemos, también es por dicha, mi dicha es que mi hijo ya no toma vino ni se droga”. El trayecto romero y el baile ponen “a flor de piel” los sentimientos de los integrantes de los miles de danzas (grupos) conformados por familias y amigos; la mayoría de ellos afiliados a tres agrupaciones: el Cuartel de Danzas Chimalhuacanas del Estado de Jalisco, Cuartel Unión de Danzas Autóctonas de Jalisco y Cuartel de Danzas Autóctonas de Zapopan.

A pesar del muchedumbre, la cantidad de plumas, oropel, penachos, rostros maquillados y atuendos indígenas, cada agrupación de danzantes destaca su identidad y trabajo. Un estandarte encabezando su grupo los separa del otro. Así, en la Romería el Grupo de danza de Los Hermanos Ríos del Barrio del Retiro encabeza la fila que comienza detrás de “La Patrona”; siguiéndoles la Danza del Barrio Mexicaltzingo, Danza Chicanas de Jalisco, Danza Águila de Oro y Danza Sonajera del Pueblito, entre muchas otras. Las danzas reciben su nombre por el lugar de ensayo, su barrio, colonia o vecindad. En cuanto a los bailes se podrían numerar decenas de estilos: aztecas, sonajeros, concheros, con bandolina, matachines o danzas de conquista. Los atuendos los identifican como guerreros aztecas, indios siux o apaches.

La organización para los danzantes es fundamental. A decir de Salvador Martínez de 31 años de edad, y danzante desde hace 21 años, existen jerarquías entre las danzas que se ganan con el tiempo y cumpliendo con los distintos “mandatos” del cuartel al que se pertenezca. “Cada día 18 y 28 de cada mes hay que presentar el estandarte de la danza a la imagen de la Virgen de Zapopan, además de ir a las juntas los domingos (...) las danzas más cumplidas del año comienzan a ser clasificadas y una semana antes de la Romería hay un sorteo. Se separan las 10 primeras mejores, luego otras 10 segundas y así..., con la rifa se define los lugares en la fila de la Romería, nadie llega así nomás y se mete”. Parte especial en la formación la ocupan “los morenos”,  disfrazados de seres infernales con látigos que hacen sonar al azotarlos violentamente contra el asfalto. Gabriel Ocampo, de Sonajeros del Tepeyac, es “moreno” desde hace 17 años: “Originalmente nos llamábamos ‘laicos’ y nosotros ponemos el orden dentro de la danza, cuidamos que nadie se meta (...) utilizamos el látigo como representación de los antiguos capataces. Para llamar la atención usamos nuestro disfraz”, un agregado moderno entre otros, ya que los comienzos fueron muy distintos.

La danza que estremece a las avenidas Alcalde y Ávila Camacho cada 12 de octubre asumió un sentido diferente hace 450 años. Eran bailes bélicos que calentaban los ánimos entre los guerreros indígenas invitándolos a bajar del cerro del Mixtón (hoy conocido como Barranca de Oblatos) a luchar contra los conquistadores españoles. La historia cuenta que cuando el virrey Antonio de Mendoza rodeó dicho cerro después de una cruel batalla, Fray Antonio de Segovia decidió subir a las fortalezas de los indios acompañado de Fray Miguel de Bolonia, llevando sólo el breviario, un crucifijo y una pequeña imagen de “Nuestra Señora de la Concepción” colgada al pecho (la cual había acompañado cerca de 10 años a Segovia en todas sus andanzas por los pueblos de Jalisco). El fray comenzó a decir a los indios que bajasen en paz y estos conmovidos por la imagen de la Virgen, en día y medio se rindieron más de seis mil indios que fueron conducidos ante el virrey y éste les perdonó la vida. La paz restante le dio a la imagen su primer título de 12 que ha tenido, el de “La Pacificadora”.

“Desde entonces los guerreros ya no danzan para la guerra sino para su reina, como una ofrenda, como un tributo para la imagen de la Virgen de Zapopan comenzando así una tradición. Ahora, nuestros hermanos ya cristianizados siguen danzando y los sacrificios no son humanos, sino físicos y corporales. Ellos danzan hasta 48 horas sin parar, sin relevos (...)”, cuenta el padre Andrés Casillas luego que el sacerdote Héctor Ventura finalizara la misa que año con año a las 10 de la mañana es dedicada a los danzantes en su día: el 13 de octubre. Y es que la procesión no termina “hasta que el danzante se detiene”, explica Casillas. “Comenzaron hoy lunes a las cinco de la mañana alrededor de 3 mil representantes de las 175 danzas que estuvieron en La Romería, lo harán hasta la una de la mañana del 14 de octubre en el atrio y en la Plaza de las Américas”. Hay espacio para todos. Organizados en rectángulos prenden inciensos y golpean los tambores. Comienza de nuevo el ritual.

El padre Casillas se detiene para admirar un espectáculo que va más allá del ocio de quien lo practica y lo ve. Familias y generaciones completas unidas en el compás de un tambor o de unas sonajas: “Es una tradición que se ha preservado durante cuatro siglos y medio, que sigue llenando los corazones. Puedo retomar lo que dijo el padre en la misa dedicada al Danzante: ‘hay danzas que van naciendo’. Hay niños que apenas pueden caminar y ya están danzándole a la Virgen, hay quienes dan testimonio que desde los tres años lo hacen y yo, emocionado, me pregunto ¿cuándo se va acabar esto? Quizás hasta que la fe muera, pero encuentro que esa nunca fallece”.


Destacado: “Esta es mi manera de orarle a la imagen de la virgen de Zapopan, de agradecerle sus favores”
Salvador Martínez de 31 años de edad y danzante desde hace 21.

texto y foto: carlos gonzález martínez

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